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EPÍLOGO DEL COLAPSO MEXICANO

EPÍLOGO DEL COLAPSO MEXICANO

Ante la perplejidad y la sorda resistencia del Congreso de su patria, reflejo institucional de las inquietudes de sus electores, el presidente Clinton resolvió echar por la calle de en medio y salir por otras vías en apoyo de la desfalleciente economía mexicana.

La crisis de confianza, sumada a la perspectiva de carecer de fondos para honrar sus obligaciones, había llevado la devaluación a extremos insospechados. En un mes, el peso mexicano había perdido el cincuenta por ciento de su valor, y, en año y medio, el ciento por ciento. En esta vertiginosa carrera hacia el abismo, nada parecía detenerlo. Salvo el plan de rescate, atascado en las prevenciones y aprensiones de los congresistas estadounidenses, pese al apoyo de los voceros de la nueva mayoría.

En situación tan delicada y vidriosa, el presidente Clinton asumió vigoroso liderazgo, convencido de que la situación de México incidía en las condiciones laborales y financieras de Estatos Unidos y podía hacer rápida metástasis a otras regiones. Imaginativamente se salió de entre las cuerdas y optó por valerse del Fondo de Estabilización Cambiaria, ampliando su función de velar por la salud del dólar, y, como grande accionista, movilizó al Fondo Monetario Internacioanal y al Banco de Pagos Internacionales de Basilea.

De este suerte, el paquete de ayuda será de cuarenta y siete mil millones de dólares. No tan alto como en principio se pensó, pero, comparativamente con otros, de monto excepcional. Casi un nuevo Plan Marshall, a la medida de la emergencia financiera de México. Si no la peor de las debacles económicas de su historia según sus noticieros televisados, una de las más grandes, explosivas y complejas.

El salvavidas le llega, por cierto con severas condiciones, cuando estaba al borde de la insolvencia y de la moratoria de sus deudas. Riesgos que si se hubieran consumado, habrían inferido tremendo daño a la América Latina, y, en general, a las economías emergentes, en adición a los perjuicios iniciales ya sufridos.

En lo político, el fiasco en el Congreso se compensa con la prontitud y la firmeza del paso dado, por encima de las vacilaciones y contradicciones de la mayoría republicana y de su propio partido. La reticencia de los legisladores para actuar en este caso contrasta con la firmeza, la prontitud y la energía de la acción presidencial.

Porque no se enredó ni se dejó enredar, infundió renacida confianza o por lo menos inmediato alivio a la economía de México, y, con ella, a la de los Estados Unidos y del mundo. En primer lugar, a los nerviosos mercados de los países emergentes. No es todo, pero es, conforme diría el presidente Samper, una segunda oportunidad, o una tercera ?, de corregir yerros, arreglar las cargas y reorientar las conductas. No de volver a las andadas.

Las gentes se preguntan cómo pudo marchitarse de la noche a la mañana tanta opulencia, tanto esplendor, precisamente en el tránsito jubiloso del tercer al primer mundo. Del pelotón latinoamericano se había despegado México para entrar al supuestamente feliz de las naciones industriales. Pero el desbordamiento del gasto sin respaldo echó a pique los sueños de vertiginoso y seguro ascenso, aunque para fortuna suya permanecen sus vastos recursos humanos y materiales. Sólo que temporalmente comprometidos o hipotecados.

Con una población de noventa millones, su ingreso por habitante es más del doble del colombiano. En varios aspectos, infraestructura e industrialización, nos aventaja con creces. De tiempo atrás ha sido potencia petrolera de primer orden y para su diversificada producción y sus servicios ha tenido el privilegio de la vecindad de un gigantesco mercado de consumo.

Aunque Porfirio Díaz creyera infortunio de México estar tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Sentencia que sus cavilosos contribuyentes, pensando en el financiamiento de la catástrofe económica, retorcieron con humor anglosajón: tan lejos de Dios y tan cerca de México.

El colapso de las postrimerías del 94, como el del 82, no obedece a una calamidad de la naturaleza, al estilo de la de Kobe en el Japón. No es tampoco resultado de una guerra mundial como la que devastó a Europa, sino fruto amargo de las recurrentes alegría, ligereza y ofuscación de los gobernantes de la gran nación azteca. De la estrategia desequilibrada e injusta que adoptaron y de la cual aspiraron a ser ejemplo.

No cayeron en la cuenta del peligro de depender de volátiles recursos externos y de la necesidad de tenerlos propios y permanentes. Revaluaron la moneda, minaron la capacidad competitiva de sus exportaciones y se dieron a la fiesta irresponsable de las importaciones suntuarias. Hicieron la apertura hacia adentro y no hacia afuera. Así, terminaron dependiendo del crédito internacional para pagar deudas abrumadoras y debieron resignarse a frenar en seco su ciega marcha. A entrar en estanflación.

A juicio del Economist de Londres, el colapso de México ha desatado una ola de desilusión respecto de América Latina. Es lo que ahora será menester reparar. No sin meditar en el siguiente concepto de esa misma publicación: Cuando el capital extranjero dirige el cambio, el cambio es inestable; cuando la política nacional es lo que cuenta, el cambio es más seguro .

Sea el episodio de la operación de rescate el epílogo del drama e iníciese un período de reconstrucción, reorganización y reorientación.

El mucho hablar Al muy distinguido embajador de Estados Unidos, Mr. Myles Frechette, se le fue la lengua. Llegó hasta entremeterse en cuestiones de la soberanía y del orden interno de nuestro país y a descalificar la batalla colombiana contra el narcotráfico. No sin advertir las consecuencias casi apocalíticas de semejante apresurado juicio.

No siendo éste el procedimiento usual de las relaciones internacionales, cabe imaginar que fue desliz lamentable, o, a lo más, forma impertinente de presionar con objetivos específicos. La notificación por discurso de determinadas eventualidades, lejos de prevenirlas, si algo hacen es herir susceptibilidades, es ocasionar descrédito y desconfianza. Más vale, en tales circunstancias, el diálogo franco, respetuoso y cordial, dentro de los tradicionales cauces diplomáticos.

Vergenza nacional Bien ha hecho el Presidente de la República en aceptar la comprobada responsabilidad del Estado en los espantables crímenes perpetrados hace años en la población de Trujillo. No es negando u ocultando los hechos como se combate la barbarie. Es averiguándola y denunciándola con miras a la sanción consiguiente y a su prevención futura. A los agentes de la autoridad, cualquiera sea su rango, toca velar por los derechos de sus compatriotas. No escarnecerlos en actos de desenfrenado salvajismo.

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