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JUAN BENET

JUAN BENET

La primera sorpresa, estando en Lima y recién casado, fue que me trasladaran como embajador a Praga. La sorpresa inmediata fue saber que una semana después de nuestra llegada a la capital de la antigua Federación Checoslovaca luego República Federativa Checa y Eslovaca, hoy República Checa a secas: más cornadas da el hambre vendrían a visitarnos los Solana, los Cajal y los Benet. Convivimos durante unos días en una casa casi sin muebles y llena de obreros hablando en checo y eslovaco. Yo empezaba entonces a descubrir el mundo centroeuropeo, urdido de misterios y complejidades, un mundo que por otra parte tan mal conocemos en general los españoles, que hemos siempre vivido un poco de espaldas a casi todo, empezando por nosotros mismos y nuestra más íntima realidad (de ahí que se conozca tan mal este querido Continente, al que solo ahora empezamos a abrirnos de manera general, y que ello no llamara siquiera la atención porque se trata de una obviedad asumida en nuestro mundo de sobr

Recuerdo a Juan en Nueva York, cuando nos llenaba de alegría, en casa de los Cajal, las tediosas tardes de asueto neoyorquinas, tan llenas de cosas qué ver y admirar. Le recordaba también en mi efímero puesto de Hendaya, cuando vino a visitarnos en su blanco Jaguar , tan benetiano, es decir, tan exquisito y tan provocador al tiempo. Le recordaba en tardes de Madrid, en las prolongadas veladas de su casa de la calle del Pisuerga, en la colonia del Viso, plagadas de improvisaciones y sorpresas, cuando nos contaba sus historias de la posguerra española (la policía franquista le detuvo en varias ocasiones y en una de ellas, al ser conducido a la comisaría de la Puerta del Sol, pidió con insistencia que le colocaran un grillete en el tobillo, con cadena y bola de presidiario, que le hacía mucha ilusión). Recuerdo a Benet en sus afectos tan sinceros por todos nosotros, en especial por mi hija Paula, a la que llamaba para pasear, tomar una copa o, si era necesario, acompañarle al cine, que eludía en la medida de lo posible. Porque Benet era un buenazo y un tremendo sentimental, que se escondía tras un estudiado aire de provocación y desenfado.

Y recordaré siempre a Benet en aquellos días pasados en Praga, recorriendo sus callejuelas, admirando sus palacios, visitando la Iglesia de San Nicolás, el Castillo, burlándose de la circunstancia del 88, riéndose de su propia sombra con esa forma tan civilizada de zaherir que él tenía. Un atardecer se detuvo ante una preciosa casa burguesa, sobre el canal que bordea el jardín de la Embajada de Francia, donde vivía y vive un conocido actor teatral checo, y dijo: aquí me quedaría a vivir, a escribir y tal vez a morirme .

Recuerdo a Benet hablando del barroco y de la música de Dvorak con una sencillez y naturalidad apabullantes. Porque Benet contaba muy bien las cosas, de una forma muy amena, alejada de la rigidez académica de su espléndida escritura. Con aquella desenvoltura tan suya y tan demoledora. Ni viviste, ni moriste en Praga, Juan, pero tal vez tampoco te importó demasiado sabiendo que llevabas a tus espaldas tanta vida, tanta disciplina, tanta burla y tanto caos. Tanta humanidad.

Nunca olvidaré las cosas que te oí y adivino a veces pocas las que te callabas. Te has muerto donde elegiste vivir, en Madrid, pero quizás tu personalidad encajaba perfectamente en ese caleidoscopio centroeuropeo que tan bien simboliza la ciudad de Praga. Quizás fuera esa la kafkiana región a la que deseabas, querido Juan, retornar algún día.

Una vez me dijiste que en la vida cada uno tenía los amigos que se merecía y que para ti la vida era el salto cotidiano, el pequeño salto que cada día nos obligamos a dar y que lo importante era tratar de mantenerse liviano y ágil para ser capaces de dar ese diario salto sin perder el ritmo ni la compostura. Yo me alegro de haberte podido contar entre mis amigos y me sobresalto cuando pienso que hace solo unos días no pudiste ya dar el salto de todos los días. Me sorprende brutal y dolorosamente la noticia de tu para mí imprevista muerte y te envío estas postreras líneas, recordando lo bien que lo pasamos juntos, lo bien que lo pasaste en estos andurriales, sin recibir un solo premio nunca jamás.

Como me dijo Don Claudio Sánchez Albornoz la última vez que le vi en Buenos Aires, al despedirse: Hasta el otro barrio, amigo Juan . (Embajador de España en Colombia)

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