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CHIFLIDOS EN LA SANTAMARÍA

CHIFLIDOS EN LA SANTAMARÍA

Si no fuera porque desde hace una semana los bogotanos no hacen más que hablar de la intempestiva silbatina ocurrida el domingo pasado en la plaza de la Santamaría contra el periodista Darío Arizmendi Posada, éste podría considerarse como un tema episódico y desactualizado, que en modo alguno justificaría traerlo a cuento para formular unas cuantas reflexiones. Y podría parecer, a lo peor, que de lo que se trata es de cebarse en el colega que pasó un mal momento; colega controvertido por ciertas polémicas actitudes, ninguna de las cuales por cierto ensombrece para nada su honestidad.

Pero, más que como algo personal, el subfondo de esta rechifla tiene varias aristas. En primer término, me parece que es una admonición a los grupos económicos, para que manejen su imagen con menos arrogancia y, si se quiere, en tono menos desafiante.

La gente, en efecto, ya no traga entero, y es claro que en la furiosa reacción provocada por el ofrecimiento que hizo César Rincón de su toro al periodista, entró a jugar quién lo creyera! la guerra de las polas, que es en el fondo la guerra de los conglomerados económicos. No en vano el público, durante la errática faena del matador, gritaba leona, leona , en señal de que asimila las connotaciones del enfrentamiento entre dos poderosos.

Y no podría decirse que se trató de un gesto clasista, ni mucho menos de un montaje deliberado. Entre otras razones porque ni había tiempo de montarlo ni nadie sabía que Rincón deseaba hacerle este homenaje a Arizmendi.

Además, el coso de la Santamaría ha sido, desde épocas inmemoriales, un termómetro implacable para medir la opinión. Sé de ex alcaldes a quienes, durante su mandato, jamás se les ocurrió asomar su cara en la plaza, por el explicable temor de un chiflido. Y aun de presidentes. En este sentido, su concurrencia es tan espontánea como inmanejable. Y tampoco podría decirse que se trata de un reducto elitista de la cachaquería bogotana, pues si bien es cierto que a ella asisten desde los más afiebrados taurófilos hasta los más encopetados personajes (que de toros saben como yo de química nuclear), a presenciar este espectáculo con su abono previamente adquirido, también va gente de todas las condiciones sociales. Aún más: las tradicionales porras taurinas están conformadas por hombres de carne y hueso que son muy aficionados a la tauromaquia, y no propiamente por la vieja ni la nueva aristocracia.

El único reparo que en este punto podría formularse es el de que, al revés de cuanto supuestamente ocurre en los estadios deportivos, en la plaza de Santamaría al igual que en las demás de todo el país, la manzanilla y el vino corren a chorros, de bota en bota; y hay que reconocer que no pocos salen más jalados de lo que toca, simultáneamente con el hecho de que el consumo etílico transforma las mentes, agudiza los ímpetus y acentúa los ánimos de agresividad.

Se dirá que esto es parte visceral del espectáculo taurino, pero ni tanto... Recuerdo que en España, y concretamente en la plaza de Las Ventas de Madrid, son pocos, poquísimos los aficionados que cargan bota. La gente, esencialmente, va a ver toros, más que a tomar. Y su consumo preferencial lo hace en los condumios y en el remate de la corrida. Acá, en cambio, la embriaguez es más frecuente, pues buena parte del respetable público comienza a beber desde el almuerzo, sigue haciéndolo durante toda la corrida y, para cerrar con broche de perra y no de oro, culmina su faena alcohólica en algún bar chispón, con unos cuantos amigos igualmente chispones. Y eso, aunque parezca simpático y propio de la fiesta brava, es preocupante. Pues, aunque resulte escenario propicio para los desahogos, también el trago potencializa las pasiones en forma alarmante, frente a acontecimientos como el comentado.

Aparte del escándalo suscitado, y posiblemente motivado como un rechazo a ciertas proyecciones de prepotencia por todo lo que en un momento dado representa el poder de los poderosos, hubo otro elemento que de alguna manera brotó inconscientemente en esta rechifla, y es el de la deslealtad. En su hora, este columnista cuestionó el hecho de que Rincón cambiara de camiseta , como se dice en el argot futbolero, a cambio de treinta monedas, y sinembargo algunos lectores cayeron encima, con el argumento de que el pase pertenece a la postre al que mejor pague.

Pero, no. En ese cambio de equipo, o de camiseta, se percibió en la actitud de Rincón cierto tufillo de ingratitud con quien finalmente lo había ayudado y sacado adelante en los duros comienzos de su brega taurina en España. La prueba es que la rechifla también desarmó al torero. Lo descompuso totalmente, hasta el extremo de que, después de tres avisos, el toro regresó a los corrales, ahí sí, vivito y coleando...

Es, tristemente, una lección. Toda una lección filosófica lo sucedido en la Santamaría el domingo pasado, para repasar y no subestimar.

Y, a fin de curarme en salud, mejor me abstengo de ir esta tarde a la plaza. No porque piense que alguien me ofrezca un toro y me chiflen que lo dudo (lo del ofrecimiento), sino por física jartera. Lo cual no me impide yantar comida española con un rioja, eso sí, echar una buena siesta y escuchar la transmisión de Ramón Ospina entre gallos y medianoche, con silbidos y todo... Y olé!

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