PARIAS Y TELONEROS

PARIAS Y TELONEROS

En el cine y en el fútbol la gloria solo es divisible por dos. De una buena película, nadie recordará al guionista o al camarógrafo. Los reflectores solo iluminan al director, con su visera, su silla plegable y su ojo tierno, dramático o pesimista; y al actor, con su siquis maleable como barro de alfarero. En el paraíso del fútbol, solo caben el director técnico y el crack.

01 de junio 1996 , 12:00 a.m.

En el cine está también el actor de reparto, al que algunos llaman, con un eufemismo, actor de carácter. Su alter ego en el fútbol es ese híbrido de plomero y guardaespaldas parado en medio de la borrasca: el marcador.

Backenbauer no hubiera logrado ni la mitad de sus hazañas si no se hubiera escudado en la granítica osamenta de Schwarzenbeck. Pero quién se acuerda hoy de Schwarzenbeck, aparte de Reina, el golero andaluz al que marcó aquel gol imposible desde un quinto patio en el minuto 90 de una final de Copa de Europa? Solo uno de estos perros de presa ha sido elegido por la historia para ingresar a sus páginas: Campanal, el rudo y obstinado defensor del Sevilla que una tarde aciaga persiguió a D Stéfano como una sombra por todo el campo y lo acompañó hasta las duchas al término del partido cumpliendo, más allá de los límites del deber y la dignidad el papel que le habían asignado en el libreto.

También la historia del boxeo registra estos tristes destinos. Por su estilo depurado y su pegada aniquiladora, el cartagenero Julio Llerena parecía un elegido de la gloria. Pero Julio era un muchacho bonachón que daba la impresión de lamentar los golpes que le asestaba al rival.

Llerena fue ídolo sin buscarlo. Su sola mención en un cartel movilizaba a miles de fanáticos que adoraban a aquel ángel extraviado en un ring. Pero Llerena no era tan feliz cuando boxeaba como cuando atendía su modesto negocio en el mercado de Bazurto. O cuando conversaba con sus amigos de toda la vida, irreductibles camajanes de barrio.

Llerena consumió sus mejores años combatiendo sin vocación por bolsas mezquinas y regresando sin dilación al tenderete de Bazurto. En ese entrar y salir de su concha protectora se le fue pasando el tiempo y el boxeador estelar quedó convertido en simple relleno, en el púgil que le sirve de carnada al colega que empieza, para inflarle el historial.

Un boxeador viejo ya no es de cartel sino de cartón, es decir, reciclable. Un empresario sin escrúpulos pasará una mano de pintura sobre sus cicatrices y lo subirá a un ring con la pretensión de que luzca nuevo. En el fondo sabe que lo que importa es que es un vejestorio con un pasado citable.

Quizás el más famoso telonero de la historia haya sido Archie Moore. Moore fue uno de los peores campeones mundiales de todos los tiempos. A los 46 años, alguien decidió embalsamar su pestilente cadáver y entregarlo en sacrificio a una flamante máquina de golpear y esquivar llamada Cassius Clay.

Moore figura en el historial de Clay pero ya nadie se acuerda de él. Salvo los que hurgamos en los archivos de la miseria humana.

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