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PANTOMIMA PRESUPUESTAL

PANTOMIMA PRESUPUESTAL

La economía colombiana tiene numerosas áreas sombrías. La ausencia de un adecuado y oportuno aparato estadístico hace difícil y aventurado cualquier ejercicio de análisis económico. Nunca estamos seguros de lo que realmente está sucediendo. De ahí que, con frecuencia, nos equivoquemos en el diagnóstico de la situación y fallemos al momento de hacer proyecciones.

El manejo presupuestal de nuestro país no es la excepción. Por el contrario, es un área donde reinan la desinformación y en muchas ocasiones, la confusión. Varios factores explican esta ausencia de claridad en el campo de las finanzas públicas. El poder Ejecutivo ha centralizado y concentrado todo el proceso de elaboración y ejecución presupuestal. Los demás actores de la vida económica, incluida buena parte del gobierno, no tienen acceso al presupuesto sino una vez ha sido presentado a consideración del Legislativo. El Congreso, por su parte, no ejerce el debido control político al momento de aprobar la ley de presupuesto. Añorando los viejos tiempos de los auxilios parlamentarios, se contenta con obtener la inclusión de magras partidas para atender algunas necesidades regionales. Pero es evidente que, durante el estudio del presupuesto, se hacen muy pocos debates de fondo sobre el estado y la orientación de las finanzas públicas. En cualquier democracia moderna, el debate presupuestal es el momento más difícil para el gobierno. Debe someterse a un detallado examen por parte de los legisladores y es cuando las grandes decisiones de política económica son ventiladas.

El manto de oscuridad que cubre el proceso presupuestal colombiano no nos permite analizar y entender las grandes evoluciones de la hacienda pública. El sistema de información presupuestal es lento, obsoleto y fragmentado. Las cuatro dependencias del Ministerio de Hacienda que intervienen en el mismo (DIAN, Dirección de Presupuesto, Dirección de Crédito Público y Tesorería General) son como compartimentos aislados y estancos. En este aspecto, como en muchos otros del manejo macroeconómico, volamos por instrumentos. Por ello la utilización de las finanzas públicas para fines de manejo coyuntural no es viable ni resulta razonable.

En medio de esta oscuridad, no es de extrañar que los resultados de las finanzas públicas se asemejen a una gran pantomima presupuestal. Los estimativos realizados por la Contraloría General de la República permiten concluir que, de los 12.8 billones de pesos del presupuesto del sector central para 1994, únicamente se constituyeron acuerdos de gasto por 11.5 billones. Pero la situación es más dramática si se analizan los pagos efectivos de tesorería que sólo ascendieron a 9.3 billones, lo que equivale a un 72 por ciento del presupuesto acordado. El rezago presupuestal fue cercano a 600 mil millones. Si a ello le añadimos los cerca de 700 mil millones de pesos sobre los cuales se efectuaron reservas de apropiación, estaríamos hablando de un faltante de ejecución presupuestal que rondaría los 1.2 billones de pesos. En palabras sencillas, aprobamos un presupuesto que ni siquiera estamos en capacidad de gastar. Frente a las apremiantes necesidades nacionales, este es tal vez uno de los más palpables signos de ineficiencia de nuestro Estado. Es urgente que replanteemos el proceso presupuestal. Es necesario desmontar la dictadura del Ministerio de Hacienda, permitiendo más participación y transparencia en el momento de su elaboración. Se requiere un control político más estricto y aguerrido por parte del Congreso. Finalmente, es indispensable incrementar la eficiencia de las entidades públicas en materia de ejecución. Este es el verdadero reto en materia de modernización de la administración financiera del Estado. Sólo de esta manera dejarán las finanzas públicas de ser un obstáculo para convertirse en un verdadero motor de desarrollo.

* Vicecontralor de la República.

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