Esta es mi cuota, camarada Karina

Esta es mi cuota, camarada Karina

Montaba en el lomo de una vieja motocicleta que cuidaba con esmero porque, en su oficio de tecnólogo agropecuario, era su fiel amiga.

22 de mayo 2008 , 12:00 a. m.

Ella lo integraba al paisaje, le ruñía las piedras del camino, lo sacaba airoso de las quebradas que se cruzaban en las carreteras secundarias, lo esperaba en las gordas visitas a los potreros, a las marraneras, a los cultivos de papa, a los gallineros, a los hatos lecheros.

Salía de madrugada, casi siempre, antes de que sus dos hijos se alistaran para el colegio. En las callecitas de El Retiro dejaba el vapor de cada mañana para cumplirles a los campesinos, de veredas inaccesibles, su cita con las recomendaciones para una mejor producción de verduras, o para extirpar las garrapatas, o para un mejor parto de las vacas, o para que el perro se aliviara de su renguera después de perder media oreja, además, en una riña con la perra del vecindario. Su experiencia la había labrado en las breñas antioqueñas de Montebello, en las orillas zaragozanas del Nechí y en las llanuras ardorosas de Urabá. En su libreta de apuntes se anotaba la superación de la academia, pues una práctica constante enriqueció su inteligencia y sus sabios ojos agronutrientes.

El lunes de esta semana que termina llegó en su maquinita de solitario visitante a una de las veredas que fungen de frontera entre los municipios de La Unión y El Carmen de Viboral. En su carpeta de experto figuraba la revisión de la finca del campesino Antonio Marulanda, a quien el Banco Agrario había concedido un préstamo de fomento ganadero. Unas cuantas tareas del mismo orden, y en diferentes lugares de la zona, tenía anotadas en su agenda. No era funcionario de planta del Banco, sino una especie de auxiliar externo para menesteres de evaluación. Así que, mientras departía con alguno de los habitantes de la vereda San Juan, intempestivamente apareció un grupo de guerrilleros del frente 47 de las Farc, que dirige la curtida comandante Karina.

Los guerrilleros ‘faracos’ indagaron sobre la presencia del profesional agropecuario. Lo miraron con recorrido escudriñador por todo su cuerpo, requisaron su pretina, vieron sus botas pantaneras, sus cuadernos de apuntes. Nada indicaba que fuera su enemigo de milicias. Solo afirmaron que era un ‘paraco’ porque sus manos no presentaban callos protuberantes y porque estaba relacionado con el Banco Agrario. Entonces lo fusilaron en la misma orilla del carreteable. Con un Galil de grueso calibre le apuntaron al occipital. Otros tres tiros en el tórax remataron la tarea eliminatoria de un peligroso enemigo. No hubo combate de especie alguna. Ningún habitante de la vereda estaba armado. El grupo guerrillero separó a otros dos campesinos, entre los cuales figura Antonio Marulanda. A ellos, metros adelante, también los fusiló.

Para robustecer su labor, el frente 47 de las Farc y su comisión punitiva se alzaron con varios ejemplares de ganado, secuestraron a alrededor de diez campesinos, algunos de los cuales ya deben de estar muertos; dinamitaron una ‘piscina’ donde cultivaban truchas y ordenaron a todas las familias sobrevivientes desplazarse hacia la zona urbana, porque, si no estaban con ellos, tampoco podían ser neutrales ni permanecer allí. Para completar el despojo, se apoderaron de la motocicleta del tecnólogo muerto.

Escribo su nombre: Fidel Jaime Jaramillo Galvis. Sé que no les dice mucho a los lectores de esta columna, pero lo escribo por la más grande razón seminal: era mi hijo.

La comandante del frente 47 de las Farc lleva el alias de ‘Karina’. A ella le increpo: ya puse mi cuota de guerra, un plante de vida descuajado en sangre. ¿Cuándo va a poner usted su cuota de paz, aportando su plante de vida para con los civiles, para con los inocentes, para con las ciudadanas y ciudadanos desarmados? (Columna publicada en EL TIEMPO el 27 de marzo del 2002) .

HELGON

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