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EL COMANDANTE Y EL EDITORIALISTA

EL COMANDANTE Y EL EDITORIALISTA

Banalizar es especialidad local. Así se procedió con un editorial de este diario que le hizo mínimo reconocimiento a Cuba, en capitulación para unos, para otros por ligereza, según pocos en justicia. Algo significativo degeneró en anecdótico.

La circunstancia, es cierto, no fue apasionante. Importó el acercamiento superficial naturalmente pero desapasionado ya, a un país al que los ha habido de toda índole, aunque en el fondo a la otra cara de un continente del cual se muestra la mitad. Una actitud que implicó el giro copernicano de sobreponerse a la cómoda inercia ideológica, que durante la guerra fría mantuvo hipotecada casi totalmente la de por sí atrofiada autonomía latinoamericana.

Sobra referirse a qué simbolizó Cuba en la pelea entre mercantilismo y altruismo, el secreto de medio siglo de postguerra, también en esta región cuya figuración mayor estuvo en réplicas del epicentro. En liquidación esa época, ahora se arriman el triunfador y su corte a mirar, entre admirados y compasivos, enjaulado y sin garras, al rival ya inofensivo. En esta periferia calentana hay aún destellos trágicos de la guerra fría. Pero en el frente menos arriesgado de los escritorios, el negocio y la diplomacia, la paz está sellada. Sin aliciente internacional además, las transgresiones usuales en estos trópicos tristes ni avergenzan ya ni le causan molestia a nadie. Incluso es destino turístico el país hace poco odiado, que junto con Nicaragua fueron los únicos de la zona en intentar, para bien o para mal, algo distinto de la resignación.

Por lo menos pueblerino reducir eso a la contingencia trivial de un editorialista. Los indicios de otro momento mundial van a pasar así intactos, como los del anterior, para una opinión adicta a la pendejada. Está Cuba además en urgencia de hallar sin humillarse una alternativa al socialismo, en el acto postrero de un duelo en que se jugó la suerte de estos países, pero que no obstante, según un observador, mucha opinión maneja con ligereza imperdonable. La postguerra fría debería al menos permitir el análisis de la conflagración. Ya no es ni proeza ni dimisión ver a Fidel Castro en su tamaño. O examinar qué le deja su revolución a Cuba. Eso es lo interesante, y no lo predecible de un editorialista habituado a la dirigencia colombiana, que lo menos que podía era reconocer un liderazgo serio.

El hecho toca al periodismo criollo donde el editorialista es para muchos emblemático. Aquí la dimensión ideológica de la prensa ha sido casi hegemónica. Pero los tiempos reclaman objetividad y, por lo mismo, pluralismo. Así lo entrevén generaciones nuevas, entre otras la de este diario. Ojalá ante remezones previsibles de la historia, se haya aprendido que la convicción propia no excluye el registro de la contraria, aunque sea.

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