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EL LINCHAMIENTO MORAL DE ALVARO VARGAS LLOSA

EL LINCHAMIENTO MORAL DE ALVARO VARGAS LLOSA

A Alvaro Vargas Llosa lo han acusado de traidor a la patria y pretenden juzgarlo sumariamente en tribunales peruanos como corresponde a la gentuza de esa calaña . La iniciativa del linchamiento le pertenece al legislador Torres y Torres Lara, ex canciller de Fujimori y hoy cazador de brujas antinacionales. Lo secundan la prensa oficialista -casi toda en Perú- y esa triste legión de marionetas que suelen contorsionarse cuando alguien grita la palabra patria en medio del frenesí nacionalista.

Qué raro: el Alvaro Vargas Llosa que yo conozco no parece ser un traidor a la patria. Por el contrario, se pasa los días y buena parte de las noches hablando apasionadamente del Perú, de sus gentes, de sus problemas, de las medidas que habría que tomar para que esa nación potencialmente rica y próspera deje de ser un recurrente desastre. Más que un traidor a la patria se comporta como un ciudadano obsesivamente preocupado por el destino de sus coterráneos, incurable manía que constituye esa curiosa patología del comportamiento a la que suele llamarse patriotismo . Yo diría que Alvaro padece de eso. Le da por eso.

Por qué quieren fusilar a Alvaro al amanecer? Por un artículo. Por un artículo en el que fundamentalmente se atrevía a emitir dos sencillas opiniones con relación a la guerra entre Perú y Ecuador; la primera consistía en que, si bien el territorio en disputa legalmente pertenecía a Perú, la guerra desatada por el ejército de Lima escondía el propósito de levantar la caída relativa de la popularidad de Fujimori ante las próximas elecciones; y la segunda, en que el autoritario gobernante peruano, o los generales que deciden estos asuntos, prefirieron apelar a las armas antes que a la media docena de pacíficos mecanismos de arbitraje a la disposición de ambos países en litigio. Fueron ellos, los peruanos, los que rompieron fuego.

Hay alguna traición envuelta en esto? Probablemente sí, pero no por parte de Alvaro, que se ha limitado a explicar su punto de vista, sino por parte de quienes demagógicamente convierten las opiniones en delitos y los conflictos limítrofes en aventuras irresponsables que acaban llevando a la muerte a centenares de muchachos. Que los ecuatorianos habían reforzado sus destacamentos militares en zonas fronterizas en disputa? Probablemente, pero no era mucho más razonable solicitar la mediación de la OEA, del Parlamento Andino, del Amazónico, del Grupo de Rio o de los países garantes del pacto de 1942? Quién es el traidor a la patria, el que señala los errores y las arbitrariedades de los gobernantes que llevan insensiblemente al matadero a unos chiquillos de veinte años, o el que apela a los peores instintos de la tribu para abonar con sangre una popularidad efímera y bestial que suele disiparse cuando llega la hora triste de enterrar los cadáveres y consolar a los huérfanos? Es cierto que, en un primer momento, la reacción instintiva de la tribu ante la guerra es la exaltación patriótica y una súbita multiplicación de los secretos lazos cohesivos que mantienen unidos a los grupos -fenómeno que suele convertirse, temporalmente, en respaldo a los jefes de la manada- pero la tarea de los políticos responsables no consiste en explotar esos atávicos vestigios de bestialidad que subyacen en la naturaleza humana, sino en domarlos, mantenerlos a raya y sujetarlos siempre a la racionalidad y al imperio de la ley.

A Mario, el padre de Alvaro - mi inevitable procreador , como decía Alejandro Dumas del suyo- le gusta citar a un príncipe alemán del XVIII que afirmaba que el peor enemigo de los pueblos es el entusiasmo. A lo que se podía añadir que de todos los entusiasmos el peor, el más destructivo, el más dañino, es el entusiasmo bélico, convicción, naturalmente, fuera del alcance de casi todos los militares, y especialmente de los que no han conocido en profundidad los horrores de la guerra.

En América Latina, desgraciadamente, nuestros países fueron fundados al són de las marchas militares y en la admiración por los caudillos. El heroísmo casi no se reconoce si no forma parte de alguna hazaña guerrera, testicular, tremenda. La patria es eso: cañones que rugen en los himnos, invasores degollados, legiones de mártires sacrificados en extraños altares. Y lo peor de todo: el depositario e intérprete de las esencias nacionales es el ejército, y no la Constitución, porque no surgimos del acuerdo civilizado entre personas libres, sino del ruido de los sables y de la imposición de los más fuertes. Así nos va.

En todo caso, la obscena imputación de traidor vertida contra Alvaro Vargas Llosa acabará por convertirse en otro elemento de descalificación del régimen de Fujimori. Fuera de la domesticada prensa peruana no hay un solo periodista honorable o un solo medio de comunicación internacional que no se haya colocado junto al derecho que tiene el joven escritor a exponer libremente sus opiniones, aunque estas contradigan la versión oficial o la de otras personas involucradas en los hechos.

Pronto -ojalá que pronto- si las escaramuzas no degeneran en monstruosidades mayores, esta insensata guerra de la selva habrá terminado y comenzará el inventario de dolores. Entonces se sabrá cuántos muchachos peruanos y ecuatorianos murieron, cuántos quedaron mutilados y a cuánto ascienden los costos con que ese episodio lamentable grava la tesorería de dos países amargamente pobres. Entonces se comprobará que esos políticos que los mandaron a la muerte, y esas masas enardecidas que aplaudían el espectáculo, no estarán dispuestos siquiera a pagarles una pensión decente a las viudas, o un colegio que valga la pena a los niños huérfanos. Entonces, quizá entonces, los peruanos que relean el artículo de Alvaro entiendan de otro modo sus palabras. Quizás adviertan que decir la verdad es la única forma de querer a la patria. (Firmas Press).

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