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CON ALFONSO REYES

CON ALFONSO REYES

He estado en comunicación telefónica con México. Me invitan para ir a la capital a recibir el Premio Alfonso Reyes. Imposible una tentación mayor. El recuerdo de don Alfonso es lo más grato que puede conservar quien tuvo la suerte de conocerlo. Sólo una circunstancia, que ignoraban los de México, me obligó a renunciar a lo que más hubiera ambicionado ya al final de mi vida. Es norma en los estatutos del premio que a quien lo recibe se le entregue personalmente en la capital mexicana. Yo no sólo estoy ciego sino impedido para viajar. Sí, conformándome con la opinión de quienes manejan mi salud, he renunciado al viaje, pero saber que se pensó en mí en esta ocasión es tanto como haber recibido el premio.

Don Alfonso, el sabio, fue para nosotros quien enseñó a sonreír donde los otros dramatizaban y pasaban del alboroto al tiroteo. Nunca puedo olvidar una tarde cuando, estando en su estudio, me tomó del brazo y, llevándome a la ventana, me dijo: -Mire, Germán, aquí no me quieren. Vea lo que han hecho sólo por mortificarme. Abrió la ventana y me mostró cómo lo que había sido el aire más transparente del mundo estaba vuelto un nubarrón de cisco, que no dejaba ver ni las torres de los hoteles. El tenía en la imaginación el perfil de la montaña que vio Tamayo, con el cono de sal del Popo contra el cielo azul entre un aire diáfano de cristal. Esa visión del Anáhuac suya, en que nos trasladaba por los laberintos de los canales, llevando en las canoas cargamentos de frutas, de aves, de maderas, como todavía se ven entre las islas flotantes por Xochimilco, donde las barcas se llaman Adelita, María Eugenia, Luisita, Josefita, cada nombre escrito entre un arco de flores...

Cuando yo viajaba a México, le sacaba el cuerpo al Congreso de las Academias para ir como un estudiante a escuchar las lecciones de don Alfonso sobre los griegos. Los griegos escritos por don Alfonso no salían de sus tiendas en los campos que describe Homero sino que eran Diomedes mexicanos, Aquiles de Sonora o Veracruz, que veía uno salir a los campos mexicanos con tal propiedad que luego se maravillaba al saber que eso era en la península de los Balcanes.

Lo hacía todo sin violencia. No quería apropiarse de las cosas de Europa para volverlas mexicanas. Creía sencillamente que Netzahualcoyotl era un gran poeta y el Valle de Anáhuac la región más transparente del mundo por una delicadeza de Dios al crear las cosas de esa manera. Todo sin arrogancia. Todo con sencillez. Mis últimos encuentros fueron después de su muerte, ya en bronce, viéndolo en el momento en que le erigieron, justamente a la salida para el parque de Chapultepec, muy cerca del Hotel del Camino Real, un monumento como a él le correspondía. Su estatua de bronce, sin pedestal. Si pudiera animarse, saldría a andar por el prado, cruzaría la avenida y se iría a caminar al bosque. Para ver los jardines, los estanques, los contornos del Castillo. Ver las parejas sentadas en los bancos en íntimos coloquios. En los estanques los patos y los cisnes. Sacándole el cuerpo a los muchachos de las bicicletas. Caminando por los prados, deteniéndose en los jardines, viendo las flores. Mujeres inclinadas al peso de los cartuchos y gladiolos que llevan a la espalda como si fueran guaguas. Así los vio Diego Rivera. Así lo seguimos viendo en las reproducciones de sus óleos. Entraría don Alfonso al Museo de Arte Moderno a ver el Valle como lo vio Tamayo. Como fue. Como tenía que ser. Como consta en los letreros puestos a la entrada de cada sala del Museo de Antropología siempre con un verso de Netzahualcoyotl.

Como puede verse, yo no entendería a México sin la presencia de don Alfonso. Oí sus lecciones en París, en La Habana, en Nueva York, siempre con la misma gracia que estaba en el fondo de algunas letrillas de Sor Juana, donde desaparece la tragedia de las imágenes sangrantes y surge ese cristianismo del soneto.

No me mueve mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte/.

La última esencia mexicana, contrariando todo lo que anuncia el mundo de las revoluciones y las calaveras, está en una gracia remota que habría que buscar en la filosofía última de don Alfonso el sabio. Por esa gracia suya, yo quedo feliz al saber qué se pensó en mí para el premio que lo recuerda.

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