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FECODE TIENE RAZÓN

FECODE TIENE RAZÓN

No vivimos una era de cambio, sino un cambio de era. El mundo inició el salto de la era industrial a la del conocimiento. Y lo que va a determinar ahora si un país progresa o se queda para siempre en el atraso, es la educación y capacitación de sus gentes.

No hay nada más importante para un país como Colombia que la educación de su juventud. Todo lo demás es secundario. La paz, el desarrollo social, el crecimiento económico, la lucha contra la corrupción, la propia consolidación de la democracia, dependen a la larga de la educación.

Por eso da tanta grima que mientras otros países se preocupan por revolucionar su sistema educativo a través del uso de los computadores y la informática, aquí repitamos, por enésima vez, el consabido paro de maestros, en perjuicio de siete millones de alumnos.

Nuestro sistema educativo está mandado recoger. Todas las reformas recientes son paños de agua tibia. Desde la primaria hasta la educación superior requieren cirugías de fondo. Si no se le hace una completa reingeniería a la educación colombiana, las buenas intenciones del Gobierno de incrementar su presupuesto, acabarán como sucedió con la Justicia en más burocracia, pero no en mejor educación.

Son muchos los frentes que hay que atacar a la vez. Talvez los más importantes serían los siguientes: 1o. Devolverle al magisterio su majestad. Ser profesor perdió la dignidad que merece. Es una de las actividades peor pagadas. La mayoría de los docentes municipales ganan menos del salario mínimo. Debería ser todo lo contrario, como sucede en los países civilizados. Qué puede ser más importante para una sociedad que los educadores de su juventud? Desde el punto de vista salarial, Fecode tiene razón, siempre y cuando sus pretensiones vengan acompañadas de compromisos serios de reformarse y capacitarse.

2o. Mejorar la calidad de los maestros. Cuando se examina la calidad de los maestros, se entiende por qué la mayoría de los bachilleres que logran graduarse escasamente pueden leer el cartón que les entregan. De los 247 mil maestros, más del 60 por ciento no han pisado una universidad ni están capacitados para enseñar.

3o. Erradicar la corrupción y el clientelismo. Como en casi todos los estamentos, la corrupción y el clientelismo han carcomido la educación. Una investigación que aparece en el libro de Fernando Cepeda sobre la corrupción relata cómo varios maestros confiesan haber pagado hasta dos años de sueldo por entrar al magisterio, porque así garantizaban puesto de por vida. Qué tal? 4o. Concentrar más recursos en la primaria. Está comprobado que el retorno social más alto se obtiene al invertir en la primaria y en los municipios más pobres. Mejor aún si son niñas porque son las que mañana les inculcarán los valores y principios a sus hijos. También por razones de equidad. Los universitarios provienen de los estratos más pudientes mientras los pobres escasamente terminan primaria. Los países del sudeste asiático tienen esto muy claro. Por eso solo el 15 por ciento del presupuesto educativo lo destinan a las universidades. En América Latina es el 25 por ciento, lo que explica en parte la gran diferencia en la distribución del ingreso entre las dos regiones.

5o. Establecer sistemas de evaluación. Ni los maestros, ni los colegios, ni las universidades se someten a evaluaciones periódicas. Se convirtieron en burocracias que sólo defienden sus intereses, se resisten al cambio, no son responsables ante nadie, y perdieron su papel de agentes renovadores de la sociedad. La mayoría de las instituciones educativas reciben millonadas sin control alguno, a tal punto, que en muchas universidades resulta más costoso graduar a un estudiante que enviarlo a especializarse al exterior.

6o. Darle más importancia a la calidad. Durante mucho tiempo se ha hecho énfasis en ampliar la cobertura de la educación a expensas de la calidad. Los curriculum no se revisan y el filtro para autorizar centros educativos ha sido en extremo laxo. Con razón dice el padre Hoyos que las 250 universidades del país se han convertido en guarderías para bachilleres. Hay excepciones, claro.

La lista, por supuesto, no acaba ahí. Crear vínculos entre el sector productivo y las universidades; planear mejor para graduar estudiantes que realmente le sirvan a la sociedad y que encuentran trabajo (de los 76 mil abogados, 20 mil están sin empleo); involucrar más a los padres de familia en el control de los colegios o darles más juego a la ciencia y la tecnología, son otras de las necesidades evidentes.

Durante demasiado tiempo la educación ha sido la cenicienta del Estado. (Tan no es prioridad que el actual ministro iba para la cartera de Trabajo 24 horas antes). Ya estamos pagando las consecuencias. El futuro del país, y sus posibilidades de salir del atraso y el subdesarrollo dependen de la importancia que se le dé a la educación. Es así de sencillo.

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