Secciones
Síguenos en:
DE LA NIÑEZ A LA MUERTE

DE LA NIÑEZ A LA MUERTE

Este libro, Memorias de Lázaro, del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, que pone a circular el severo y prestigioso Instituto Caro y Cuervo, es breve, hondo y caudaloso. Cada página está asistida de conturbaciones que hace de sus reflexiones sobre la muerte, el arte, el amor. Pero no nos adelantemos: tratemos de desovillar el intrincado caminar para penetrar en la vida y calificarla.

Es la segunda vez que escribe sobre su secuestro. Sus primeras páginas llevaban por título Los pasos del condenado. Hoy vuelve su memoria sobre esas horas donde el ser entiende que su muerte se aproxima en manos de los bárbaros elementales, lo que lo conduce a las evocaciones, que lo asaltan como en una despedida. Se van entrelazando el amor y la muerte; la fuga y el suicidio, descubriendo la cobardía que existe en las vecindades del último suspiro . Es la impotencia frente a un delito atroz. El más inhumano por sus características de cobardía, que, a veces, conduce a ser rencoroso con todos.

Porque lo que siente es la primacía de la irracionalidad. Y el autor lo dice: el turbión se llevó todo con furia implacable . Es cuando el ser se enfrenta a una palabra que sojuzga el alma de los colombianos: la impunidad, mientras los segundos son eternos y helados .

Así van brotando las introspecciones sobre el mundo, cuando crece la desolación interior. Pero, a la vez, qué riqueza espiritual la que se afinca en medio de tan desgarradoras contradicciones. Es como un hundimiento en el pavor, para un despertar gozoso sobre lo que se ha pensado, amado y amasado con las propias manos de creador. Esta introversión se cumple mientras lo que se vislumbra es la propia tumba en la noche y en la montaña y se estaba dando el último paso: un pie en esta tierra y el otro en la eternidad. Arenas lo dice con trágica belleza verbal: era el tiempo congelado . Lo que lo rodeaba era la montaña: lo negro que ella proyecta, lo espeso que se desprende de su ambiente, de sus hojas descompuestas, de las que visten los árboles y por las que, en esa tierra fría donde lo recluyeron los criminales, se van deslizando unas gotas que matemáticamente caen hiriendo la afiebrada imaginación, en tanto en el vientre de la montaña sólo cruzan, haciendo compañía de pavor, los búhos enormes, los cocuyos luciferinos, sobre un barro negro y gelatinoso, escuchando el caer de las ramas en medio de las tinieblas.

Es lo que los carceleros de la revolución llaman el cambuche . Allí, Arenas Betancourt confiesa que conoció el infierno: la llama de la vela, en la medianoche, se hacía infinita, proyectada sobre el espacio de mis ojos y el cielo , sintiendo que se había roto la comunicación con todas las criaturas. La única que conservaba era solamente conmigo mismo, con la naturaleza, los vientos y la niebla . Era la total soledumbre del hombre, custodiado por unos seres que se habían despojado de todo sentido de solidaridad.

El escritor Desde su primer libro, Crónicas de la errancia, de la vida y de la muerte, el maestro Arenas Betancourt reveló que, además de ser uno de los más grandes escultores del continente -quizás el más grande- era un escritor de calidades munificentes: buena, rica, jugosa prosa; nobleza idiomática; cavilaciones que surgen con la espontánea riqueza de su formación humanística y de su cultura polifacética. Su estilo, a veces, avanza con líricos acentos. Estremecida de arrebatos poéticos. Pero segura y contenciosa hacia la meditación. En medio de las vivencias de su cultura, se establece, sin dubitaciones, que parte de su fuerza trascendente viene de la infancia. En ésta se formó, influenciado por sus raíces ancestrales, emocionales y culturales. Su fuerza espiritual de creador, en su arte escultórico y en su arte de escritor, es una constante espiral en ascenso. El viene de sus lecturas en griego y en latín. Pero siempre emergen la madre y los símbolos campesinos. El comienzo de la existencia provoca la evocación de lo agrio del campo en las sudaciones de los humanos; lo áspero que impregna el olfato con lo que viene del árbol, de la raíz, de lo ácido de la naturaleza. Como él lo dice es una corona de nomeolvides y magnolias, porque la infancia no es sino una nube solar viuda que se impregna en la tiniebla .

