La otra cara de Bolívar y de Morillo

La otra cara de Bolívar y de Morillo

Tras larga investigación que me llevó a escribir mi libro Al oído del Rey (Áltera, Barcelona, 2008) concluí que de Bolívar ni de Morillo se nos ha contado toda la verdad. La historiografía patriótica ha ocultado la cara oscura del ‘Libertador’, mientras nos presenta al ‘Pacificador’ como un ser cruel y despiadado. Los documentos demuestran otra cosa.

03 de agosto 2008 , 12:00 a.m.

Bolívar confiesa al Congreso de la Nueva Granada el 14 de agosto de 1813 que “después de la batalla campal del Tinaquillo, marché sin detenerme por las ciudades y pueblos del Tocuyito, Valencia, Guayos, Cuácara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios casi sin excepción, han sido pasados por las armas”. En septiembre de este mismo año, frente al reclutamiento forzoso, ordenó a José Félix Ribas “pasar por las armas a tres o cuatro que lo rehúsen”, porque esto “enseñará a los demás a obedecer”. El 21 de septiembre de 1813 hizo fusilar a 69 españoles sin fórmula de juicio.

El 4 de diciembre de 1813 Bolívar derrotaba al ejército realista en Acarigua. Muchos se subieron a los árboles para escapar de la bayoneta, pero fueron bajados a balazos sin pedirles rendición. A los que huyeron, el ‘Libertador’ les dio alcance en el poblado de la Virgen. Exhaustos por la marcha, se rindieron sin disparar un tiro. Bolívar ordenó que fuesen ejecutados esa misma noche. Nos cuenta el testigo, coronel José de Austria, que “fueron allí mismo ejecutados un considerable número de prisioneros”, que se calculan en 600, según diversos testimonios. Teniendo unos 1.200 civiles comerciantes secuestrados en las mazmorras de Caracas, Valencia y La Guaira, el 8 de febrero de 1814 Bolívar dio orden de asesinarlos. Su único delito era ser españoles. Permanecían encadenados de dos en dos (¿nos recuerda algo esto?). Escribió a Arismendi: “en consecuencia, ordeno a usted que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna”.

El Arzobispo de Caracas, Croll y Prat, le escribió suplicándole no llevar a cabo este espantoso crimen de lesa humanidad, pero Bolívar no accedió.

Escaseando la pólvora, se emplearon sables y picas para asesinarlos, sin importar que estuviesen heridos, que no hubiesen participado en pugnas partidistas o que fuesen ancianos, pues a estos últimos se les llevó al patíbulo amarrados a sus sillas. A los que quedaban vivos de los sablazos se les aplastaba la cabeza con una piedra gigantesca. A muchos quemaron vivos.

Arismendi envía varios partes al ‘Libertador’; el último dice: “Hoy se han decapitado los españoles y canarios que estaban enfermos en el hospital, último resto de los comprendidos en la orden de Su Excelencia”.

Juan Vicente González nos lo refiere: “Sobre aquel anfiteatro corrían locas de placer, vestidas de blanco, engalanadas con cintas azules y amarillas, ninfas del suplicio, que sobre la sangre y los sucios despojos bailaban el inmundo Palito”. Los 382 asesinatos de Valencia fueron atendidos personalmente por el ‘Libertador’ los días 14, 15 y 16 de febrero de 1814.

Por eso Castillo y Rada se referían a Bolívar y a los suyos como los “antropófagos de Venezuela”. Con ellos aprendieron los neogranadinos la violencia y el asesinato.

El 2 de mayo de 1816, cerca de la isla Margarita, tomó por abordaje un barco español. Bolívar se divertía, riéndose, en un bote de a bordo mientras disparaba a los náufragos que, desnudos y en jirones, intentaban salvarse a nado. Ducoudray Holstein presenció su risa y diversión: “Yo estaba presente; yo le vi, él me habló y yo mandé, en su lugar nuestro cuerpo de oficiales y voluntarios que pueden ser testigos de la verdad de mi aserto”.

Testimonios de su patológica crueldad existen en abundancia; Hippesley escribe que “Bolívar aprueba completamente la matanza de prisioneros después de la batalla y durante la retirada; y ha consentido en ser testigo personal de estas escenas infames de carnicería”. Los crímenes cometidos por el ‘Libertador’ se divulgaron de tal manera por la Nueva Granada que su solo nombre infundía pánico.

