CAFÉ CON AROMA DE COLOMBIA

CAFÉ CON AROMA DE COLOMBIA

Sin duda, alguna explicación tiene que suministrarse el televidente acerca del éxito de Café con aroma de mujer , porque no es muy frecuente mantener por tanto tiempo unos ratings de audiencia tan elevados.

29 de enero 1995 , 12:00 a.m.

Fue un acierto del libretista haber escogido el negocio de la exportación de café como el tema central de su telenovela. Los colombianos, quién más, quién menos, vivimos pendientes de las repercusiones económicas de los precios del café en las lonjas del extranjero. Por muchos años fue nuestro único rubro importante de exportación, y aún hoy en día sigue siendo el primero. Cómo ser ajenos a las peripecias del mercado de la rubiácea? Los fraudes en negocio de exportación del grano se vienen presentando en forma periódica desde comienzos de este siglo. Personas informadas quieren ver en la trama de la telenovela a determinadas firmas responsables de exportaciones ficticias en los últimos 20 o 30 años, pero prácticamente en cualquier tiempo hubiera sido válida la alusión con respecto a exportadores que recurrieron al procedimiento de enviar falsos conocimientos de embarque a sus corresponsales en los Estados Unidos. Ya no se presentan casos en el oriente colombiano, como ocurría en los primeros lustros del siglo XX, pero los hubo de la misma manera que en años recientes se han presentado casos semejantes en el occidente. En cierta manera es poner el dedo en la llaga. Y no deja de sorprender la versación del libretista en estas materias abstrusas para los profanos. Podría afirmarse, sin incurrir en una hipérbole, que es una cátedra de café para los más legos.

Infinitamente tediosa sería la comedia si se viera reducida a la comercialización del grano. Introducirle el factor sexo fue un acierto en esta época del destape. No hay mujer sana con excepción de la abuela: las jóvenes califican para un postgrado en liberación femenina. La hibridación de los dos temas le permite al autor mantener el suspenso alternando entre uno y otro.

En ningún otro ejemplo se da el caso de una estructura de telenovela tan bien lograda. Tanto que, si se tratara de una película con dos horas de filmación continua, el espectador no resistiría el tránsito de uno a otro escenario con tanta rapidez y con un sinnúmero de protagonistas.

Con todo, abrigo la convicción de que la clave en el buen suceso de Café con aroma de mujer reside en ser un reflejo fiel de la vida colombiana contemporánea. Alguna vez, refiriéndome a la personalidad del presidente Gaviria, advertía que el máximo atributo de ésta era rematar los propósitos en que se veía comprometido. Los colombianos, por lo general, nos quedamos a mitad de camino y cuando creemos que ya hemos alcanzado la meta descubrimos que se nos escapa de las manos. La frustración es el leif motiv de Café. Cada vez que las situaciones parecen arreglarse o descomponerse surge un nuevo factor que las altera por completo. Si Sebastián y Gaviota se reconcilian, a los pocos días surge un nuevo elemento que los aleja; si ya está quebrado Iván, se gana la lotería con un alza inesperada del café en la Bolsa de Nueva York. Si se desbarata un matrimonio, es para abrirle paso a una unión distinta, destinada a ser eterna, pero que dura unas pocas horas. Esta clase de frustraciones tienen una connotación eminentemente nuestra.

Con el nombre de victorias morales nos consolamos de nuestras derrotas en cualquier clase de competencias. Mucho debía saber de la idiosincrasia colombiana, la persona que encontró tan dichoso calificativo para describir las alzas y bajas de nuestra vida cotidiana. Jugamos como nunca y perdimos como siempre ha acabado por ser el lema de nuestros futbolistas, de nuestros boxeadores, de nuestros ciclistas posteriores a Lucho Herrera.

Lo ocurrido con el fútbol es el mejor parangón con los vaivenes de Café. Empezamos siempre la competencia convencidos de que tenemos un equipo nacional imbatible y, llegada la hora de la verdad, resultamos eliminados en las primeras vueltas para regocijo de los críticos pesimistas y pesar de nuestro nacionalismo humillado.

Algo semejante ocurría con nuestros toreros hasta la aparición de César Rincón. Dominaban con el capote, con las banderillas y con la muleta, pero sólo excepcionalmente corrían con fortuna en la estocada final, acreedores a oreja y rabo, se quedaban a mitad de camino a la hora de la muerte.

Haber descrito en forma subliminal este sentimiento tan colombiano, de que en la puerta del horno se quema el pan, como dice el adagio, se ha puesto ahora al rojo vivo con la construcción de la carretera al Llano y la inminencia de un nuevo apagón. En el primer caso, cuando se hablaba de llegar a Villavicencio en una hora y media, o sea, casi la mitad del trayecto a Girardot, comenzaron a valorizarse las fincas en el piedemonte llanero. El optimismo se ha tornado en cólera al descubrir que los predios por donde debía pasar la carretera no han sido todavía negociados y que los contratistas de los puentes están lejos de cumplir sus compromisos. Quienes tienen que viajar de noche entre Bogotá y la capital del Meta se hacen cruces sobre lo que va a ocurrir con el plazo de 18 meses para terminar la autopista...

La polémica sobre el apagón es de la misma índole. Todos los cálculos coinciden en que se ha incrementado considerablemente el potencial eléctrico del país y que las represas están muy por encima de las cotas que alcanzaban antes del apagón anterior. Muchos, entre ellos el suscrito, estamos convencidos de que podemos dormir tranquilos confiados en que el autoabastecimiento de energía ya está al alcance de los grandes centros colombianos... pero el síndrome Gaviota no deja de asomársenos con la inminencia de que no hay situación que no sea susceptible de emporar.

Otros elementos de suspenso serían una tutela y un daño del teléfono, y las correspondientes llamadas pidiendo la reparación. Nada más bogotano...

La única tutela que se vislumbra en el horizonte sería la que podrían invocar los médicos por el desprestigio profesional que les acarrea un episodio como el del ginecólogo que se plegó a los caprichos de Lucía, inventándole una paternidad ficticia a su marido, o la de la psicoanalista que, para curar a Sebastián, apeló, por igual, a los encantos físicos y a sus conocimientos de psiquiatría. Sabida la desconfianza del público con esta última profesión que establece una dependencia con el paciente, no es muy estimulante el ejemplo de Daniela cautivando al suyo.

Escuchando una grabación reciente del diálogo entre la madre del secuestrado muerto y sus victimarios, transmitida por CM&, no es imposible que tales cosas suceden. Falta saber si es mejor callarlas y mantenerlas ocultas, o prevenir a la sociedad contra el ambiente enrarecido en que se está viviendo, y exponer a la luz pública abismos que, por ser excepcionales, no dejan de presentarse.

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