Arenas Betancourt, pues, en este libro logra una meditación que va de la niñez a la muerte. Desde donde lo recluyeron los criminales, se reproducía el paisaje de la infancia porque contemplaba el cerro tutelar. El viento parecía traerle los monólogos de la madre. Por ello en estas páginas de tan próvida belleza, corre la niñez en medio de su propio paisaje, de la desolación y de la muerte. Lo milenario, lo mítico, lo religioso, lo van llevando a la confrontación de la mefítica realidad que padece. Los mitos vuelven a aparecer con su dramático impulso: el cura sin cabeza, los caballos que arrastran cadenas, los ataúdes amarrados a las barbacoas, el diablo de tan insólitos relumbres. Es un poco la violencia telúrica y caníbal .

Reaparecen las sombras entrañables; los abuelos y la tierra; la unión entretejida de la familia; la naturaleza, el sol, las nubes, las montañas, el viento, el tronar en la lejanía, el silencio de la luna, la noche, el corazón y la flora, el monte primario, el cafetal, las flores de altamisa, los caminos, la magia de las estrellas, las huellas, los helechos, los palmiches, el chusque, el incendio de la casa del tío. Y él afirma: mi madre me moldeó en un fatalismo muy natural en su atmósfera aborigen , en medio de los mortiños, las mieldulces, las piñuelas, las naranjas agrias, las caimas y los tubérculos enervantes.

Arenas Betancourt considera que son disímiles y ofuscantes las raíces de su formación cultural, por lo que concluye que su infancia fue salvaje, religiosa y mágica.

En la medida en que avanzamos en sus páginas, van revelándose los nombres de múltiples autores y personajes que marcaron su vida: Lázaro Cárdenas, Sergio Mijail Eissenstein, Antonio Artaud, Aldous Huxley, Gabriela Mistral, Lawrence, Valle Inclán, John Reed, Diego Rivera, Orozco, Siqueiros, Pedro Nel Gomez, Neruda, los españoles del exilio en México: José Gaos, José Moreno Villa, Juan Rejano - poeta protector y amigo -, Manuel Altolaguirre, León Felipe, Miguel Prieto, Miguel Angel, Esquilo, Sófocles, José Vasconcelos, Platón, Eurípides, Tagore, Plotino, los Evangelios. Pero hay otra observación aún más válida: Memorias de Lázaro está escrita con riqueza en la visión erudita de hechos, personajes y juicios sobre el arte, concepción modernísima del destino de los hombres. A cada uno de sus capítulos lo custodia una cita que va indicando la ruta de su profusa y honda formación intelectual: los Salmos, César Vallejo, Pablo Neruda, Octavio Paz, Xavier Villaurrutia, Yurupary, Al-Un-Tamid, Nezahualcoyoth, Vinicio de Moraes.

Estas menciones las hace cuando considera que está en una madurez mesiánica . Pero no deja de hacer sus profesiones de fe: el vientre de donde viene; el amor a su pueblo; la devoción a ese paisaje, a esa tierra donde nació, cuando cree que va a morir entre las manos de sus carceleros, herido del mundo, de los hombres y de sus obras (...) Juicio artístico Es difícil aglutinar los conceptos que guían su percepción de lo que es el arte para Arenas, los matices que hacen explícitos el que tiene sus linderos en la antigedad, en el de ultramar y el que es original de Indoamérica. En muchas de sus páginas van apareciendo sentencias, advertencias, palabras que iluminan sus criterios, pues es apenas natural que se registren sus elementos integradores; las fuerzas que excitan; los fervores que subyugan y dirigen la voluntad creadora.

Para el artista y escritor, el arte es sangre, fuego al viento. Es un sacrificio sangriento. Para comprenderlo se necesita llegar hasta las visiones que a él lo han asistido: ver la vida en la muerte y la muerte en el juego, en el fuego, en la ceniza . Es decir, en las más extrañas y proteiformes maneras de expresar su interioridad. En la cual cuenta singularmente también la muerte que es la vida . Arenas la observa con su vocación de mascarada, colgada al hombre como un traje de carnaval . Ninguna de sus formas es despreciable. Porque para su concepción del arte, lo primigenio es que la vida es un prodigio, y el arte sólo existe en función de la vida humana . Esta, lo imita. El hombre está hecho a imagen de Dios, que es el arte , concluye en una sentencia de lúcida introspección, que le facilita enfatizar que para entenderlo y seguirlo en sus asombrosos mundos necesitamos apoyarnos en Fromm, en Mirce Eliadé o en Reichel-Dolmatoff. Así podremos llegar a los más fascinantes microcosmos: el primitivo, el antiguo o el moderno. Pero no podemos equivocarnos, pues siempre queda algo indescifrable en el arte, en la vida, en la belleza .

