LA NOVENA: CIEN METROS DE ESPANTO

LA NOVENA: CIEN METROS DE ESPANTO

Manuel Tiberio Gallego todavía tiembla de espanto con sólo recordarlo: cuando retumbó esa terrible explosión, una granizada de vidrios le cortó la cara, mientras que el estallido lo dejó aturdido por un instante. Luego, cuando se asomó a su ventana del tercer piso, ahí, en la acera del frente de donde el carrobomba voló en pedazos, Gallego por poco enloquece de terror por lo que vio.

01 de febrero 1993 , 12:00 a.m.

Casi toda la cuadra la carrera novena con la calle 15, en pleno viejo corazón de Bogotá estaba repleta de escombros: la gente gritaba enloquecida, algunos corrían despavoridos y ensangrentados; y otros quedaron mutilados y pedían socorro sin poder levantarse del piso. Y ahí, tirados en plena calle, había por lo menos seis cadáveres, algunos de ellos calcinados o despedazados, mientras que un enorme hongo de humo con olor a pólvora se elevaba en el cielo, como si hubiera sido el final de un tenebroso bombardeo .

Ahí, en la acera de frente, estaba tirado un hombre sin piernas; a este lado yacían dos mujeres heridas, y veinte metros hacia al sur, casi en la esquina, frente a Glored, un almacén de ropa, había una escena desgarradora: el cadáver de un bebé de unos siete meses, al que la onda explosiva estrelló sin compasión contra una pared. Humo en la cabeza Esto es lo más horrible que he visto en mi vida. Se lo juro. Me da escalofrío de sólo recordarlo , dice Gallego, un caldense de 42 años que es celador de uno de los edificios de la carrera novena con calle 15, que, de golpe, por culpa del terrorismo salvaje, se convirtió el sábado a las 6:24 de la tarde en cien metros de muerte, desolación y espanto.

Aquí, en esta calle, todo el mundo tiene una terrible historia que contar.

Edgar Cortés, por ejemplo, es un técnico en electrónica, que estaba hablando por teléfono con su suegra, cuando explotó el carrobomba.

El estaba ahí, al pie de la ventana de su oficina, la 203 del edificio marcado con el número 15-21, cuando, de pronto, una llamarada enorme pasó por frente al ventanal, en pleno segundo piso, y la explosión me dejó sentado, allá, como tres metros al fondo.

Cuando me levanté, fui a la otra habitación: Jorge Quintero, mi socio; y Claudio Alarcón, un amigo, estaban aturdidos y con el rostro bañado en sangre. Yo también estaba ensangrentado.

Estamos vivos de milagro , alcanzó a decir Claudio, mientras que los tres nos abrazábamos y lloramos. Todo en la oficina quedó hecho añicos.

Y cuando me asomé por el boquete de la ventana, quedé horrorizado: los almacenes, los apartamentos, los carros; la cuadra toda estaba destrozada. Y ahí, frente a la puerta, en el andén, estaba el cadáver de un niño de unos 11 años totalmente carbonizado. Todavía le salía humo de la cabeza. Era espantoso mirarlo .

Mientras tanto, a Esteban Puentes, un vendedor de electrodomésticos que tiene su oficina ahí enseguida, en el mismo piso, la explosión lo sorprendió en la puerta de la calle y lo metió de nuevo hasta el zagúan.

Me tiró contra la pared del fondo y me dejó sordo un buen rato .

Su cuñada, Claudia Guacaneme, que se había quedado unos metros atrás, cerrando la oficina, casi se desmaya cuando lo vio vivo: creía que la explosión lo había matado.

Y ahí, al lado, el abogado bogotano Armando Mendoza y su señora, la antioqueña Olga Lucía Jaramillo, vivieron una historia increíble: Una hora antes de que explotara el carrobomba se habían comprometido a vender su oficina, la número 202, pero apenas este lunes iban a firmar los papeles! Inclusive ayer, en los clasificados de EL TIEMPO, alcanzó a salir de nuevo el aviso de venta de la oficina..

Y esta no es la primera vez que nos toca soportar las bombas: en Medellín padecimos la de la Plaza la Macarena, la de la Avenida San Juan y algunos petardos que volvieron pedazos algunos Cai , recuerdan los dos.

Ahora quedamos en la calle. Yo no tengo ni para volver a ponerle la puerta a la oficina. Simplemente voy a conseguir una tabla y dejo eso así , dijo él. tercera bomba tanto, en la acera de enfrente, Jairo Puerto Niño, un boyacense de 40 años, vive una tragedia múltiple: la Optica Exito que él montó hace 8 años en el local del número 15-52, quedó hecha pedazos. Y, para colmo de males, también en su apartamento, que está diez metros al sur, todos los muebles quedaron destrozados.

Además, su hermana, Rosa Helena Puerto, y Viviana, la hija de ella, que se quedaron en la cuadra comprando unas medias despues de que habían cerrado la óptica, resultaron heridas. Incluso, ya fueron operadas.

Creo que yo soy el único que perdió la casa, el negocio, y que tiene una hermana y una sobrina heridas. Mejor dicho, a mí me sucedieron cuatro tragedias...

Además, esta es la tercera bomba que me toca soportar en esta cuadra en los últimos tres años. No olviden que en unas elecciones aquí explotó un petardo, y unos meses despues estalló otro al pie de la Cámara de Comercio. Esto es increíble .

Y ahí, al lado, desolada, sentada en un taburente en plena acera, Antonia Rondón de Poveda también llora su desgracia: los dos almancenes de ropa infantil que tenía quedaron destrozados; además, su esposo, José Orlando Poveda, resultó herido, en tanto que al menos dos de sus empleadas están muertas.

Y ahí arriba, en el segundo piso, asomado a la que fue una ventana, Justino Correa, un tumaqueño de 57 años, dueño del restaurante El Viejo y el Mar, que quedaba en el segundo piso del múnero 15-44, tampoco olvida su pena.

La explosión me acabó el negocito. Además, hirió a los cinco clientes que había a esa hora, y a mí me llenó de vidrios la espalda. Lo que nunca olvidaré es que mientras íbamos para el Hospital Militar, una señora se murió en plena ambulancia. Mejor dicho, aquí no hay sino ruinas y dolor .

Mientras tanto, Mariel Santamaría mira desolada las ruinas del restaurante que inauguró hace apenas cuatro meses; Leonor Becerra observa con tristeza lo que era su negocio de artesanías; y Rodolfo Garza camina entre los escombros de su laboratorio de fotografía y su pequeña cafetería.

En tanto, ahí, junto al hueco que dejó en el piso ese carrobomba, Andrés Prieto, un chiquillo de 10 años, hace una pequeña cruz en el suelo con dos pedazos de hierro retorcidos.

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