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JOHN FORD NACIÓ CON EL CINE

JOHN FORD NACIÓ CON EL CINE

En 1995 se cumplen cien años del nacimiento de John Ford, ciento siete del de Sergei Eisenstein, ciento seis del de Charles Chaplin, ciento uno del de Jean Renoir, noventa y cinco del de Luis Buñuel y noventa y seis del de Alfred Hitchcock.

En este centenario nos damos cuenta de que el cine tiene ya larga historia y de que Ford, por un azar elocuente, es aquel entre los grandes maestros o genios de este arte cuyo ciclo vital (infancia, plenitud y madurez) casi coincide con el del propio cine.

Resumiendo esa historia, John Ford resolvió unas contradicciones que no lo eran en la edad de la inocencia y que se manifiestan y subrayan de forma tan recurrente como simplista a veces, pero agudizada en la realidad con el paso del tiempo: el cine industria y comercio se opone al cine de autor; el cine acción de Hollywood se opone al cine reflexión más característicamente europeo; el cine popular se opone al cine apreciado por los estudiosos y los propios profesionales; el cine fábrica de sueños se opone al cine crítico con la realidad.

Por supuesto, Charlie Chaplin, Charlot, ha sido el más popular de los cineastas de toda la Historia y Luis Buñuel logró obras maestras plegándose a las imposiciones de la industria mexicana y a géneros tan tradicionales como aparentemente menores pero, siempre o en cuanto pudieron, adoptaron la actitud de autores. Sin embargo, y siendo el más respetado cineasta de Hollywood y en unos momentos especialmente críticos, Ford hizo una presentación pública de sí mismo que ha quedado grabada en la memoria de todo cinéfilo: Me llamo John Ford, hago películas del Oeste .

En el fondo era una manifestación de falsa modestia porque Ford, por entonces ya ganador de cuatro Oscar, era plenamente consciente de su autoridad profesional y moral pero también de su reconocimiento de que el western era el género más representativo de su oficio.

El nombre Sean Aloysius O Feeney es inequívocamente irlandés y se cambió a mediados de los años 10 por el mucho más fácil de John Ford. De la mano de su hermano Francis, John llegó a Hollywood y trabajó en los tiempos pioneros del cine como modesto profesional en varios trabajos de técnico y actor en producciones de la Universal.

A partir de 1917, Ford empezó a dirigir pequeñas películas del Oeste para la Universal y el primer hito en su carrera de director se produjo con El caballo de hierro (1924). Una larga serie de sólidas aventuras culmina en La patrulla perdida donde, con la colaboración del guionista Dudley Nichols, cuenta con un estilo cercano al expresionismo el drama de una unidad cercada por el enemigo en el Norte de Africa.

A partir de ese momento, Ford pasa a ser uno de los cineastas más prestigiosos de Hollywood, condición reafirmada con una serie de películas basadas en obras literarias que le dieron el mayor número de premios. Con seis Oscar como director (El delator, Las uvas de la ira, !Qué verde era mi valle! y El hombre tranquilo y los documentales La batalla de Midway y 7 de diciembre) más otros muchos en diversas categorías de sus producciones, premios de las organizaciones profesionales e incluso medallas del Gobierno, fue probablemente el profesional más galardonado de su país.

Desde El delator (1935), sobre una obra de Liam OFlaherty, a !Qué verde era mi valle!, Ford hizo mucho más que ilustrar obras literarias respetadas: las incorporó a su propia obra.

La película más significativa de esta época fue La diligencia, que llevaba al terreno del western un original del naturalista francés Maupassant y que elevó el género cinematográfico a la condición de mayor.

Las uvas de la ira, versión de una novela del también contradictorio John Steinbeck, puede considerarse la película más significativa de este periodo en la filmografía de Ford, la más reconocida por la Academia de Hollywood por su noble origen literario y por su carácter crítico con la sociedad norteamericana.

Ford no le pone demasiado acento ideológico (no propone soluciones al problema de los más perjudicados por la Depresión) pero sí muestra a personajes auténticos, reales víctimas de los males de un capitalismo en crisis. Ford es un personaje contradictorio, muy conservador en política, muy autoritario en los rodajes, muy rebelde frente a la autoridad de los estudios y los productores.

Cuando se desencadena la caza de brujas , este representante de los Estados Unidos más conservadores se enfrenta a la maniobra de defenestrar al representante liberal de la industria de Hollywood en una sesión siempre recordada: tras discutir la idoneidad del gran director Joe Mankiewicz como presidente de la Asociación de directores, contestada por el magnate Cecil B. DeMille, Ford hizo una declaración drástica: No creo que haya nadie que sepa mejor lo que quiere el publico estadounidense que Cecil B. DeMille, y desde luego sabe darle lo que quiere. Pero no me gustas, C.B., y no me gusta lo que dices .

Lo que sorprende y admira en el caso de John Ford es que, a partir de sus grandes éxitos académicos, volvió al género aparentemente más tradicional pero académicamente menos valorado.

Cuando contesto a DeMille, Ford se presentó ante una audiencia de colegas que le admiraba unánimente diciendo me llamo John Ford, hago westerns .

John Ford hace en su madurez un cine que refleja con lírica amargura el fracaso del sueño americano y lo hace de la forma más rigurosa y difícil: mostrando, con una estilización casi lírica, como los héroes, y en especial John Wayne, son frágiles.

Era algo que se apuntaba ya en el trasfondo melancólico de Trilogía de la Caballería, se manifiesta en Centauros del desierto y culmina en El hombre que mató a Liberty Valance, el ejemplo quizá más triste y más rico de la contradicción, de la sabiduría y de la sobriedad expositiva de Ford, cuando hace que la Historia sea traicionada en favor de la leyenda.

Ford contó con amargura como una sublimación se apoya en una impostura y se hizo el crítico más riguroso de una imaginería que había contribuido a construir.

El pionero John Wayne (el actor y el personaje que en buen grado representan a Ford) tiene que retirarse de la escena y dejar su lugar al hombre cívico, al igual que en el memorable final de Centauros del desierto otro pionero tenía que renunciar a integrarse en la familia y en la sociedad.

Todos sus colaboradores le recordaban como un personaje tan autoritario como rebelde contra quienes le trataban de imponer criterios, y tan socarrón como aficionado a mortificar a sus amigos, pese a lo cual todos hablaban de él sintiendo el más profundo respeto.

Así, también John Ford se las ingeniaba para que los productores no pudieran manipular sus películas: se enfrentaba a ellos -se cuenta que una vez presentó al productor de una película a su equipo diciendo fíjense bien en este señor, porque no van a volver a verlo en el rodaje - o planificaba de tal forma que fuera imposible que una escena fuera traicionada en el montaje. El director de Hollywood por excelencia tenía plena conciencia de ser un autor.

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