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DEMOCRACIA S.A.

DEMOCRACIA S.A.

Con S.A.. antes que la sociedad abierta, que elogiara Sir Karl Popper en su antológica obra, aludiendo a la superioridad de la democracia liberal sobre las formas totalitarias de gobierno, me refiero aquí más bien a la prosaica sociedad anónima del código mercantil y de nuestra realidad económica,

Y ello, no tanto porque el más genuino producto de la democracia, la competencia regulada y pacífica por políticas y puestos de dirección del Estado, dependa cada día más del marketing y la publicidad --como en cualquier sociedad anónima-- sino sobre todo porque en la lucha por el mercado parece que las grandes empresas encuentran en algunos valores de la democracia su mejor promoción.

Un claro ejemplo de lo anterior lo apreciamos en el comercial televisivo de Mazda que, asociando a los toros de lidia con los automovilistas, sale en defensa del respeto a la vida de los peatones, Por cierto, comercial que contrasta notablemente con otro de la misma firma, donde elimina de tajo a toda su competencia, pues vemos cómo avanza imponente y solitario uno de sus modelos por calles y autopistas. Los otros autos no existen, el camino de la civilización solo puede recorrerse con Mazda. Que con términos políticos sería tanto como pretender que la democracia liberal es el único camino de salvación para los pueblos.

Otro ejemplo, mucho más cercano a nuestros consumos cotidianos, es el de la cerveza Leona, que con su insistencia en que por fin los colombianos tenemos una opción diferente y que la recompensa es el derecho a la elección, más se parece a la cuña de una campaña política que a la de una bebida alcohólica. Aunque en muchas ocasiones es difícil saber cuál bebida es más embriagante, especialmente cuando la política se mezcla con el nacionalismo, como sucede en la actualidad en el conflicto fronterizo entre Ecuador y Perú.

Es el signo de los tiempos, que con el auge del consumismo y el mercado, fusiona como nunca la política con la economía y viceversa. Por eso, cada día es más difícil imaginar una democracia sin consumidores, pues de poco vale la capacidad de decidir políticamente si no se traduce en capacidad de consumir económicamente.

Signo de alguna manera presente en los programas de gobierno de Gaviria y Samper, el primero con la bandera de la competencia en los mercados internacionales y el segundo con la preocupación por el consumo social, como los principales pilotes sobre los que se sostiene o tambalea cualquier democracia. Pero cada programa con un matiz que los diferencia. El de Gaviria con su confianza optimista en las leyes del mercado y el de Samper con la fe y el voluntarismo de lo estatal, actuando sobre acuerdos como el llamado Pacto Social.

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