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LECCIONES DEL FUEGO

LECCIONES DEL FUEGO

No faltaba sino esto. Candela pura por todo lado. Fuego de verdad. A los temblores y derrumbes, a las inundaciones y sequías que periódicamente azotan a esta vapuleada Colombia, se suma ahora el fenómeno de incontenibles incendios forestales.

Una experiencia nueva, aterradora y aleccionante. Que expone nuestro alarmante grado de subdesarrollo y de absoluta impreparación para afrontar estas calamidades naturales. Da grima la impotencia ante las llamas. Ver cómo, día tras día, se queman montes y bosques sin poder hacer nada.

También resulta desconsolador, cuando no desconcertante, oír las explicaciones oficiales sobre las causas y efectos del problema. Llenas de esguinces semánticos que confunden aún más a la opinión. El Ministerio del Medio Ambiente sostuvo que el óigase bien 90 por ciento de los incendios eran provocados . Cómo lo saben? De dónde diablos sacan semejante cifra tan precisa? Que de ser cierta nos convertiría en un país de pirómanos.

Luego se precisa que provocados no significa necesariamente intencionales, sino que son producto directo o indirecto de la acción del hombre: de un cigarrillo en un pastal, una lata de cerveza en un potrero que puede producir un efecto lupa , campesinos que queman maleza para sembrar... Ayer nos informaron que los incendios que rodean a Bogotá están controlados pero no apagados . Pero mientras sigan ardiendo, nadie va a creer que la situación está bajo control.

Sobre las causas del fuego se escuchan las más enrevesadas teorías. Desde la de que es provocado por la guerrilla para crearle más problemas al Gobierno, hasta la de que es obra de los seguidores de Regina 11 como una especie de ritual para que aparezca su líder. Unos y otros pueden ser muy fanáticos, pero no a un extremo tan delirante.

Lo real es que se confabulan diversos factores naturales y humanos, accidentales e intencionales. Los pirómanos existen, no cabe duda. También los que prenden fuego a los cerros cercanos de las ciudades para luego invadirlos. O los ganaderos que queman las sabanas para que sus vacas se coman el retoño. O los caminantes descuidados que arrojan colillas. La estupidez humana, en fin, y la total falta de educación ambiental de los colombianos. Y, por supuesto, el implacable verano, cuyos estragos finales aún están por sentirse.

Ya comienza a mencionarse la posibilidad de eventuales racionamientos de energía. El Gobierno ha insistido en que está preparado para cualquier emergencia. Pero es evidente que el tono categórico con que hasta hace poco se rechazaba cualquier alusión al tema, se ha vuelto hoy más cauteloso.

Sería inconcebible que se repitiera un apagón como el que traumatizó al país en 1992. Sobre todo cuando se supone que ya no existen los factores de desconocimiento hidrográfico, mal manejo de los embalses y pésimo estado de las termoeléctricas que precipitaron aquella crisis. Aunque sobre este último punto existen dudas. El Gobierno le ha cambiado reglas del juego al sector privado en relación con las térmicas y esto ha generado atraso en la ejecución de algunos proyectos. Ojo, pues, con lo que se puede venir.

Pese a que el nivel de los embalses ha caído en un 20 por ciento, es aún aceptable. Pero la falta de agua es cada día más dramática. Desde el aire el país ofrece un desolador paisaje amarillento de aridez y sequedad. Observar el panorama semidesértico que hoy muestran regiones usualmente exuberantes como el Valle del Cauca o los Llanos del Tolima, obliga a pensar en lo que le puede pasar a Colombia cuando haga crisis el problema del agua. Que es real y menos remoto de lo que se piensa.

Suena inconcebible que un país que figura entre los tres primeros en recursos hídricos en el mundo pueda tener problemas de abastecimiento de agua. Pero para allá vamos. Cómo satisfacer dentro de diez años las necesidades de agua de Bogotá ya es, por ejemplo, una incógnita sin solución a la vista. El alcalde Mockus ha dicho con razón que es de los problemas que más lo desvelan.

Aterra pensar en los daños ecológicos que dejarán los incendios que desde la Sierra Nevada hasta las selvas de Caquetá arrasan con fauna y flora. Y viendo cómo arde Colombia también se podría pensar que se trata de un fenómeno excepcional, fortuito e inevitable. Pero no nos engañemos. Es otra advertencia más que nos lanza la Naturaleza sobre lo que le está pasando a un país dedicado a la más voraz y vertiginosa destrucción de su patrimonio ecológico.

Somos, es cierto, el segundo país con mayor ecosistema de páramos. Tenemos 720 mil microcuencas. El rendimiento hídrico colombiano es hoy seis veces mayor que el promedio mundial. Pero, hasta cuándo? No por mucho tiempo. Dos ríos se desecan cada día en Colombia. Cerca de 400 mil hectáreas de bosque y selva son taladas cada año. Más de 10 mil al día! De este ecocidio se habla hace tiempos y la destrucción sigue su ritmo. Es más, se ha agravado notoriamente con el auge de los cultivos de coca y amapola.

El agua viene de los páramos y éstos son hoy el blanco preferido de los amapoleros, que los deforestan sin compasión. El crecimiento de estos cultivos es impresionante más de 20 mil hectáreas (hace un año no llegaban a cinco mil) en cerca de 120 cabeceras municipales y sus efectos ecológicos son de una gravedad incalculable. Hasta el Macizo Colombiano, donde nacen los cuatro ríos más grandes de Colombia, está siendo invadido de amapola. Quienes hablan de los perjuicios ambientales que causan las fumigaciones áreas, deberían pensar más bien en la auténtica catástrofe natural que aquí se está gestando.

Son, en fin, reflexiones suscitadas al calor de los incendios que recorren el territorio nacional. Y contener las llamas es, sin duda, la prioridad del momento. Pero la verdadera conflagración es más de fondo y sigue ardiendo. Apagarla requerirá una estrategia urgente e integral, que contemple desde un verdadero modelo de desarrollo alternativo, pasando por la educación ambiental hasta drásticas sanciones para los delitos ecológicos.

De lo contrario, nuestros hijos y nietos van a heredar un país de montes pelados, sabanas desérticas y riachuelos desecados. Así de simple.

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