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PATALETA Y NEGOCIACIÓN

PATALETA Y NEGOCIACIÓN

Toda pataleta es un síntoma de desatención. Cuando alguien no se fija en mí, cuando no se me escucha, hago una pataleta. Los niños lo saben... los adultos y las comunidades también. La chiripiolca es una forma de expresión.

Como es obvio, es una forma de manipular la atención del otro. Es una creación artificial que hace un actor social para llamar la atención sobre sí mismo o sus problemas, sobre las necesidades de un grupo o de toda una comunidad.

Cuando la pataleta se vuelve institucional, y se legaliza en las relaciones laborales, adopta el nombre de huelga. Las formas no institucionales se denominan paros, que suelen llamar la atención del poder público o privado cuando se hacen para evidenciar una reclamación. Sin embargo, en tanto que otros instrumentos de reclamo tales como la tutela judicial y la acción popular son dos maneras legales-racionales de reclamar la equidad y la justicia, la pataleta pública es una manera irracional de pedir lo mismo - con resultados a menudo efectivos en nuestro medio -, entre otras cosas gracias a la debilidad de los administradores públicos dizque para no perder imagen o concederlo todo porque el que paga es el Gobierno.

Atender es oír, vale decir, saber escuchar. En la estructura de la comunicación coherente, atender es comprender al otro, despojarse de egoísmos para dejar entrar el mensaje que el otro nos quiere hacer conocer. Cuando al otro lado no hay alguien que escuche, la pataleta cumple un papel, vociferante que estimula sentimientos apasionados en vez de razonamientos armónicos, como debe hacerlo la comunicación efectiva. En ese momento pierde el hombre la capacidad de diálogo y se afirma sobre una racionalidad que, además, deviene improductiva como forma de lucha.

Si la pataleta existe, ella obedece a razones culturales. El tejido social colombiano ha cristalizado hace tiempo ( y aceptado sin debates) esta forma de protesta, desde los reclamos de los niños hasta los más complejos problemas del conflicto comunitario. Y así será si no tenemos otra opción.

Aunque los consultores gerenciales estamos trabajando en ello, no existe todavía un sistema generalizado de manejo de tales conflictos sociales que permita anticiparlos; empero, se advierten ya mecanismos que sirven al propósito de manejar los desacuerdos cuando han salido de la etapa de crisis y entran en una pausa razonada con los mecanismos del arbitramento o la propia mediación. Uno de ellos es definir apropiadamente el campo de la negociación y trabajar en el desarrollo de un lenguaje despojado de palabras-piedra y basado en la cooperación. Es un deber de los administradores distinguir bien los momentos de la pataleta de los momentos de la queja razonada. Una ligera equivocación, o pasar por alto un detalle sintomático, hace que la queja se transforme en un movimiento expansivo que se desploma en una etapa crítica ya difícil de manejar o atender por los protagonistas sociales.

En otras palabras, la pataleta es un estadio superior de la desatención humana que solo tiene un antídoto válido desde el principio: la comunicación genuina y transformadora. Una vez transpuesto el umbral de la desatención, de la indiferencia o la subestimación de los demás, al otro lado solo queda la tierra peligrosa del conflicto social donde una tardía negociación ya será un costo económico, político y social incalculables.

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