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El ‘papᒠde los perros callejeros

El ‘papᒠde los perros callejeros

Nauco se llamaba antes Basuco. El callejero, un pitbull, vivía en el parque Nacional y allí, indigentes y vigilantes lo enviciaron al basuco.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
29 de julio 2008 , 12:00 a. m.

Hoy ya no es vicioso. Pero es agresivo y se la pasaba ‘cascándoles’ a los 54 perros más de la Fundación Etológica Valería Martín, de La Calera. Por eso y muy a su pesar, el director del hogar, Andrés Varón, lo mantiene amarrado.

Su educación no ha sido fácil, cuenta Varón, porque, además, cuando estaba libre les quitaba la comida a los otros. Ahora, con todo y la amarrada, solo le basta parar la cola para que el resto de perros se aterren. Su radio de acción está limitado a 3 metros.

Los demás perros sí tienen más espacio, aunque para el etólogo Varón no signifique mucho, “porque si a algo está acostumbrado un callejero es a la libertad total, a andar por donde quiera y como quiera”.

Este es el sentido de vida de Varón: analizar el comportamiento de los animales, fin de la etología, carrera que no existe en Colombia pero que este hombre de 30 años estudió a través de diplomados.

Y también darles un lugar en el mundo a los callejeros, donde les enseña.

Primero, les modifica su conducta y luego los convierte en lazarillos. Los animales reciben entrenamiento para buscar y alcanzar objetos y llevarlos a quien los necesite. Cuando están listos se dan en adopción.

Familia perruna Desde el 2003 Varón tiene la fundación. Primero en una casa de Chapinero, y luego en La Calera.

Sostenerla no es fácil. El terreno de La Calera es de un amigo de Varón, que murió, y ahora su familia dice que la tierra está en venta. El etólogo paga 300.000 pesos mensuales de arriendo.

El agua no llega porque algunos vecinos, que quieren que se lleve de ahí a sus perros, le cortaron el paso.

Así que todos los días tiene que ir hasta un pozo que queda en una subida y cargar y bajar canecas de 50 litros. Luego, tratar el agua con piedralumbre y clórox, y hervirla para poder consumirla.

Alimentarlos es otra historia. La dueña del restaurante La Mona, que queda en la Zona Rosa, le regala las sobras de su comida (carne de cerdo, res y pollo, papa criolla y arepa). El etólogo la recoge, procesa, pica y revuelve con concentrado, en un trabajo que dura unas cuatro horas. Y a diario.

El resto de los gastos se pagan con donaciones que le hacen amantes de los animales.

Y con milagros. Porque le hacen falta muchas cosas, como una ambulancia para atenderlos cuando se enferman y más espacio para que vivan, pues en la casa de Varón, el primer piso es para 20 perros y el segundo es su cuarto. El resto de canes tienen casitas que han sido regaladas.

Este lugar es el reino de, entre otros, Homero, maestro de los otros perros; Apolo, al que le falta una pata porque fue atropellado, pero que recibe tratamiento gracias a un actor de TV, y de Perla, una labradora pila que también ayuda a que los otros se eduquen.

Si pudiera, Varón recibiría más perros, pero es imposible. Cuando los recoge pone afiches en las calles y en el Facebook, buscando al dueño.

Si no –que es lo más usual–, los vuelve su familia. Su amor por estos animales es tal, que dejó su vida como dj para ser el papá de los callejeros.

55 los perros que hay en la fundación, todos recogidos de la calle en mal estado, flacos y enfermos. Allí se recuperan y se vuelven útiles

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