Profundiza en los caracteres y simbolismos. En la cultura primitiva intervenían los sentimientos religiosos. Desde la antigedad viene la androginia como una forma de entrelazar a los hombres y mujeres en el acto creativo. En Occidente se le juzga desde el exterior, desde una situación cartesiana y utilitaria . Freud lo enseñó a juzgar desde una insoslayable irradiación interior . Entonces obedece a mecanismos eróticos, fisiológicos, mórbidos y en él pesa la angustia del tiempo. Cada cual puede ir escogiendo las rutas de su aventura de irradiación creadora. Pero siempre habrá obras que entregan temas al arte.

Grecia y la Biblia, para citar sólo dos referencias. O artistas como Miguel Angel que en sus esculturas se autoesculpe, se lacera sin misericordia .

Y regresan a su memoria, allá en la tierra fría de la desolación, la Acrópolis en donde los mármoles viven y mueren en su luz ambiente, original . Son los dioses griegos mutilados. Mientras en Delfos están las figuras aladas, las Victorias que son la representación del viento. En cambio, la figura sedente es del contexto arquitectónico religioso de Italia, que viene desde el Romántico, pasando por el Gótico hasta llegar al Renacimiento. Nacen de una influencia lejana de los Cristos Pantócrator de Italia, de Bizancio y de Egipto. Sin que olvidemos que en el movimiento de las telas y de los ropajes que van emergiendo de los mármoles, está el secreto del estilo. Hay una actitud y un gesto que se van desprendiendo de ellos. Pensemos en el David que es de una ambigedad divina e innombrable . O inclinemos la memoria hacia la Venus Capitolina , que es un tronco de mármol y, a la vez, el más hermoso ser que vibra en el espacio y en el tiempo.

Para Arenas, en el arte hay una condición subversiva y antisocial que es perceptible desde Grecia hasta hoy. A pesar de que muchos artistas sólo quieren dejar su propia imagen interior idealizada . En Indoamérica, el artista debe dar respuesta a otras demandas estéticas. Su mundo es diferente. No hay concomitancias con el que llega de ultramar, y que se debe recoger como enseñanza, pero no como ruta. Porque aquí nos enfrentamos a la dura, escueta, angélica realidad tropical. A lo nuestro, entre flores, cocuyos y gusanos. Mientras la Nefertiti, hermosa mujer tropical, en el Museo de Dalhem, en Berlín, sigue inquietando con su presencia estática.

En varios textos cuenta cómo fue elaborando parte mínima de su obra escultórica: Creo que logré un equilibrio emocional y anímico similar a aquel que sentí cuando quedé notificado de que la señora muerte pedía mi mano. Bajo esa armonía angustiante ejecuté el Pantano de Vargas bajo el influjo del amor de Margarita Muriel. Como hice también el Prometeo, en México, al amparo amoroso de Constanza. El Bolívar desnudo de Pereira y el José María Córdova, en Rionegro, fueron ejecutados en un tiempo mexicano sórdido, opaco, de rezumos amargos... . Considera que sus esculturas tienen mucho de los miedos de la infancia, por lo que a veces irrumpe la figura cruel de Cristo. Algunos autorretratos están envueltos en la atmósfera de las primeras experiencias: uno lo tiene el papa Juan Pablo II. Como también vuelve a aparecer Cristo en sus cabezas de condenado . Sería magnífico y sublime poder tallar en Cerro Bravo de Fredonia, un autorretrato que refleje que su modelo sale de entre abismos y miserias . Que del monte broten los senos y las caderas de la amada . Que continúe la serie de Los Amantes , que vienen de la cal, la calavera y la espina. Que el Autorretrato sea un alumbramiento entre el nacimiento y la muerte. Por ello sentencia con claridad: en lo artístico, fui siempre fiel al realismo ; en lo intelectual, fiel a la libertad de pensamiento y, en lo moral, estuve siempre con las izquierdas renovadas .

Después del secuestro -en el cual comprendió que Colombia perdió el hilo de su historia y el trazo de su camino - él cree que ya no hay tiempo para el juego de palabras sino de lo más bello y terrible que se puede ocurrir a un hombre: viajar, viajar dentro de sí mismo y dentro de la infinita y absoluta belleza. Sin tiempo en medio de la luz (...)

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.