SE ACABÓ EL NADADITO DE PERRO

SE ACABÓ EL NADADITO DE PERRO

Desde cuando en EL TIEMPO del 20 de enero comparé el estilo mexicano con lo que llamé el nadadito de perro colombiano , mis lectores ( que Dios me los conserve!) me preguntan si el nadadito es vicio o virtud. El hecho es que hace años lo practicamos, con algunas excepciones; los presidentes Valencia y Turbay le dieron duro a la subversión; el presidente Barco le declaró la guerra al narcotráfico; el presidente Gaviria echó a la caneca una Constitución centenaria y abrió a los cuatro vientos nuestra economía tibetana. Contra nadadito de perro, coletazo de tiburón. Pero...

01 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Los huecos de las calles de Bogotá los íbamos a tapar cuando el alcalde Castro organizara el presupuesto, y luego cuando el alcalde Mockus terminara de educarnos. Ahí siguen creciendo los huecos.

Mientras los chilenos bajaron la inflación de dos cifras a una, nosotros, con mecanismos similares pero con nadadito, seguimos en dos cifras. (Los economistas dicen que somos adictos a la inflación).

El escándalo de Watergate se resolvió en menos de dos años. Aquí el escándalo que empezó con los narco-casetes ya lleva dos años y, con nadadito, puede durar indefinidamente.

En EL TIEMPO de abril 17, un ex guerrillero salvadoreño dice: Nuestro conflicto alcanzó niveles de mayor intensidad. Fue ese factor el que (nos) obligó a llegar a la paz . En cambio en Colombia seguimos soñando que una guerra como esta se puede acabar dialogando de vez en cuando sin que primero los hechos convenzan a la guerrilla de que lo que le conviene no es dialogar por dialogar, sino lograr la paz.

El dilema no es solamente colombiano. Ya muchos gringos se están preguntando si en vez de embarcarse en una guerra sin fin contra la droga, no hubiera sido mejor que el problema se hubiese tratado desde el principio como un asunto de educación y de salud pública, es decir, con un buen nadadito de perro.

Pero volvamos a Colombia, país que más o menos conocemos. Será colombiano el nadadito, o más bien bogotano? A Núñez se le curó en Cartagena, y a veces parece que a costeños, caleños y antioqueños solamente los afecta cuando llegan al Congreso. En Bogotá, al Congreso le falta oxígeno; tal vez convendría que se reuniera de vez en cuando en tierra caliente...

En el fondo, el problema está en que seguimos añorando una Colombia idílica en la que con nadaito de perro bastaba. Entonces la corrupción consistía en que cuando a uno lo pillaban mal parqueado, la cosa se arreglaba conversando. Y si alguien llegaba a casa pasado de tragos, la señora le decía: qué vaina, mijito y le aflojaba los cordones de los zapatos.

Hoy, al que se pase más de una vez de tragos la señora de pronto le afloja los lazos matrimoniales; y si después un agente de tránsito lo encuentra mal parqueado, lo manda al purgatorio de los patios. Son síntomas del desarrollo que todos queremos, pero también queremos seguir parando el bus en cualquier cuadra, o mejor todavía en la pura esquina, sin importarnos que el tráfico avance con nadadito, buses y todo.

Las cosas ya no se arreglan con nadadito de perro, pero para acostumbrarnos al coletazo de tiburón tendremos que cambiar nuestro estilo de vida. Vamos a tener que escoger. La vaina es que seguramente escogeremos con nadadito de perro.

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