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FACHADAS DE SALDARRIAGA EN COMPÁS

FACHADAS DE SALDARRIAGA EN COMPÁS

Los acercamientos de los arquitectos a la pintura son generalmente previsibles. Lo son porque, quiéranlo o no, la línea siempre prevalece sobre el color y el comportamiento compositivo dentro del formato habla de rigor.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
21 de abril 1996 , 12:00 a. m.

Paradójicamente, los arquitectos-pintores tienen un sincero interés de alejarse de todo aquello que revele su estructura mental cuando están frente al bastidor, una especie de actitud vergonzante. Hacen todo lo posible para que la textura y el color borren cualquier huella de la construcción y prefieren eludir el tema para, mejor, caminar por los caminos de lo abstracto y sin anécdotas. Casi nunca lo consiguen.

Quizá porque ninguna de estas premisas está presente en la obra reciente que Alberto Saldarriaga expone en Compás, es por lo que esta tiene interés para el espectador. El mismo le ha puesto por título Fachadas, lo que es apenas obvio, porque lo son. Son arquitecturas imaginarias llevadas al bastidor, acrílicos luminosos y un par de incursiones al óleo.

El tema evidentemente se nutre de su experiencia de años en la búsqueda de las raíces de la arquitectura latinoamericana, pero no en el recorrido por la ilustrada o de contenidos histórico-simbólicos, sino en la popular que no alcanza a contaminarse de civilización. Alberto ha dejado este registro en cientos de fotografías, libros e investigaciones que son el testimonio de recorridos por Bolivia, Perú, América Central y naturalmente, Colombia. El tema evidente de estas Fachadas viene de ahí.

Menos obvio sería indagar por los contenidos. Las formas de extremo rigor geométrico, casi en los límites de lo austero, están instaladas a espacio abierto; de hecho, al aire libre. Tienen perforaciones dirigidas al interior del objeto central. Otras permiten ver más lejos, tienen en común la confidencia de referir paisajes concretos, ideales y ajenos a la realidad; son paisajes de soledad, abrazados de sol, casi la excusa para abrir la perforación.

El enfrentamiento de Saldarriaga al color es también interesante. Porque volúmenes y espacios se crean mediante el cambio de la continuidad de sus extensiones, en la sencilla lógica de cómo se recibe el golpe de luz. En realidad hay dos conceptos: uno parte de la necesidad de explicar el objeto y se encarga de revelar la forma que se nutre de la experiencia con lo popular. El otro, en las antípodas, es el de la luz del paisaje, que es cálida y de sol; a pesar de esta anécdota, el concepto termina, paradójicamente, en los límites de lo abstracto. Lo consigue gracias a no pretender eludir la actitud vergonzante de querer disimular lo evidente, que es un arquitecto que pinta.

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