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QUE NO HAYA MÁS VÍCTIMAS

QUE NO HAYA MÁS VÍCTIMAS

No hubo despedida, porque Néstor, Augusto y Hernán seguirán viviendo en el corazón de quienes los conocimos, y los recuerdos de sus hazañas y de su especial forma de ser vivirá perennemente en la memoria de todos los colombianos. Fue un ruego, una súplica, una petición unánime, enérgica, sentida, para que, por favor, no sigan asesinando a los ciclistas.

Como correspondía a un hombre de sus calidades, fueron sus propios compañeros de brega, corredores del equipo Manzana Postobón y de las otras escuadras nacionales, los encargados de conducir a Néstor Mora hasta su última morada. Ellos abrieron una calle de honor para recibirlo en la iglesia de La Porciúncula y luego la repitieron para permitir el paso del féretro hasta la tumba, en el cementerio Jardines de Paz.

En medio de desgarradoras escenas de dolor, familiares, amigos, compañeros, colegas e inclusive aquellos que sin conocerlo alguna vez se sintieron tocados por la magia de Néstor Mora, acudieron al cortejo. Una procesión que anduvo lento, lentísimo, al mismo ritmo en que se curarán las heridas abiertas por esta tragedia.

Por favor, que este no sea un entierro más. De nada sirve enterrar hoy aquí a Néstor Oswaldo si no conseguimos que haya respeto por la vida. No se trata solamente del duelo de unos familiares y unos amigos, sino del derrumbe de un país , dijo Miguel Baquero, amigo cercano del corredor y la persona encargada de dirigir la ceremonia en el cementerio. Por favor, que esto no vuelva a suceder, que caigamos en cuenta de que todos tenemos derecho a la vida , imploró.

Confundidos y conmovidos todavía por el accidente que enlutó a todo el país, los integrantes de la familia del ciclismo se reunieron para, al unísono, intentar ponerle punto final de una vez por todas con este drama que, de continuar, acabará con una fiesta que nació exclusivamente para brindarle alegría a la gente.

El dolor reflejado por Nancy, la viuda; por Omar El Zorro Hernández, el compadre; por Mario y los demás hermanos; por los vecinos de infancia en el barrio Prado Veraniego y de madurez en Villa del Prado; por José Alfonso El Pollo López, el técnico; por Luis Espinosa y Julio César Rangel, los compañeros; por Libardo Leyton, el auxiliar, no era más que el rostro aterrador de la vida, aquel lado oscuro que nadie quiere conocer.

Las lágrimas salían de lo más profundo del corazón, cuyas fibras estaban desgarradas por tanto sufrimiento y por no hallar respuesta a los interrogantes que cundieron toda la jornada: por qué siguen ocurriendo estas cosas? por qué quieren acabar con el ciclismo? A la salida de la iglesia, la gente se asomó a las ventanas y rindió un último homenaje, los conductores hicieron sonar las bocinas de sus automóviles, los ciclistas rodaron en señal de duelo y la ciudad se paralizó. Era necesario llamar la atención, incitar a la reflexión.

El de Néstor Mora no fue un entierro común. Los rituales religiosos se vieron trastocados por la música que entonaba una tuna, por los acordes de Amigo, el éxito de Roberto Carlos, y por las rancheras que tocó un mariachi para decirle hasta luego a ese carismático hombre que había concitado esa reacción. Las estrofas del Nadie es eterno en el mundo... , irónicamente la canción más popular entre los integrantes del equipo Manzana Postobón, surgieron, entonces, como una voz de esperanza.

Con un nudo en la garganta, con las lágrimas todavía rodando por las mejillas, con las reflexiones dando vueltas en la cabeza, con el alma confundida, las personas se fueron retirando, poco a poco, lentamente, con la ilusión de que esta no sea otra víctima inútil de esta estúpida guerra en la que no hay ganadores, porque todos resultan perdedores.

Néstor, Augusto y Hernán se fueron para siempre, pero todos aquellos que fuimos testigos de su lucha, de su sacrificio, de su esfuerzo, quedamos con el compromiso de luchar, de encontrar salidas verdaderas a este problema. El miércoles, en Itagí, las bicicletas volverán a rodar, pero cualquier cosa que se haga será en vano si estos tres mártires no son el último eslabón de esa trágica cadena.

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