Secciones
Síguenos en:
PASIÓN TROPICAL GARANTIZADA

PASIÓN TROPICAL GARANTIZADA

Para un novelista, persistir en el éxito extremo se torna desagradable. Publicar resulta encerrarse, libro tras libro, en la notoriedad, perder la posibilidad de encontrar lectores inocentes. Tal es la situación de Gabriel García Márquez, abrumado por su popularidad, la altura himaláyica de sus ventas en todos los continentes, su leyenda de narrador salido de un pueblo colombiano y su obra maestra, Cien años de soledad, colocada en vida de él en el anaquel de los clásicos. Gabo , como lo llama buena parte de América Latina, se convirtió en uno de esos novelistas que conocen aun aquellos que no los han leído.

En cuanto a quienes lo leen, no le piden sino que prolongue la maravilla, el milagro fresco y sorprendente que constituye su obra, construida al servicio, únicamente, del placer de relatar locuras luminosas, predestinaciones y la maldición de los amores irrefragables. Desde este punto de vista, su decimatercera obra de ficción traducida al francés merece, tanto como las anteriores, la etiqueta que asegura una pasión tropical garantizada. Del amor y otros demonios es el relato breve y admirable de los amores de una marquesa criolla de doce años y de un sacerdote treintañal, enterado casi de sobra de la existencia del infierno en las bibliotecas. Dios reconocerá, quizás, a los suyos en este duelo entre la fe y los sentidos, pero se necesitaría mucha malicia para no reconocer allí, en primer lugar, la hazaña que suscribe un maestro en el apogeo de su arte.

En tres novelas, y sin aparecer allí, sin renunciar siquiera a la guayabera y al papagayo de un universo personal preservado, García Márquez retrocedió dos siglos. El amor en los tiempos del cólera, magnífica historia de los amores de sus padres, se desarrolla hacia 1870-1930. El general en su laberinto recrea la melancólica agonía del Libertador Simón Bolívar, en 1830. Esta vez, el siglo XVIII toca a su fin, puesto que uno de los personajes posee todas las obras de Voltaire (muerto en 1779), pero el eco de la Revolución Francesa no llega todavía a Cartagena.

Este momento de tregua entre la filosofía de las Luces y el ateísmo de Estado se intuye que ha sido cuidadosamente escogido al servicio de una novela construida por partida doble. Del amor y otros demonios obedece a una estricta simetría. De un lado se encuentra Sierva María de Todos los Angeles, hija de un marqués y de una mulata de tránsito en su hamaca. Olvidada por sus padres, criada en el pabellón de los esclavos, la chiquilla personifica, a pesar de su larga cabellera cobriza, el mundo de los Negros, de las lenguas africanas, de las divinidades benévolas venidas desde la otra orilla del Atlántico. En el otro campo se encuentra Cayetano Alcino del Espíritu Santo Delaura y Escudero, teólogo asignado al servicio de un obispo, quien, a su vez, se ubica en el mundo blanco, católico, colonizador.

La eficacia del relato brota del cuidado aplicado a sacarles pleno provecho a dos polos tan opuestos. Todos los personajes -el menor papel secundario es un óleo acabado- están en relación exclusiva con uno u otro de los héroes. Y el encuentro de estos dos seres resulta de milagro cuando la niñita, mordida por un perro con rabia, es aislada en un convento, en medio del pabellón de los emparedados vivos. Las páginas en que esta pareja improbable intenta retozar, con gestos acompasados por los versos de los cuarenta sonetos de amor del poeta-soldado Garcilaso de la Vega, son, en sí mismas, una pequeña joya de conmovido pudor, de una emoción contenida y muy justa. Guardadas todas las proporciones, equivaldría, entre nosotros, a citar a Margarita de Navarra en jugueteos de camarín, elaborados por Laclós. Sin embargo, en García Márquez, tal situación se da de suyo, y por dos razones, cuando menos.

La primera resulta tan patente que nadie se toma el trabajo de señalarla. Más allá de su éxito y del concepto problemático del realismo maravilloso , que se atribuye aún a sus creaciones, el novelista colombiano es, hoy por hoy, uno de esos raros artistas capaces de hablar de amor sin burla y sin dificultad. Umberto Eco, para explicar la creación postmoderna, la ha definido brillantemente como la de un caballero que no le sabría decir a una dama te amo , por no incurrir en un lugar común. Sugeriría, más bien, el empleo de una fórmula del tipo Como se diría en una novela de Bárbara Cartland, te amo . El denuncio de estas fugas en el instante de afrontar un discurso directo viene, pues, de Colombia: amar no es verbo de conjugación peligrosa.

Viene, entonces, el segundo factor puesto al servicio de la credibilidad de los amores garciamarquianos. Tiene que ver con la forma, con la sensualidad maciza con la cual nutre sus frases. He ahí un escritor lírico, especie en vías de extinción, pero, según se comprueba, de ninguna manera condenado, por poco que el lirismo, como en su caso, se aleje jamás de un quisquilloso realismo. Un día habrá que aderezar la flora y la fauna de su mundo, poblado de gardenias, de orquídeas, de cápsulas de vainilla, de excrementos de pájaros premonitorios y de la reminiscencia de los olores después de la lluvia. Cuanto más límpido es el estilo, más se ve la poesía , le hace decir a uno de sus personajes. Lo comprueba con una real poesía, muy presente, nada contenida, que estalla en cada línea de modo vigoroso, neto y vital también, algo parecido al ruido apacible de un mango que cae sobre un suelo seco. Es, por lo demás, porque se trata de un narrador atento al orden y al sabor de las cosas que se suscriben de repente con las fórmulas sombrías y rituales con las que reviste siempre el pasado: aquí evoca el cenagal de la memoria y el martirio de las nostalgias , pero expresiones equivalentes se encuentran en todos sus libros.

Esta injusta amargura del pasado, que ningún escritor engasta como él, resolvió endosársela a un médico, Abrenuncio de Sa Pereira Cao, un librepensador, incluso en lo atinente a su disciplina. Es el único personaje que no pertenece a ninguno de los dos campos enfrentados. El sabe que no hay medicina que cure lo que no cura la dicha . Es, pues, en contracanto con los amores prohibidos, el observador ideal de un quid pro quo: aislada en el convento, hasta que se desarrolle la rabia, Sierva María pasa, al punto, por poseída del demonio, dado su conocimiento de las divinidades reverenciadas por los esclavos que la educaron.

Grave asunto para la época. El fresco palacio de la Inquisición, que visitan en nuestros días los turistas en Cartagena, data de 1776; y la Plaza de Bolívar, en su corazón, fue, en sus tiempos, la plaza de la Inquisición, donde se erigían las hogueras para los autos de fe. Como señala Abrenuncio: Los Negros se contentan con sacrificar gallos a sus dioses mientras que el Santo Oficio se complace en descuartizar inocentes sobre el potro o en asarlos vivos. Pero hay que tranquilizarse: el magistral narrador no se atreve a ir hasta allá. Se limita a recordar que hay un destino más cruel: morir de amor, sencillamente.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.