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PRESUPUESTO Y PETRÓLEO

PRESUPUESTO Y PETRÓLEO

Colombia no es un país petrolero. Sus reservas, a la luz de lo que pudiera llamarse el ranking mundial, son insignificantes así hayamos descubierto el mayor pozo petrolero de los últimos 15 años, en el continente americano, después de Alaska.

Sin embargo, Colombia, sobre todo en el gobierno y en el sector político, desde que se anunció este hallazgo empezó a programarse como tal.

Nada más peligroso para las cuentas nacionales y para las expectativas populares si este calificativo de país petrolero no se hace realidad en un futuro próximo. Las reservas probadas de petróleo en nuestro país no superan los 3.600 millones de barriles, que corresponden al 0.36 por ciento del total de las reservas mundiales.

Estamos, inclusive, muy lejos de países vecinos de categoría petrolera media como Venezuela y México, precisamente los que hoy andan en tan grandes aulagas económicas y financieras.

Con todo y eso y a pesar de que estas modestísimas reservas sólo durarían como autoabastecimiento un poco más allá del año 2000, considerando las exportaciones proyectadas, Colombia ya empieza a tener una importante dependencia del petróleo para el financiamiento de su vida diaria.

Su participación en el presupuesto central es significativa. Para el actual gobierno es pieza fundamental dentro de su audaz programa económico y social. Y qué decir de lo que ya representa para las cada vez más extensas regiones beneficiadas con generosas regalías petroleras.

Todo esto pudiera aceptarse, así sea a regañadientes, si los gobiernos, el parlamento, la clase política y las regiones que hoy gozan de este maná llovido del cielo, tuvieran conciencia de lo insignificante y débil de estas existencias de petróleo y estuvieran conjuntamente alentando la inversión en este campo para asegurar la subsistencia de una bonanza que les llegó en forma inesperada y que hoy disfrutan alegremente.

Pero todo parece indicar que no es este el caso y que en la mente de algunos sectores beneficiados sólo existe una obsesión de gasto y en muchas ocasiones de despilfarro.

La reiversión en Ecopetrol, nuestra compañía petrolera nacional, es marginal y sus trabajadores y sindicatos sólo piensan, como sanguijuelas, extraerle, mediante presiones, las más de las veces violentas, hasta la última gota de sangre.

Los ministros de Hacienda tienen igualmente su mente enajenada a la presión tributaria sobre el poco petróleo existente, para cuadrar los presupuestos nacionales cada vez más incapaces de responder a los compromisos presidenciales, a las apetencias de los políticos y a las infinitas necesidades nacionales.

No son inferiores las pretensiones, entendibles pero insaciables, de las regiones donde se explota petróleo, estimuladas por sus parlamentarios y voceros populares.

Todo esto ha dado lugar a que la participación del producido petrolero sea ya fundamental en la composición del presupuesto nacional por concepto de impuestos, y de muchos municipios y departamentos por regalías y contribuciones.

Igualmente, ha conducido a una presión alcabalera, cada día mayor, sobre el petróleo, sin meditar mucho en que este recurso es en Colombia muy pequeño, y peor aún que la carga tributaria está espantando la inversión petrolera privada, casi exclusivamente extranjera, la única que cuenta con las inmensas fortunas que en este campo se necesitan para explorar, extraer y transportar su producido.

De hecho, la exploración se ha reducido a niveles críticos y el número de pozos exploratorios de 73 en 1988 a menos de 20 actualmente, incluyendo aquellos a cargo de Ecopetrol.

Más diciente es aún la apatía internacional por invertir en Colombia en el negocio petrolero, como lo demuestra el resultado paupérrimo de la Ronda Internacional de Areas para Exploración promovida por Ecopetrol en 1994, en la cual se ofrecían 3.7 millones de hectáreas a la inversión extranjera. Se invitó a 150 compañías y sólo tres presentaron propuestas para trabajar en el piedemonte llanero.

Los grandes impuestos que pesan sobre esta industria hacen que Colombia no sea un país competitivo para esta clase de inversión, más ahora en un escenario petrolero internacional de precios poco estimulantes, de una reducción del capital mundial disponible para este negocio y de una fuerte expansión de la competencia por la atracción que están desplegando países tan inmensos como China y la ex URSS.

Colombia no es un país petrolero. Está muy lejos de serlo pero ya sus presupuestos centrales y regionales se están construyendo como si lo fuera, con una creciente dependencia de la producción de petróleo.

De continuar por este camino pronto estaremos abocados a grandes problemas presupuestales y a mayores y riesgosas frustraciones sociales.

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