Secciones
Síguenos en:
Té y café, dos bebidas con leyendas entre odios y amores

Té y café, dos bebidas con leyendas entre odios y amores

Por pertenecer al mundo de las leyendas y del gusto, amén de la trascendencia económica que han tenido para muchos países, algún día habrá que hacer el contrapunteo del té y del café.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de julio 2008 , 12:00 a. m.

Originario el primero de China, las hojillas tonificantes y benditas para la ensoñación, conocidas, por lo demás, desde hace más de 2.000 años en la tierra del Gran Kan, se utilizaron primitivamente para usos medicinales, y luego de muchas observaciones se “llegó a la conclusión de que el té tenía la propiedad de desintoxicar el organismo”.

Luego tuvo diversas aplicaciones, pero una de las más esenciales fue como estimulante para la mente y el sosiego anímico.

Se le reconoce en el Lejano Oriente con el nombre de chá, y al pasar al Japón fue aprovechado por los monjes budistas, concretamente de la secta zen, a la hora de las hondas meditaciones, al verificar cómo los pensamientos eran más despejados. Y en el siglo XIV hacen de él una religión estética: El teísmo, hasta tener maestros que tranzaron sus reglas como Rikiu, conformándose así la ceremonia del té.

En la provincia de Fujian, China, vuela una canción popular, que dice: “Verdes arbustos de té: Un corazón cada brote.

Se recogen las tiernas hojas verdes que colman las canastas.

Se canta en la colina por la abundante cosecha”.

Entre tazas de café El grano del café y sus magníficas repercusiones como estimulante en el hombre, también ha conocido la fabulación, así como una hermosa tradición entre sus adictos.

Hay quienes han querido ver sus dones desde Homero, cuando en su Odisea aludió a la conveniencia de una planta africana que ejercía positivo antídoto contra la tristeza.

Otros persisten en la leyenda, de que por allá en 1440, un joven pastor árabe llamado Kaédi, se quedó intrigado al ver que sus cabras adquirían gran vivacidad después de mascar las hojas y frutos de cierto arbusto.

Cautelosamente probó los granos y luego le invadió una sensación de sosiego íntimo y más energías para seguir en el laboreo.

Más tarde lo conoció un muftí (jurisconsulto musulmán) de Adén, según anotó Schraemli en su interesante Historia de la Gastronomía, e introdujo el árbol del café en el Yemén.

De ahí se tomó diversas rutas del mundo, encantando a poetas, músicos y filósofos, por sus intrínsecas propiedades, no sin conocer, desde luego, enemigos que veían en el aromático grano un veneno.

No obstante tan prodigioso producto fue familiarizándose cada vez más, Beethoven lo tomaba en exceso, preparándolo él mismo; Hach degustó gozosamente de él, y le compuso una cantata, que lleva precisamente su nombre. Balzac consumía tazas y tazas, mientras le daba forma a su comedia humana.

Napoleón también está dentro de los otros devotos de la aromática y estimulante infusión. Y relatan otras lenguas, que apartado en Santa Elena, no obstante lo regalada que era su mesa con siete u ocho platos (sopa, un principio, dos entradas, un asado, dos platos más ligeros, y otro de pastelería), por obtusa prescripción de sus médicos le prohibieron radicalmente el café, ni siquiera unas gotas, cuando minutos antes de expirar les pedía con súplica lacerante.

*MIEMBRO FUNDADOR Y PRESIDENTE HONORARIO DE LA ACADEMIA COLOMBIANA DE GASTRONOMÍA.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.