CULTURA DE LA MUERTE

CULTURA DE LA MUERTE

Entre nosotros no se introdujo la cultura de la muerte por el aborto o la eutanasia sino por el despiadado ejercicio de la violencia. Paradójicamente, este flagelo de salvajismo nos llegó con la modernidad. En épocas anteriores podía haber cruentas luchas pero en general la población civil se mantenía a salvo. A la distancia contemplaba los fuegos fratricidas, apretados los corazones por la suerte de los combatientes, pero no sufría en carne propia los desgarramientos.

01 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Con las luces de la civilización nos llegarían los horrores de la barbarie: mutilaciones, violaciones, desapariciones, ejecuciones. La pena de muerte y el ominoso uso de la tortura se fueron estableciendo o restableciendo al margen de la ley y contra sus categóricos preceptos. El país se ilusionó con ponerles término mediante la terapéutica de la reconciliación política. De nuevo podría pescarse de noche. No bastó, sin embargo.

Un nuevo tipo de violencia empezó a emerger y serpear con banderas de reivindicación social y decisivos apoyos internacionales. Colombia se convirtió en escenario predilecto de la guerra fría. En el exterior se entrenaban los cuadros de la insurgencia y de él provenían armas y municiones. Las purgas sangrientas no faltaron en las filas guerrilleras. Todo lo justificaban la disciplina revolucionaria, sus ideales y sus objetivos de tomarse el poder por la fuerza.

La guerra fría también se extinguió. Cesaron de existir los campos extranjeros de entrenamiento, la provisión de material de guerra, la financiación de las costosas operaciones. Disuelto el imperio soviético, en nuestro Hemisferio Cuba se marginó, Nicaragua evolucionó, El Salvador se pacificó.

Con anterioridad habían sido vencidos los tupamaros uruguayos y los montoneros argentinos utilizando implacables tácticas represivas, similares a las terroristas suyas. En esas naciones apareció igualmente la cultura de la muerte, con la diferencia de que fue capítulo destinado a cerrarse y a dejar el paso al renacimiento de los valores democráticos. Lo que no ha obstado para seguir inquiriendo sobre los crímenes cometidos desde las alturas del poder mientras duró.

Patética radiografía Por qué sí en Colombia que se enorgulleciera en otros tiempos de ver exaltada su capital a la condición de Atenas Suramericana? El fenómeno se explicaba y se facilitaba por el respaldo logístico internacional. Suspendido éste, la subversión buscó sustento en la economía de los narcóticos que había venido prosperando desde cuando se bajó descuidadamente la guardia al comienzo de la década de los setenta. En principio, se había enredado en guerra con sus poderosos núcleos, pero la coincidencia de intereses llevaría a extraña y tempestuosa alianza.

La guerrilla fue hasta entonces predominantemente rural. El narcoterrorismo pondría el énfasis en nuevos horizontes, explorados con anterioridad por otros movimientos subversivos con más espectacularidad que eficacia. Tras su derrota, quedarían sus experiencias sobre los peligros de meterse en azarosas ratoneras.

Habrá sido éste el único telón de fondo del desbordamiento de la violencia? No. La cultura de la muerte ha penetrado los más diversos intersticios sociales, encontrado versión paramilitar, infiltrado confusamente los ánimos y tenido una de sus más rigurosas manifestaciones en la delincuencia común.

La inseguridad urbana se hombrea con la rural y en las violaciones de niñas y mujeres indefensas simboliza la deformación criminal de las costumbres. Violaciones en los vehículos de transporte colectivo, en la vía pública, hasta en los cuarteles de policía. He ahí la radiografía patética de nuestra violencia, ni ancestral ni típica de nuestro pueblo.

Cuando la guerra civil española protagonizaba terribles carnicerías y el Generalísimo Franco adelantaba su política de exterminio, desde esta orilla hispano-americana nos hacíamos la ilusión de que semejante furor pasional no llegaría a nuestras costas, en gracia de la mezcla aborigen. En medio de la segunda guerra mundial, el continente americano se preparaba para ser un oasis de paz y concordia democrática. No obstante, a su seno llegaron los desgarramientos, en forma capaz de destruir las bases de la convivencia civilizada.

Cruzada nacional En nuestro suelo las diversas modalidades de violencia o delincuencia se entremezclan y ayudan: la organizada, la común y la guerrillera propiamente dicha. A ésta se le ha ofrecido el camino de la solución política, pero la entorpecen los entronques con el narcotráfico, más que el fanatismo de ciertos ángulos.

En el exterior perdió los apoyos originales. Cada vez más se le identifica con sus excesos delictivos, con sus atentados ecológicos, con sus masacres y secuestros. El halo romántico, revolucionario y literario solo lo ostenta el subcomandante mexicano Marcos, a juzgar por las loas del escritor francés Regis Debré.

Quizá las tentativas de paz con los grupos guerrilleros pudieran ganar factibilidad deslindando netamente y sin tapujos las posiciones. Haciéndoles entender que no habrá tolerancias ni complacencias con las actividades ilícitas del narcotráfico. Comprometida Colombia a combatirlo, no podría aceptar ínsulas donde la producción y la elaboración de la materia prima fueran permitidas.

La primerísima prioridad de Colombia es la de sobreponerse a esta cultura de muerte que la avergenza y enerva. Nada sacamos ocultando o disculpando lacras. Hay que cauterizarlas y curarlas por el bien de la República y de sus gentes; no por el prurito de presentar buena imagen en el exterior ni siquiera por atraer inversiones. De no hacerlo, llegará un momento en que convivir con la violencia, mejor dicho con la delincuencia, se vuelva insoportable. Lo primero es vivir. Y vivir libres y seguros.

Desarraigar esta cultura de la muerte implica obviamente combatir las circunstancias económicas y sociales en que ella florece. Conforme lo hemos visto en el agro, en la exasperación de la extrema miseria y especialmente del desempleo la violencia recluta sus milicias y sicarios. El sicariato, flor criminal de la cultura de la muerte, es acaso la expresión más inquietante de la delincuencia urbana y la que demanda más exigentes trabajos de rehabilitación. El becerro de oro cuenta con fieles en todas las clases sociales.

Por qué, en lugar de andar disputando migajas, los partidos políticos no convergen en una gran cruzada por reinstaurar en Colombia la bella y racional cultura de la vida de que el Papa se ha creído en el deber de ocuparse? Con explicable celo el Gobierno viene empeñado en imponer a sus funcionarios el respeto inviolable a los derechos humanos. Tampoco es suficiente. Es menester que ese respeto lo practiquen, junto con las autoridades, todos los ciudadanos, si no por propia convicción, por coerción e imposición del Estado.

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