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Yidis descubierta

Yidis descubierta

Al regresar de un viaje por el encantado país de don Hugo Chávez, donde hay quienes lo quieren a morir y quienes lo quieren ver muerto, pregunté por el último número de Soho, para enterarme de las postreras revelaciones de Yidis Medina.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de julio 2008 , 12:00 a. m.

La revista no entró a la casa, pues por juegos de manos desapareció de la portería. Que tiemblen los porteros, me dije, como en algún gobierno pasado cuando había crisis, y me dirigí a la oficina repartidora de correos donde me suministraron el comprobante de entrega con la firma de la portera del edifico vecino. Para no crear un lío de fronteras, me dirigí a adquirirla en Carulla. Pero estaba agotada, lo que no sucedió ni cuando Amparo Grisales nos puso a rasparle los cucos. Miré en el buzón del vecino de arriba, que acababa de morir, y allí estaba en los meros cueros la protagonista de la última escandola presidencial, derrotada por sentencia de la Corte Suprema y por la cortina de humo del rescate de Íngrid y los otros 14. Se la rapé al difunto y me dirigí a la bañera.

Soy un hombre sereno, no tengo aberraciones notables, por lo general mantengo las manos limpias, me encanta hervir en la tina usando espumas de leche batida, mientras contemplo las regiones infero posteriores de cualquier modelo, joven, madura, señorita o señora, sometida a una Canon. Y aquí estaba la diva controvertida, posando con sus democráticas posaderas. Y sobre todo enguacalada. Purgando un pecado que, como el coito, sólo se cohace entre dos o varios. Y, ¡para qué!, la fotógrafa Alejandra Quintero supo sacarle partido al cercano quintal de carnes en eurítmicas poses evocativas de las postales de los tiempos del ruido. Nunca pensé que una ex congresista tuviera tanto para mostrar, y de qué modo, para volver a despertar la atención hacia su patético caso. En la segunda portada, de espaldas a la justicia, exhibiendo su suculento rabo que no es de paja. Más adentro, boca abajo, como una ballena varada en el mar de la indiferencia.

Enseguida, de frente y de medio cuerpo, ocultando unos senos de doncella con las dos manos. Nuevamente de espaldas, sentada, con un calzoncito tanguero.

Luego, de frente, sentada, con los brazos posados sobre las piernas en cruce. Otra vez de frente, sentada con las piernas abiertas, ocultado el pudendo tras una tabla gigante. Y al final, en un impecable desnudo de cuerpo entero, de espaldas y con los brazos alzados, con una insinuante depresión en el atrio de la columna, que conduce a un estado tal que uno siente que es la hora de cerrar el grifo y acometer la lectura de la urticante entrevista, realizada como quien no quiere la cosa, ¡y la cosa queriendo!, por la temible periodista Salud Hernández.

A estas alturas, ya Yidis lo tiene a uno entre el bolsillo, si los desnudos tuvieran bolsillos. Salud la trata de loca por el empelote y ella le cuenta que doblegó a tres psiquiatras. Al sentirse perdida apeló –ante la seducción del astuto director de la revista– a pelarlo todo, hasta el cobre, a condición de poder decir la verdad desnuda. Y la dijo. Y yo creo, y hasta la reportera, que en esta oportunidad no miente la mentirosa. Que resultó bandida, y hasta bandida y media, según los indicios acusatorios, como hay tanto bandido en el medio donde la pusieron.

Aún así, en la entrevista habla un ser humano en desgracia, por haber negociado su conciencia que no su cuerpo, por cuyo voto maculado se salvó la reelección, a quien le pusieron conejo y cuando trató de reclamar la clavaron más hondo. Con su confesión trató de tumbar el templo, para caer con todos los filisteos, pero ya los filisteos no son tan pendejos. Es la novia de un policía. Lo que prueba que no es una delincuente, porque cómo vivir con quien pueda ponerla presa. Y quien cuando salga del Buen Pastor, donde habrá de recibir muchas visitas –entre ellas la mía, si me permite–, se dedicará a vender velas, muchas blancas. Unas para Dios y otras para el diablo.

jotamarionada@hotmail.com

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