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BOTERO

BOTERO

Pasó Botero en Bogotá tres semanas. Pintando tranquilamente en su casa de campo sin que su paso por acá lo registraran los periódicos. Hazaña esta más grande que la de llevar una exposición a Tokio, como se publicó en todo el mundo. Claro que no pude hacerle, estando ciego, una entrevista.

Y las cosas que le pregunté sólo me sirven para reflexiones muy arbitrarias. Si las recojo en esta nota, es sólo por precisar mis propias reflexiones. Lo saludé, lo abracé, le estreché la mano para comprobar lo que, en términos del oficio de pintores, se resume diciendo que lo encontré como lo había dejado hace años, un hombre de tamaño normal.

No me ocurrió lo de García Márquez con Bolívar, que viendo el uniforme y los zapatos, encontró que no tenía tamaño heroico. Botero que, por muchos aspectos, se ha colocado por encima de todos los escultores y pintores de los dos hemisferios, sigue siendo la persona sencilla y llana sin la más leve muestra de envanecimiento.

Le pregunto por la reacción de los críticos japoneses y me dice que les interesó sobre todo su pintura, y que la miraban con una detención profunda, como examinándola con lupa. Tanto fue su interés, que se ha visto obligado a preparar una nueva exposición para dentro de dos años. Mayor que la primera. Llevará 200 obras. Y del Japón pasará a la China.

Creo que la mayor curiosidad por la pintura se debe en este caso a que lo que a nosotros nos sorprende en Botero de sus esculturas, el gigantismo, en el Japón no es novedad. La escultura en oriente tiene esas dimensiones. Un Buda sentado, si se levanta, es más alto que una catedral. La escultura, o es religiosa y de proporciones mayores que las figuras de Botero, o se reduce a lo que cabe en una pieza de marfil. Por otra parte, la arquitectura japonesa no tiene paredes. No hay espacio en las casas destinado a colgar cuadros. El espacio que en un apartamento japonés está reservado para colgar cuadros es menor que en un apartamento nuestro. La pintura se enrolla, y una pinacoteca es más como un escaparate para guardar largas tiras ilustradas.

En un punto se encuentran el arte del Japón y el de Botero: En la miniatura. Siempre he creído que, en la composición de Botero, cada obra está como suspendida en la menuda boca de María Antonieta, en la punta del cigarrillo de Rosaura, en el ojo bizco del general o en el brillo de la uña que se ha pulido cuidadosamente la monja. Es decir, en una miniatura trabajada dentro del cuadro general, pero que fija la atención de quien contempla la obra.

Cuando los cardenales se dirigen a Roma al Concilio, estos príncipes de la Iglesia se ven pequeñitos al fondo de un enorme paisaje, y es esa pequeñez la que concentra toda la atención de quien mira el cuadro. Un lunar bien colocado vale por todo el resto de una figura femenina. Para nosotros ha sido una suerte increíble que vayan quedando como puntos de referencia en las relaciones del arte japonés con el arte de occidente, primero el nombre de Gonzalo Ariza y ahora el de Botero. Ariza, formado un poco a la sombra de Fujita, les permitió a los japoneses localizarnos dentro del mapa de América, con nuestros paisajes de guaduas, helechos y nieblas que les recordaron los del sol naciente.

Ahora ya Botero pasa a ser como Van Gogh, un pintor cuyas obras se verán en el futuro, en los museos, en las revistas, en los libros de arte, en las colecciones privadas. Y del Japón, Botero pasará a la China, y Dios sabe hasta dónde llegará a ser conocido en el oriente. Y por ese conocimiento podemos descubrir nosotros lo que los japoneses ven en su arte. Que para mí es la miniatura dentro de la gran obra de los gigantes pintados.

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