Jaime Moreno, el consejero de Estado que escribe novelas

Jaime Moreno, el consejero de Estado que escribe novelas

La literatura surge donde menos se espera. ¿Un consejero de Estado novelista? ¿No es acaso el escritor un hombre consagrado a su oficio, un hombre poco ordinario, un incomprendido, a veces un sacerdote, si no un asceta o un mártir que sacrifica su vida en aras del arte?

12 de abril 2008 , 12:00 a.m.

Kafka lo hizo, T.S. Eliot también. Entre nosotros, la imagen pública de Jaime Moreno no ha hecho más que ocultar al hombre de letras.

Moreno ha comprendido que el escritor habla de la experiencia, de la experiencia vivida. No busca temas. Los tiene a la vista, convive con ellos.

Pero como no hay escritura realista, cargada del habla cotidiana, que no pague el alto precio de la exigencia retórica, de críticos y editores, la de Moreno ha sido dejada a la deriva del mercado.

Quien componga una novela tomando su lenguaje del habla de la calle, de sus giros inesperados, de su azarosa composición, su indisciplina, la vibración auténtica de lo propio, tendrá que situarse en el terreno donde la crítica predica su desdén. Pero a la vez, el escritor gana la partida al poner en juego el valor de la materia misma que expresa: el mundo real. ¿Que otra cosa son acaso sus volúmenes de cuentos reunidos bajo los títulos Tras la baranda o Un regalito para el juez.

Lenguaje y experiencia se funden en la escritura. Esto es lo que el lector encuentra en Memorias de la hija del boticario, de Moreno.

Con estas Memorias acompañadas de fuertes ecos de la picaresca, entendemos por qué en este género de antigua estirpe, que el autor sin duda desborda, la vida recreada es más rica, la frase brota maliciosa de la pluma del autor, en contra de las tentativas de forjar un estilo elevado, hasta alcanzar un alto poder de expresión: es un reflejo y a la vez una recreación de un intenso cuadro social.

Si tuviéramos que caracterizar un elemento peculiar de la prosa de Moreno nos veríamos en problemas, pues lo que mejor la define es casi inaprensible, es su sentido oculto del un raro humor, nada explícito, que corroe la seriedad de cuanto, creemos, hace parte de los valores de nuestra vida.

Semejante ambigüedad hará parte seguramente de las “imperfecciones de lo pintoresco” de un escritor que se ha rehusado a escribir bajo el estilo literario exigido, porque sabe que en cada frase suya está fundado el sentido de su visión del mundo y la visión del mundo propio es lo que mejor define a un autor y a una literatura.

TRES PREGUNTAS A JAIME MORENO.

¿De dónde viene su pasión por la literatura? Hace muchos años, en 1965, estuve al frente del periódico de Fecode, que muchas veces terminábamos escribiéndo completo entre dos personas. Entonces me dio por contar mis propias historias. Mandé a un concurso uno de mis escritos, el cuento ‘Al final de la gira’, y quedé de finalista. Después, mi novela ‘Tras la baranda’ quedó finalista en otro.

¿Alguna temática predilecta de lectura? Realmente me encanta toda la novelística latinoamericana. Entre ellos , escritores como Jorge Ibargüengoitia, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, en fin.

Y en lo clásico, no abandono a Antón Chejov por ningún lado ni en sus cuentos ni en sus novelas.

¿Tiene alguna rutina de escritura? La literatura, dice García Márquez, es más transpiración que inspiración. Es un oficio al que hay que dedicarle todos los días así sea una o dos horas.

Yo tengo más o menos esa disciplina, de levantarme a las 5 de la mañana y hacer algo en relación con la historia que estoy escribiendo.

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