COLOMBIA EN LA BORRASCA

COLOMBIA EN LA BORRASCA

Si algo encontramos verdaderamente característico de las economías latinoamericanas es su excesiva movilidad, rayando en la inestabilidad. En pocos años pasamos del auge a la penuria, del entusiasmo de la riqueza al pensamiento de la pobreza. Aparentemente los latinoamericanos no somos capaces de comprender que el desarrollo económico, que trae el bienestar al pueblo, es un proceso de acumulación lento pero persistente.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

No es la avalancha de una corriente incontinente que lanza al país a etapas superiores de progreso económico y social. No, es todo lo contrario, es el trabajo juicioso y persistente del pueblo, bajo la dirección de los líderes que, piedra sobre piedra, van construyendo el país. Pero no, tampoco es una estructura sólida, es un complejo enjambre de relaciones sociales y económicas el cual, una vez logrado, constituye ese extraordinario mecanismo que conocemos en los países que hoy llamamos industrializados, que dota a sus pueblos de un alto nivel de vida, no sólo económico, sino también en el campo espiritual y cultural.

A principios de 1992, el presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez habló en Davos, Suiza, a un grupo escogido de líderes de Occidente, de los éxitos logrados por su gobierno. Venezuela, dijo, era un ejemplo de desarrollo económico con democracia. Efectivamente, en 1991 Venezuela había conseguido un crecimiento de su PIB de un poco más del 10 por ciento, pocas veces visto en otras partes. Pero no bien salidas estas palabras de su boca, el presidente Pérez tuvo que correr a esconderse de unos militares que intentaban derrocarlo. Poco después dejaba su gobierno. Todos conocemos las difíciles condiciones en que está Venezuela desde entonces. Este país pudo haber tenido entonces un crecimiento del 10 por ciento o más; hoy no tiene ninguno.

Más recientemente hemos visto el extraordinario auge de la economía mexicana y su descenso, aparentemente inexplicable. Pero no es tan incomprensible. México logró el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Una zona de libre comercio de esa magnitud, y de esa riqueza, tenía que atraer la codicia de los capitalistas del resto del mundo. Fueron muchos los que creyeron que México sería una entrada fácil al mercado norteamericano. Pero fueron más los que pujaron los precios de las acciones inscritas en bolsa. Los mexicanos no se dieron cuenta del significado de lo que ocurría. Como les llegaba tanto dinero de fuera, todo en el país subía de precio. A la vez, las importaciones se incrementaban, principalmente las de artículos de lujo. Todo marchaba a pedir de boca.

Por desgracia, los latinoamericanos no nos damos cuenta de que en economía las cuestiones son muy similares a un resorte. Este se puede estirar y estirar, aparentemente hasta el infinito, pero llega un momento en que no da más y se rompe el hechizo. Las cosas se vienen abajo. Así siempre ha pasado en muchos países y, al parecer, seguirá pasando. El problema parece ser que nuestros gobernantes no saben aislar nuestras economías de las influencias del exterior, donde hay fuerzas económicas muy superiores a las nuestras.

Colombia, amenazada Veamos el caso de Colombia. En realidad, es muy distinto al de Venezuela o al de México, pero no deja de tener sus similitudes. Colombia, como México y también como Argentina, que es otro candidato para entrar en aguas borrascosas, hizo su apertura del comercio exterior pero, sin tomarnos una pausa para ver cómo nos iba, extendimos inmediatamente la apertura al sector financiero. Los problemas que ahora tenemos se deben a esta segunda fase de la apertura, la que era desde todo punto de vista innecesaria. A ella debemos la entrada de dólares en exceso, y los consiguientes fenómenos monetarios que amenazan la estabilidad de la economía. Me refiero primero a la diferencia entre la inflación y la tasa de cambio, que amenaza con hacer imposible toda actividad productiva y, en segundo lugar, a la extraordinaria alza de los precios de la propiedad raíz, que también hará imposible toda inversión en activos de producción, distintos a los relacionados con la propiedad territorial.

En 1992, cuando estábamos haciendo la apertura del sistema financiero y, a la vez, adelantando lo que venimos a llamar profundización del sistema bancario, que trataba de hacer más fácil el crédito, se presentaron ciertos fenómenos exógenos. En primer lugar, vino el anuncio de los nuevos yacimientos petroleros en el pie del Llano y, casi simultáneamente, el problema del café se tornó de deficitario a excedente. Veamos cómo consideraron los capitalistas criollos, que se habían llevado sus dólares para el exterior, y los extranjeros, que siempre acechan oportunidades, la situación colombiana. Vieron un país que, potencialmente, iba a producir un excedente de divisas, en el cual no había ya restricciones serias para entrar o salir. El país ideal para buscar oportunidades. No nos debemos sorprender, pues, si los dólares principiaron a entrar en abundancia.

Simultáneamente, ocurrieron otros fenómenos internacionales que debemos mencionar, dado su gran significado en el caso colombiano. En Suiza y Luxemburgo, donde tradicionalmente nunca antes le habían preguntado a nadie la pureza de los dólares que traían, ahora, bajo la presión del gobierno norteamericano, principiaron a interferir el lavado de dólares. Pero los traficantes colombianos ya no necesitaban a estos países europeos. Su propio país estaba abierto. Se había convertido en la mayor lavandería del mundo, y así fue como la entrada de dólares al país arreció, y nuestros problemas monetarios se complicaron.

