LOS ESCÁNDALOS DE JORGE IV

LOS ESCÁNDALOS DE JORGE IV

Durante un debate reciente sobre la familia real inglesa en el programa Outlook de la BBC, se mencionó, por comparación con la actualidad, el descrédito por líos de faldas y otras causas de Jorge IV. No es posible, por supuesto, desmentir las razones de ese desprestigio, pero cabe sí presentar una visión acorde con algunos hechos poco tenidos en cuenta, especialmente en vista del renovado vilipendio suscitado por una supuesta o verdadera crisis monárquica actual.

08 de enero 1995 , 12:00 a.m.

No es del todo sorprendente si bien inexcusable que en aquella época el Príncipe Jorge y sus numerosos hermanos tuviesen amores deplorables y enormes líos económicos, como para celebrar cada uno en forma indefinida su mayoría de edad, libre al fin de la estrecha piedad de su padre, Jorge III, quien, a pesar de verse compelido (por Bute) a casarse con una formidablemente fea alemana, fue en todo momento un esposo fiel, y quien, con un cumplimiento digno del más concienzudo católico romano, procreó quince criaturas. Por su ingrata actitud, los varones de la familia demostraron al menos una lamentable falta de sentido común.

Los escándalos producidos por los excesos de los jóvenes duques reales ignorantes, además, de la razón de la política favorecida por su padre despertaron en el pueblo inglés un hondo desprecio por la familia real y una gran simpatía hacia su progenitor, aumentada por compasión ante la precaria salud mental del prematuramente envejecido monarca.

Fue el Príncipe de Gales blanco principal de la repugnancia popular, bien que fuese mucho más aborrecible la conducta de algunos de sus hermanos, especialmente cuando se dejaba guiar por la señora Fitzherbert. Mas el público, influido por la prensa, no se daba cuenta, por supuesto, de una liberal gentileza manifestada siempre por el Príncipe Jorge en su círculo privado. Debióse esta actitud a cierta disposición amistosa. Sin embargo, la gente del Partido Tory prefirió atribuirla al mero interés, aduciendo tal móvil a su amistad con el jefe Whig Charles James Fox, quien con su magistral elocuencia persuadió al Parlamento una vez a pagar gran parte de un notoriamente colosal endeudamiento principesco.

De su padre, profundo admirador de la belleza femenina, se ha dicho que tal vez el estrés sexual de su matrimonio con una mujer tan poco atractiva contribuyera al quebranto mental de Jorge III . De todas formas, es más probable que una causa de aquella desgracia fuese su desconsuelo ante la pertinaz y pública viciosidad de sus hijos varones. No ha habido en la historia acaso otra familia real tan flagrantemente desprovista de dignidad.

El Príncipe de Gales El Príncipe Jorge de la Casa de Hanover nació en 1752 y desde su infancia mostró una ágil inteligencia. Además de haber aprendido muy bien el latín y el griego, habló con corrección y fluidez alemán, francés e italiano. (Y esto pese a demasiados ratos de indolencia en el horario de estudios). Poseía un notable entendimiento de la música y las artes plásticas. Atraía a la gente por su encantadora urbanidad y su presto trato liberal. Era muy buen mozo cuando joven, a pesar de una tendencia a la adiposidad, la cual, infortunadamente, fue aumentando con los años y la gula de buen gourmet.

Por un lado, a causa de su simpatía y su inteligencia, se relacionó con algunas personas de valer e ingresó, muy de propósito, en la organización opuesta a la política conservadora de su padre.

Allí estaban Georgina Duquesa de Devonshire y el dramaturgo e insigne orador parlamentario Richard Brinsley Sheridon, además de Fox y otros miembros distinguidos del Partido Whig, de tendencia protoliberal.

