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LOS CHARQUEROS GUAJIROS SE QUEDAN SIN OFICIO

LOS CHARQUEROS GUAJIROS SE QUEDAN SIN OFICIO

Los tres mil montículos de resplandeciente blancura que cortan el verde del mar del horizonte en Manaure posiblemente no se vuelvan a ver. Los charqueros se fueron con sus rastrillos, palas y carretillas, desplazados por gentes llegadas de otras regiones. De los tres mil indígenas que antaño devengaban el sustento de sus familias cosechando artesanalmente sal, solo quedan 800. Así lo afirman con nostalgia y preocupación Joaquina Epiayú, Saúl Cotes Pushaina y Clara Rosado Epiayú.

Para ellos, el problema comenzó en 1990, cuando Concesión Salinas propuso la expropiación de las charcas de Manaure y Shorshimana, justificada por la necesidad de darle mayor impulso a la explotación, ante la difícil situación económica de la empresa. A cambio, ofreció crear una sociedad mixta conformada por el Gobierno, los wayuu y particulares.

Sin embargo --aseguran los nativos--, a los indígenas no los han querido oír ni los han llamado a participar en la sociedad; tampoco se les ha explicado la situación en que quedarán más de cuatro mil nativos cuyas familias dependen de lo que se ganan en las charcas.

La filosofía de las salinas ha cambiado. Ahora la manejan los llamados saltenientes --dueños de grandes extensiones cruzadas por calles--, y los indígenas fueron remplazados por los musas (gatos) y trabajadores de otras partes, traídos de Córdoba, Bolívar y Sucre.

Además, la industrialización de la producción acabó con los camarones, lebranches, lisas y jaibas, que los wayuu pescaban para su manutención en las lagunas litorales, sin necesidad de motores, lanchas ni cayucos.

Concesión Salinas hizo su aparición en 1970, cuando el Instituto de Fomento Industrial (IFI), con intervención del departamento y la Comisión de Asuntos Indígenas, firmó un convenio con los indígenas, comprometiéndose a pagar determinada cantidad de dinero a los damnificados, hasta el momento en que les entregaran un vivero pesquero en compensación por las charcas que se cedían para la ampliación de las salinas.

De acuerdo con las actas existentes, el IFI cumplió con las cuotas hasta febrero de 1971. En julio de ese año, Octavio Castillo, en representación del Instituto, informó a los nativos que la obligación había cesado porque el vivero ya se había construido.

Sin embargo, hasta ahora nadie ha podido localizar el tal vivero, ni a quien lo construyó ni mucho menos a quien lo recibió pues, simplemente, jamás ha existido.

Las protestas de los charqueros (que se repiten año tras año) tienen que ver igualmente con el incumplimento de Concesión Salinas a lo pactado: atención médica para ellos y sus familias, servicio de comisariato, suministro de herramientas y agua potable durante la cosecha.

Como si fuera poco, los indígenas tienen problemas con el fisco, pues al ser utilizados como testaferros por los transportadores para evadir impuestos, aparecen como morosos ante la Dirección de Impuestos Nacionales (DIN). Según el director de la DIN de La Guajira, Nelson Cotes, la cartera por este concepto asciende a los setenta millones de pesos. Por eso, contra la mayoría de los beneficiarios hay acciones de cobro judicial y unos cuantos tienen embargados sus pocos bienes. Y las Charcas? Hace seis décadas, la situación era diferente: los indígenas no pasaban trabajos. Guillermina Uriana, una octogenaria, recuerda que cuando ella tenía 7 años, trocaban la sal por maíz, panela, plátano y manteca.

Cosechar sal era el único trabajo que conseguían en Manaure las gentes pobres que venían de la Alta Guajira y la Sabana. Entonces, les pagaban a razón de dos chavos (centavos) el montoncito. Cuando lo pagaron a cincuenta pesos, había fiesta. Hoy el bulto está a 300 pesos.

Guillermina se queja de que ahora no lo pueden hacer porque si se meten a las charcas, los sacan a la fuerza y las autoridades no dicen nada .

Según Manuel Uriana, de 75 años, su familia (compuesta por cincuenta miembros) se quedó sin trabajo en 1977. Pescan cuando está buena la faena, pero la mayor parte del tiempo andan en problemas por miedo de ir a las charcas.

Cecilia Lindao Uriana, gobernadora del Cabildo de La Paz y quien atiende a tres mil nativos en asuntos de salud y educación, afirma que los wayuu del área rural se han quedado sin oportunidades de trabajo y que, además, en los últimos años han sido impulsados a la belicosidad, situación que podría remediarse con la instalación en Manaure de la planta de refinamiento.

A su turno, el charquero Hernán Robles Arpushana se lamenta de la explotación a que son sometidos. Según dice, deben esperar hasta cinco meses para que los dejen cosechar los cuadros de sal; y los camioneros, cuando hay cosecha, pagan el bulto de 50 kilos a 200 pesos. En época de invierno, pagan 300 pesos por la sal blanca, 150 por la de ganado y 100 por la sucia. Salinas responde a indígenas Frente a las quejas de los indígenas wayuu en cuanto al incumplimiento de algunos compromisos por parte del Concesión Salinas, Alvaro Frías Acosta, funcionario de la entidad, dijo que el convenio es de darles un 25 por ciento de participación en la nueva empresa, que está en marcha.

Esto, como una compensación o indemnización por el incumplimiento de la entidad en lo relacionado con la construcción del vivero piscícola (que nunca se hizo), el suministro de agua potable (que lo hubo pero fue insuficiente porque en la región no hay agua) y el comisariato.

Con respecto a la promesa de atención médica y suministro de algunas medicinas, Frías dijo que en este sentido se intentaron tareas, pero que se dificultaron por la diferencia de lenguajes entre el médico y el nativo, y por la natural aprehensión de estos últimos hacia la medicina moderna.

Otra razón que aduce el funcionario para explicar el no cumplimiento de las obligaciones de Salinas radica en que la inversión que se alcanzó a hacer en algunos de los programas para los nativos no produjo los resultados sociales que se esperaban. A veces se beneficiaban personas ajenas y no los indígenas , comentó.

Frías aseguró que en un plazo no mayor a cuatro años, las charcas artesanales deben articularse a la nueva empresa.

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