Dólares a rodo En esta coyuntura, la política acertada de las autoridades monetarias debió haber sido contraccionista, más bien que expansionista. Pero qué va, con típico estilo latinoamericano, anunciaron que no eran ellos quienes iban a dañar la fiesta. Si observamos las estadísticas de 1992 en adelante, vemos cómo los signos monetarios en el país vienen creciendo como espuma. No solamente el M1, que obedece a la llegada de más recursos internacionales, sino que también aumentaron los llamados cuasi-dineros, que son una creación de las autoridades monetarias. Hay que ver cómo los préstamos de los bancos al público vienen creciendo a una tasa de más del 40 por ciento anual. Se creen acaso las autoridades monetarias que la economía colombiana está creciendo a esta tasa anual y que, por lo tanto, se requiere mantener ese ritmo de expansión crediticia? No, no ha sido el crecimiento económico; lo que ha venido pidiendo más y más cuerda crediticia ha sido la especulación en finca raíz. El precio de esta ha venido subiendo escandalosamente. No se han dado cuenta las autoridades monetarias de que este fenómeno es puramente especulativo, sostenido en gran parte por los dineros venidos de fuera pero, también, ayudado por la expansión indebida del sistema bancario comercial? Lo que le sucede a la economía colombiana es que le ha llovido sobre mojado. Cuando le estaban entrando dólares a rodo, cuando había un clima eufórico debido al ruido de Cusiana, a las autoridades monetarias se les ocurrió contribuir a la expansión con el crédito interno, lo cual ha resultado en la peligrosa situación en que se encuentra la economía del país.

En las páginas económicas de EL TIEMPO del domingo 25 de febrero, nos dan el ejemplo de Carlos Pérez, un presunto comprador de clase media, por el sistema de Upacs, de un apartamento en Bogotá de 31 millones, con un préstamo de 14 millones, tomado en agosto de 1993. En enero la deuda había aumentado a 15 millones, a pesar de sus pagos. Para febrero ya eran 19 millones. En sólo un año, a pesar de los abonos, que suman 5 millones, su deuda ha aumentado 4 millones. Ahora, si Pérez vende su apartamento, le dan 60 millones, es decir, el doble de su precio, en 19 meses.

Si las autoridades monetarias no se han dado cuenta de que tal caso indica que tenemos un extraordinario auge especulativo en el negocio de propiedad raíz, es porque están dormidas. Y el problema con todo auge especulativo radica en que, tarde o temprano, llega a su fin. Es como el ejemplo del resorte, se estira hasta que se rompe. Ese ejemplo que nos da el crédito de las Upacs se debe a que la tasa de interés llega ya, incluida la corrección, a 41 por ciento anual. A nadie modestamente sensato se le ocurre que las cosas puedan seguir, indefinidamente, como vienen.

El gobierno nos dice que tengamos paciencia, que los intereses van a bajar. Pero, cómo pueden bajar los intereses si la propiedad raíz viene subiendo de precio a una rata nunca antes vista? Es la demanda para la especulación en propiedad raíz lo que mantiene la demanda por dinero en Colombia a cerca de 41 por ciento anual. Esa tasa no se podrá reducir sino controlando la especulación en finca raíz, y el día que las autoridades monetarias traten de hacerlo, la economía tendrá un patatús o crisis, como se quiera llamar.

Golondrinas espantadas La economía del país tiene otros serios problemas bien conocidos, que no pueden continuar indefinidamente. La tasa de cambio se mantiene a un precio inferior al que debería tener, de acuerdo con el nivel de la inflación anual. Esto está destruyendo la producción nacional. No es la apertura lo que está causando el desastre, como lo creen los viejos cepalistas. Es la política monetaria que han seguido las autoridades desde el momento en que se nos apareció el espectro de Cusiana y que el país se convirtió en el mayor lavadero de dólares. Es el exceso de dólares que tiene el país y que nos está ahogando.

Además, nuestra cuenta corriente con el exterior tiene un déficit de algo así como tres mil millones de dólares anuales, que es el exceso de las importaciones sobre las exportaciones. Los mexicanos nos pueden contar que el déficit de la cuenta corriente con el exterior es también como el resorte. Se estira y se estira, pero, eventualmente, hay que pagarlo, o la situación revienta. Nuestras autoridades monetarias están muy tranquilas con el déficit, porque piensan que ahí vienen los dólares de Cusiana, pero a ellas hay que recordarles que en Venezuela la crisis de la balanza de pagos vino cuando el país contaba con una industria petrolera que le daba algo así como dos millones de barriles diarios de petróleo. Estas cosas son muy relativas; en Colombia podemos tener una crisis cambiaria el día que unas cuentas golondrinas se espanten y les dé por volar, y en ese momento no habrá dólares de Cusiana, o de los narcos, que valgan. Por el momento, lo único que les podemos decir a las autoridades monetarias es lo que decían los romanos a sus legionarios: caveat, caveat. A los que no creen que es para tanto, les recomendamos que lean el artículo de Eduardo Lora en las páginas económicas de El Espectador del domingo 13. Allí podrán ver el problema del desequilibrio del sector externo tratado cuidadosamente, y se podrán dar cuenta de que sí es un problema que exige caveat.

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