Por otro lado, se esparcía de lo lindo con unos refinados y disolutos admiradores, para quienes era el primer caballero de Europa, lo cual confirmó el pronóstico de su preceptor, el Obispo Richard Hurd, quien había dicho que el muchacho iba a ser o el más fino caballero o el más consumado sinvergenza, o ambas cosas . De hecho, en aquel ambiente de libertina elegancia, el Príncipe Jorge se metió en algunos líos sexuales, incluso el que tuvo con la actriz Mary Robinson, complaciente y costosa amiga de aristócratas. A su padre le tocó sacarlo de ese lío. Por otra parte, años después, cuando le correspondió ser Regente, por accesos de demencia de su padre, su actitud, conformada por una pagana dedicación al placer, a más de mostrar una falta de sensibilidad filial, denotó una falta de sensatez en el futuro soberano.

En verdad, lo que perturbó al Rey Jorge III, mucho más que los líos de sus otros hijos con conocidas concubinas, fueron las relaciones del Príncipe de Gales con la señora Fitzherbert. Es cierto que los dos enamorados tenían algunos gustos en común, también que él encontraba en ella solaz para sus contratiempos y que ella logró apocar sus proclividades perniciosas. Para el rey y el reino, aquella era una pasión que encerraba un gravísimo peligro. Esas relaciones podrían acarrear la exclusión del trono del Príncipe.

La situación se presentó de manera inesperada. Cuando el príncipe pudo escaparse de lo que le parecía la estrechez del ambiente del Palacio de Saint James y establecerse en Carlton House, conoció a una dama honesta y muy distinta de la señora Hardenburg, por ejemplo, o Lady Melbourne, mujeres sensuales, fáciles y alegres, y de ella se enamoró con ardor impetuoso. Por supuesto, no le importó que le llevara seis años. Tampoco, desde luego, había inconveniente en el hecho de que hubiera tenido dos maridos, quedando dos veces viuda. Mas lo que sí requería seria reflexión fue el hecho de ser ella católica, porque no se trataba de otro pasajero amorío del sucesor al trono, sino de un afecto que tenía viso de ser asentado. La dama quería casarse; era la condición sine qua non. El aceptó, y fueron unidos en matrimonio por un sacerdote de la Iglesia de Inglaterra.

Fue un acto lleno de complicaciones. La Constitución inglesa, no escrita pero venerable y efectiva, no permite que el soberano tenga cónyuge de la fe romana. Esta prevención se remonta a los tiempos en que la Santa Sede agotaba todos los medios para devolver a Inglaterra el amparo de la autoridad de la Madre Iglesia, arrebatado por Enrique VIII. Ese enlace, entonces, era morganático; Mary Anne Fitzherbert no podía ser Reina de Inglaterra.

Al principio, se intentó tener en secreto esta situación y unos amigos la negaron en la Cámara de los Comunes, donde se ventilaba otro problema; pues, al mismo tiempo, la presión de sus deudas, como sabía el Parlamento, tenía al Príncipe de Gales cogido en una trampa de extrema desesperanza. Pero el rey, dolorosamente desconcertado por la certeza de ese infausto enlace, se negaba a colaborar para sacar de semejante aprieto a su hijo. Entonces éste, impetuoso como siempre, cerró su mansión de Carlton House y alquiló un carruaje para llevar, en un despliegue de ostentoso desafío, a la señora Fitzherbert a Brighton a vivir con él sin tapujo ni subterfugio. De nuevo y con mayor urgencia, el asunto de las deudas se discutió en las Cámaras y, tras una difícil transacción con Jorge III, el rey consintió en pagar parte, en tanto que el resto corría por cuenta del Parlamento.

