El hombre del himno

El hombre del himno

Él estaba emocionado con la entrevista. Sacó su mejor traje a rayas, embetunó las puntas de sus zapatos y se sentó a esperar en un sillón antiguo del estudio. “Toca que le hable duro porque casi no oye”, fue lo primero que dijo su hija, Carmen, cuando abrió la puerta de su casa, en el barrio Chapinero.

06 de agosto 2008 , 12:00 a.m.

A sus 93 años, el maestro Pedro Avendaño –poeta desde niño, abogado y escritor de las estrofas del himno de Bogotᖠno solo atrae con su presencia sino también por la fluidez que tiene para declamar.

Une armoniosamente una idea con la otra hasta convertirlas en poesía y tiene la mirada reposada de un hombre con muchas batallas.

En una de esas tardes en las que los abogados mojan la palabra con una taza de café, se enteró de que la Secretaría de Educación del Distrito abría la convocatoria para escribir las estrofas del himno de la ciudad.

Mientras rememoraba con nostalgia aquella época en la cual se inscribieron centenares de autores y compositores, entre ellos el maestro Eduardo Carranza, poeta connotado, quien era uno de sus entrañables amigos, elevó su copa e hizo un brindis en su nombre.

Este hijo de Cómbita (Boyacá) dice que siempre ha vivido y sentido a Bogotá como propia. “Por eso me animé a escribir, porque cuando llegué aquí, por allá en los cuarenta, fue como un amor a primera vista, de esos que nunca se olvidan”.

Una noche, sentado frente al papel, la inspiración brotó rápidamente. “Fue un proceso iluminado... entonemos un himno a tu cielo, a tu tierra y tu puro vivir... blanca estrella que alumbra en los Andes, ancha senda que va al porvenir...”, susurró. Y ese susurro se repite hoy en las escuelas y colegios; en los eventos deportivos y en la solemnidad de los actos oficiales.

La ciudad de sus recuerdos Además del himno de Bogotá escribió la letra del himno de Boyacá, del Club de Abogados de Tunja, de las universidades Libre, Gran Colombia, Central y del Colegio Mayor de Cundinamarca.

Describe a la Bogotá de antaño como una ciudad apacible, monótona y gris, “quizás más tranquila y más culta”.

A diferencia de ahora, que es atractiva, salpicada de colores y lugares por descubrir.

Le encanta caminar por el centro de la ciudad y visitar la placa que le hizo a otro de sus fieles amigos, Jorge Eliécer Gaitán. “En ese proceso de salir a la calle y ver gente, me entristece la falta de interés de los jóvenes por acercarse a la poesía”.

Mientras le da fuerza a sus palabras, corrige su postura en el viejo sillón del estudio, hace una pausa, baja la voz y concluye: “Quisiera no morir, seguir escribiendo mis poemas y vivir en la memoria de mis amigos”

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