GONZALO CORREAL URREGO

GONZALO CORREAL URREGO

Que exista una persona con 12 mil años de vida no es algo fácil de entender. Pero Gonzalo Correal Urrego tiene todo ese tiempo encima y hasta más, a pesar de haber nacido en 1939. Porque en su caso la cuenta está hecha por fuera de la efímera cronología de los calendarios. El rasero de la antropología mide las cosas de una forma particular: con obsesiones, con hallazgos, con paciencia. Un trozo de cráneo desencajado, y ya... este personaje, hijo de Gachalá (Cundinamarca), se transporta a épocas donde los hombres cazaban mastodontes cerca de la inmensa laguna que resumía la actual sabana bogotana.

04 de noviembre 1990 , 12:00 a.m.

No en vano es uno de los antropólogos más respetados del país. Con muchos méritos, pero también con algo que le hizo las cosas más fáciles: una vocación marcada tempranamente.

Desde sus tiempos de secunadaria en el San Bartolomé, la prehistoria, los restos fósiles y los secretos míticos lo perseguían.

Con la suerte adicional de que los jesuitas de entonces permitían que el grupo Academia Literaria Jorge Isaacs discutiera libremente sobre filósofos vetados. Voltaire y Marx estaban a la carta , mientras Ortega y Gasset y Unamuno constituían el plato fuerte.

Sin embargo, la salida del bachillerato trajo consigo una de las grandes frustraciones del incipiente antropólogo, al verse abatido su deseo de estudiar medicina por una mala racha económica en la familia.

Nostalgia, pero poca amargura quedó por ello. Le queda casi imposible tenerla, su carácter no da para eso. El optimismo y la tenacidad se lo llevan por delante. Pragmático sentimental: una buena paradoja para captar su forma de asumir la vida.

He sublimado mis gustos médicos a través de trabajos de antropología física y con ciertas áreas específicas de esta, como la paleopatología (estudio de restos humanos prehistóricos) , dice con una especie de orgullo a medias. Orgullo que sería completo, si no fuera por esa modestia (o incredulidad) que se atraviesa insobornable en el gesto.

Apareció entonces el derecho, esa conjunción entre lo científico y lo humanista, que ha salvado a tantos estudiantes de caer en el extremo de las matemáticas o la poesía. Pero con un toque adicional: antropología como aprendizaje paralelo.

Por la mañana la Universidad Libre recibía al aprendiz de jurista, a las 6 de la tarde comenzaba la jornada en el Instituto Colombiano de Antropología y en el intermedio estaba el trabajo como supervisor de personal de la Secretaría de Agricultura de Cundinamarca en Usme.

Finalizados los estudios, entró casi inmediatamente a este Instituto como investigador (posteriormente director) y simultáneamente inició el trabajo académico que nunca ha abandonado.

Investigar no era problema, pero otro era el cuento a la hora de dictar clases. Un enemigo velado se colaba sin contemplaciones desde que pronunciaba la primera palabra: la timidez.

La timidez de Gonzalo Correal es tan ancha como su cultura. Hablar ante un gran público le da vértigo y aún las clases, que ha dictado durante más de dos décadas, le producen descargas de temor helado por el cuerpo.

Pero es en ese aspecto donde mejor se puede medir la intensidad de su personalidad. Recibe a las personas con quienes conversa con un despliegue de tiesa amabilidad, con frases iniciales cortas y asaltadas por silencios un tanto embarazosos. La mirada va al piso, tratando de concentrar la idea y amarrar los nervios.

De repente, como quien se sacude unas pesadas cadenas, la cabeza se levanta y los ojos miran directo, penetrantes, mientras la emoción de los relatos sobre su trabajo va haciendo que la voz suba de tono acompañada de calificativos como maravilloso, emocionante o un soy fanático de... .

En realidad es una sola investigación la que lo emociona tanto. Una con muchas vertientes, a la que ha dedicado casi toda su vida profesional. El hombre prehistórico del pleistoceno y el temprano holoceno (entre 12 mil y 5 mil años antes de Cristo) había sido tenido en cuenta muy poco en el país y en el mundo. De ese vacío surgió el proyecto que lo pondría a buscar a los lejanos trogloditas antecesores de los nativos que encontró Colón en el nuevo continente.

Desde el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, Correal ha sostenido un interés creciente por ese pasado remoto durante unos 15 años: aunque sin convertirse en un prisionero del trabajo.

El encuentro de vestigios de cazadores recolectores (11 mil años de edad los más antiguos) en la región del Tequendama lo hizo temblar de satisfacción, pero, como en su mundo no hay cabida para los excesos eufóricos, poco después ya estaba practicando su habitual tanda de equitación dominguera como si nada. Tampoco la lectura de Levi Strauss opaca el sortilegio de sus autores de siempre: Herodoto, Plutarco, Cervantes; y, menos aún, deja de interesarse por la política nacional o por las ideas de Rafael Uribe Uribe o de ser entre santanderista y bolivariano o de admirar el socialismo sueco.

La música barroca le sirve de fondo tranquilizador para la preparación de sus clases y escritos; pero nadie imaginaría a este personaje, más bien formal, un tanto desabrochado, y serio en la descripción de artefactos paleolíticos, gozando con la zarzuela, el joropo y... los títeres.

En cambio, pensar en él como un sabio en su materia es inevitable. Así lo aceptan quienes lo nombraron hace pocos meses presidente del Segundo Congreso Mundial de Arqueología en Barquisimeto (Venezuela). El se infla al contarlo, pero nunca como cuando cuenta sus largas caminatas por el campo con sus esposa y sus hijos.

Por esas ironías de la existencia, a su milimetría y orden en las investigaciones, ha tenido que sumar fenómenos no tan ligados al rigor científico. La anticipación de acontecimentos o lugares mediante el sueño han sido constantes en su existencia.

Como el que tuvo en unas excavaciones realizadas en Nemocón, por el año 1979. Soñó con una iglesia en la que había dos monumentos funerarios. De una de ellas salió un hombre de figura entre monje y rey, quien dijo llamarse Magnus.

Cinco años después --en Estocolmo-- al pasear por la Isla de los Caballeros, se topó con una iglesia exactamente igual a la de su sueño, con los monumentos funerarios incluidos y en una de ellos inscrito un nombre... Magnus Laduloss, rey de Suecia, 1270. Ni en sueños deja el pasado a Gonzalo Correal.

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