Sueño de una noche Pero no había de desaparecer, ni para el príncipe ni para su amada, todo motivo de desasosiego. Hubo más deudas colosales y más líos de toda índole. Desquicióse la íntima relación con Mary Anne, después de diez años de abierta convivencia, debido esto no solamente a la vuelta del príncipe a su libérrima e inveterada concupiscencia, sino también a la angustiosa necesidad de librarse en forma definitiva de sus agobiadoras obligaciones económicas. Apoyado por los consejos de Lady Jersey y algún amigo, tomó la decisión de casarse en forma constitucional legal con una mujer rica. No fue, entonces, por imposición de su padre, cual si fuese un adolescente, sino por resolución propia, como se casó con su prima la Princesa Carolina de Brunswick.

Mas, pese a la intensa proclividad erótica de la alemana, fracasó el matrimonio. Ella era desaseada, descuidada en el vestuario, basta en el vocabulario y vulgar en las maneras; no era, pues, para un hombre tan exquisitamente fino como el Príncipe Jorge.

No obstante, deseoso de procrear un heredero, él la conoció la noche de bodas; pero no más. La Princesa de Gales, empero, no se privaba de la distracción en otros brazos; y, a propósito, entre los hombres que ella intentó seducir estaba George Canning, de fama hispanoamericana, aunque él, además de permanecer fiel a Joan Scott, su futura esposa, se abstuvo, como todo el caballero que era, de mencionar el nombre de la resuelta y ardorosa adúltera.

Sin embargo, por la mala imagen del príncipe, empeorada por rumores de su cruel indiferencia hacia su esposa, el pueblo se puso de parte de ella, como no hizo el Rey, quien al principio la había acogido como medio de disipar el peligro dinástico. A ella le encantaba presentarse en toda ocasión posible ante el público y recibir sus aplausos.

De aquel sueño de la noche de bodas, convertido para ella en pesadilla, nació la princesa Carlota, destinada a morir, a los veinte y un años, durante un exilio voluntario de su madre. De hecho, le habían quitado a Carolina la custodia de la pequeña, considerándola una madre indigna. Fue entonces cuando el Príncipe buscó una reconciliación con Mary Anne, quien, con el expreso reconocimiento canónico por el Papa de su matrimonio anglicano, volvió a tener con él intimidad de connubio y a acompañarlo en lugares públicos.

Entre tanto, el Príncipe seguía enamorado, a su manera, de lady Jersey, quien, a pesar de ser una abuela de más de cuarenta años, era muy hermosa y extraordinariamente vivaz, a más de instruida y siempre elegante. Para ella había procurado un puesto decorativo, Lady in Waiting, una de las damas de compañía de la Princesa de Gales. Esto no molestó a Mary Anne, quien de seguro intuía un predominante elemento estético en ese sentimiento. Y, en efecto, el sexo no fue siempre el móvil principal en las relaciones amorosas del príncipe Jorge; algunas veces lo fue, en cambio, un morboso deseo de ser mimado, particularmente por sus amantes maduras. Pero cosa muy distinta fueron sus escarceos con la voluptuosa esposa del Marqués de Hertford, y precisamente por esa aventura, mucho más lasciva que sentimental, terminó el cariñoso consentimiento de Mary Anne.

En cuanto a la Princesa de Gales, las manifestaciones de su popularidad no disminuyeron un firme prejuicio oficial. A diferencia del pueblo, que ignoraba sus peores locuras, y de los periódicos, que pasaban por alto sus vergonzosas excentricidades, un grupo de amigos del Príncipe dio crédito a los chismes, y se nombró un comité para examinar el cuento de un niño de ella, ilegítimo, desde luego, en vista de la total separación conyugal. Aunque el veredicto de la llamada Delicate Investigation la favoreció, Carolina finalmente abandonó a Inglaterra, para pasar algún tiempo en Alemania y permanecer más tiempo en Italia.

