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EL ESCÁNDALO SERRANO PRADA

EL ESCÁNDALO SERRANO PRADA

Paradojas de paradojas: con una Smith & Wesson, el representante Rafael Serrano Prada asesinó el 30 de enero, en plena calle de Bucaramanga, a Humberto Díaz Gómez, ex personero de Zapatoca, de un solo tiro, certero y fatal, en la cabeza.

La paradoja, desde luego, consiste en que Serrano Prada es, ni más ni menos, el presidente de la comisión de paz de la Cámara de Representantes, lo cual acentúa aún más la connotación de su investidura parlamentaria.

Rafael Serrano ha dicho que disparó contra su enemigo en una actitud de legítima defensa, al ver amenazada su vida con el arma que esgrimía Díaz Gómez. Sinembargo, según relatos de prensa y de transeúntes, a la víctima, con 73 años y una familia de varios hijos, sólo le hallaron un cortauñas.

No quisiera ni yo ni nadie encontrarme en el pellejo de este congresista, quien sin duda debe estar pasando pésimos momentos. Pero me parece que, desde el punto de vista periodístico, frente a este caso, el de Simpson se queda tachuela a los intereses de la opinión colombiana; y que sin incurrir en una explotación amarillística del mismo, los medios tendrán que hacer un seguimiento cuerpo a cuerpo de sus implicados. Pues, independientemente del mérito noticioso que encierra este episodio, hay todo tipo de connotaciones que inevitablemente le dan categoría de interés público si, como digo, los medios cumplen responsablemente su misión de cubrimiento.

El insuceso es por sí apasionante. Hasta donde se sabe, existía una vieja pelea entre los dos enfrentados, ambos personas con ese talante de santandereano macho tan reiteradamente descrito en La otra raya del tigre , la famosa novela de Pedro Gómez Valderrama. Secuestrado en una ocasión por la guerrilla para enviarle un mensaje al Gobierno, aparentemente Serrano se había caracterizado por ser un político con cierta vocación pacifista, al menos en su tratamiento frente a los alzados en armas, sin perder por eso su condición nata de santandereano recio.

Y lo que se sabe del homicidio de ahora es que, aunque se ignora qué cruce exacto de palabras fuertes hubo entre ellos (ya los testigos jugarán papel preponderante en su momento), Díaz Gómez podría haber incurrido en un gesto que su rival lo interpretó como amenaza inminente de muerte, lo que de inmediato obligó a Serrano a desenfundar su revólver y dispararle, para defenderse.

Si así ocurrió, Serrano podría alegar lo que los penalistas llaman legítima defensa aparente o putativa, pues lo cierto es que su actitud fue la de responder ipso facto los engañosos movimientos de su adversario, con un solo tiro y no con varios. Suficiente, eso sí, para matarlo.

Por su condición de parlamentario, a Serrano lo juzgará la Corte Suprema de Justicia, y entiendo que su abogado será el político conservador Hugo Escobar Sierra. Y auncuando se desconoce hasta ahora quién representará los intereses de la familia de Humberto Díaz Gómez, es evidente que este es pleito que puede prestarse para librar un ardoroso duelo jurídico. De esos que hace rato no se protagonizan y que de alguna forma rescatarían el buen nombre del Derecho en los estrados. La Corte, además, es el tribunal encargado de resolver el fuero especial del cual gozan los congresistas, que a partir de la nueva Constitución ya no puede asimilarse con la figura de la inmunidad parlamentaria, hoy inexistente. Con mayores veras tratándose de una acción delictuosa tan ostensible.

Renunciará Rafael Serrano a ese fuero especial propio de todo funcionario público en funciones? Qué órgano puede eliminar ese privilegio? Se configura en su caso la defensa personal? Tenía Díaz arma blanca (cuchillo o navaja), o llevaba apenas un inocuo cortauñas con una pequeña navaja? Esa navajita posiblemente no tan inocua sería elemento suficiente para alegar ahora la legítima defensa por parte de Serrano? Cuál será la actitud del Congreso frente a su miembro? Protegerlo? Entregarlo? Como se observa, pese a la muy lamentable consumación del hecho, aquí hay lo que podría calificarse un bonito caso de Derecho. Y, hasta donde entiendo, no existe norma específica que ordene la privacidad del juicio. Es decir que éste podría llevarse a cabo públicamente, con cámaras de televisión transmitiendo en directo (a lo Simpson: insisto, por todos los ribetes de interés público que tiene), si los jueces así lo consideran, por solicitud de alguna de las partes... No es esto lo que llaman la audiencia pública? Y Hugo Escobar, o quien haga las veces de defensor del sindicado, puede terminar convertido en una especie de Perry Mason criollo, si su actuación resulta brillante.

Aunque este episodio no reúne las condiciones propias de los duelos públicos de caballeros de antaño, hay que recordar que nuestra historia pasada y reciente está plagada, valga la redundancia, de historias en esta materia. La última de las cuales fue el desafío abierto con que, durante el Gobierno de Turbay, un conocido dirigente encaró a un ilustre humorista de la prensa nacional, ante el ofensivo mote con que, desde sus columnas, éste bautizó a aquel. La verdad, entonces, es que el articulista se chupó o se hizo el bobo, y la cosa por ello no pasó a mayores.

Aquí, sinembargo, el escándalo ocurrido es más claro y más grave. Reviste, a mi juicio, todo tipo de aristas. Y, sin hacer una explotación cruel ni mucho menos sesgada sino al contrario: un seguimiento ceñido y muy objetivo del caso, los periodistas debemos estar muy atentos a su desarrollo a partir de este mismo instante.

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