Al avanzar contra el gobierno de Santa Fe, escribió: “Santafé va a presentar un espectáculo espantoso de desolación y muerte... Llevaré dos mil teas encendidas para reducir a pavesas una ciudad que quiere ser el sepulcro de sus libertadores”. El oidor Jurado le contestó: “ ...si usted quiere la amistad de los hombres de bien, y de los pueblos libres, es necesario que mude de rumbo, y emplee en sus intimaciones un lenguaje digno de usted y de nosotros”.

José Manuel Restrepo, cronista de la época, nos dice que “los excesos y crueldades cometidos, sobre todo contra las mujeres, fueron horrendos y las tropas de Bolívar se cargaron de oro, plata y joyas de toda especie”.

Otros crímenes siguieron a partir de 1816. Bolívar dijo a Santander el 7 de enero de 1824: “...me suelen dar de cuando en cuando unos ataques de demencia aun cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor”.

El malo que no lo era .

En cambio, cuando Morillo entró triunfante en Cartagena el 6 de diciembre de 1815, escribe en sus Memorias: “Finalmente después de un sitio de 116 días... mis tropas ocuparon inmediatamente la ciudad... Mi Armada... se distinguió por la generosidad, las virtudes y la disciplina más raras... un signo de mi parte bastó para que los moribundos de Cartagena... no encontraran más que amigos y hermanos que compartían su ración con ellos. El vencedor daba su pan al vencido... se oían por doquier las bendiciones dirigidas por los habitantes a sus generosos libertadores mientras que... se les distribuía una sopa abundante que podía reparar las fuerzas y la salud.

Tal fue mi conducta... que –no tengo ningún temor en afirmarlo– no encuentra ejemplo, en circunstancias semejantes, en ningún país, de parte de ninguna Armada ni en ningún tiempo. En boca del capitán Sevilla “Morillo había mandado a sus oficiales de estado Mayor a prevenir a todos los jefes de cuerpo que no se hiciese daño ni se maltratase a vecino alguno que no opusiera resistencia”.

Los cabecillas que no pudieron escapar fueron procesados con los formalismos legales. El 17 de enero de 1816 se nombraron los defensores de los reos; a Castillo le nombraron a Leandro García; a Amador, a José Martínez; a Stuart, a Rodrigo Álvarez, y así a todos los demás. Hubo debido proceso con indagatoria, careo, alegatos y conclusiones, después de lo cual vinieron las sentencias el 20 de febrero, tras dos días de sesiones. En Santa Fe, Morillo, revisando la sentencia absolutoria de José Fernández Madrid, no lo creyó inocente; le dijo: “No piense usted que me engaña; usted es insurgente y lo será hasta morir”, pero respetó la sentencia.

El 6 de septiembre de 1816 Morillo escribió a Beatriz O'Donnell, salvando a su marido Juan Manuel de Pombo de la muerte: “He recibido las apreciables cartas de VM... con la instancia que me acompaña para S. M. implorando su clemencia a favor de su marido... Crea VM, Señora, que haré cuanto esté de mi parte por aliviar su suerte”.

Otros que salvaron el pellejo fueron Gregorio Nariño, hijo de Antonio, y José María Lozano de Peralta, marqués de San Jorge, a quien salvó su mujer con los testigos que llevó al tribunal. Otros 99 curas revolucionarios y cientos de soldados seguidores de los cabecillas fueron perdonados. En su Manifiesto a la Nación Española, ignorado por todos los historiadores, Morillo nos dice que los presos “nunca fueron condenados sin ser oídos, y sin la competente defensa que previene las leyes militares… las sentencias fueron diversas, según la clase de los delitos, y los delincuentes...

sufrieron las penas que les fueron decretadas… El pasado por las armas, el desterrado, el condenado a una multa, todos fueron juzgados con arreglo a las leyes. Ahí existen sus causas: que hablen ellas”. Y ellas hablaron y refrendaron lo dicho.

*EX CONGRESISTA. ACTUALMENTE VIVE EN ESPAÑA Y HA ESCRITO VARIOS LIBROS DE HISTORIA

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