Genio y figura Murió Jorge III en 1820, pero su sucesor no morigeró su comportamiento a pesar de la nueva plena responsabilidad. El tiempo durante el cual, por los trastornos mentales de su padre, había tenido que reemplazarlo se recuerda como la frívola, fastuosa y disoluta época de la Regencia. Frívola, con la exaltación de la moda masculina por Beau Brumell. Fastuosa y disoluta, de acuerdo con el excesivamente publicado ejemplo de la familia real y, en particular, del Príncipe Regente. Más, mientras esa licenciosa aristocracia, se entregaba al desconsiderado despliegue de un lujo extravagante, inclinábanse los pobres a pasar de detestar al Regente a dudar de la necesaria existencia de la realeza.

Presentóse entonces un incidente que provocó reacciones tan diversas como el regocijo, el rechazo, la admiración, la algazara y la burla. La princesa Carolina resolvió regresar a Inglaterra para ser coronada al lado de su esposo. Dado el desprecio de la prensa y el pueblo hacia Jorge, no es de extrañarse que ese retorno fuese celebrado con frenético entusiasmo por el público. Pero, consumado actor que era, supo aprovechar la fasta ocasión y el regio espectáculo de la llegada de su carruaje a la Abadía de Westminster, ocasión y espectáculo caros a los tradicionales sentimientos del pueblo inglés. Fue así como Jorge IV tuvo un momento de gloria triunfal. Mas, en seguida, cuando llegó la Princesa y empezó a dar golpes a las puertas, hubo de pronto en esa escena algo extremadamente grotesco, que despertó, además del sentido del humor del pueblo inglés, la veleidad común a todos los pueblos. Más ay! no mucho tiempo después, sin corona y sin consideración, murió la reina Carolina.

Pero, aunque la ocasión de la coronación, aparte la casi oriental suntuosidad, fue un gran éxito para Jorge IV, no se aplacó el odio general. Por eso, resolvió recurrir a un cambio de escena y visitó a Irlanda, Escocia y Hanover. Es cierto que en cada uno de esos territorios, pese a su excesiva y poco agradable gordura, fue recibido con respeto y aun admiración, gracias a su sentido de ambiente y su sentido de teatro. Pero necesitaba algo más, y lo halló o, mejor dicho, lo siguió hallando entre los brazos de la esposa del Marqués de Conyngham, una matrona madura, maternal y muy beata, dispuesta siempre a aliviar sus preocupaciones y alejar sus pesares. Fue así como, en los años próximos a su muerte, acaecida en 1830, esta benemérita amante logró piadosamente prepararlo para su fin, infundiéndole una gran medida de cristiana piedad.

Ahora bien, el que en vísperas de su deceso elogiara el atildado estilo de las plegarias redactadas para implorar al Todopoderoso alivio de sus dolencias y aumento de sus días, indica, sin duda, un aspecto de su personalidad su genio y figura que no consideró el programa de Outlook que ha motivado este recuento. No sería justo, empero, olvidar su agudeza intelectual y su acertado gusto en las diversas manifestaciones del arte. Por ejemplo, su profundo conocimiento de las letras contemporáneas lo hizo invitar a Jane Austen a visitarlo y, en su magnífica biblioteca, hacer con él un intercambio de ideas. Por otro lado, acaso influyera en la preocupación del actual Príncipe de Gales por la arquitectura. En todo caso, a él se deben la brillante y bella construcción o las felices reformas de algunas de las más admiradas residencias reales: Carlton House, el Pabellón de Brighton, el Palacio de Buckingham, la Royal Lodge y el Castillo de Windsor. Además, adquirió, para las residencias regias, ejemplares originales de las mejores pinturas, incluso una exquisita colección de cuadros holandeses del siglo XVII. No es menos excelente el mobiliario francés escogido por él. Y, como para estar a la altura del soberbio talento de Caréme, maestro de la haute cuisine, llevó a los comedores muy fina loza de porcelana y exóticas vajillas de plata. Con referencia al extraño personaje que fue Príncipe de Gales, Príncipe Regente y el Rey Jorge IV de la Gran Bretaña, se ha dicho con toda razón: En los tiempos modernos, ningún soberano lo ha igualado en sus intereses artísticos e intelectuales .

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