LECCIÓN DE TOLERANCIA DEL EXTERNADO

LECCIÓN DE TOLERANCIA DEL EXTERNADO

No conocí a Don Nicolás Pinzón Warlosten, como relata que le ocurrió al doctor Fernando Hinestrosa, pero con el agravante de no haberlo oído evocar en la tertulia hogareña. Sólo vine a familiarizarme con su estampa ya bien entrado en años. Tampoco tuve la fortuna de conocer sus escritos, salvo unas pocas páginas citadas por sus biógrafos. Cómo atreverme a tomar la palabra en este acto contando apenas con tan pobres elementos de juicio? La explicación es muy sencilla: su obra. Nadie, en los últimos 300 años, conoció a Fray Cristóbal de Torres, el fundador del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Algo semejante ocurrirá, a la vuelta de un siglo, con don Agustín Nieto Caballero. Sin embargo, el espíritu rosarista, el espíritu gimnasiano y el espíritu externadista se reconocerá a lo largo de los años por su sello inconfundible.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

Surgidos a la vida cultural en tan disímiles circunstancias, los asemeja el propósito intelectual que inspiró su partida de bautizo. Nació, el uno, del progresista espíritu de un arzobispo dueño de una cuantiosa hacienda privada; el segundo, de la contribución de la elite bogotana pudiente y progresista y, nuestro Externado, de la última hornada de radicales, liderados por el doctor Nicolás Pinzón Warlosten. Y, así como se proponía el señor de Torres propagar la doctrina de Santo Tomás y, Nieto Caballero, imponer la escuela nueva, en donde la formación del carácter complementaría el acervo de conocimientos, los liberales acosados por la más cruda etapa de la Regeneración se proponían mantener incólume la ideología que había inspirado el quehacer nacional entre 1863 y 1885. Conmovedor espectáculo el de aquel grupo de desinteresados intelectuales, que toman en arriendo una modesta casa de familia y gratuitamente dictan la cátedra de su predilección en las distintas disciplinas jurídicas, confiados en que con su labor docente no se extinguiría la llama agónica del auténtico credo liberal.

En un país en donde la perseverancia es flor escasa, la modesta institución fundada por el doctor Pinzón Warlosten, ha tenido la fortuna de no haber conocido en un siglo sino cuatro cabezas visibles: el fundador, el doctor Diego Mendoza Pérez; el doctor Ricardo Hinestrosa Daza y el doctor Fernando Hinestrosa Forero, una dinastía de liberales de pura cepa, no en el sentido sectario y partidista como en su actitud cultural ante la vida.

Suelen asombrarse los extranjeros vinculados a la industria del café del continuismo en la política de comercialización colombiana, inspirada y ejecutada por la Federación Nacional de Cafeteros. Observan cómo, en contraste con lo que ocurre en otros países productores, incluido el propio Brasil, Colombia se ha constituido, por derecho propio, en líder del mundo cafetero, gracias al hilo conductor de una tradición que encarnaron, en más de medio siglo, don Manuel Mejía, don Arturo Gómez Jaramillo y, en la actualidad, don Jorge Cárdenas Gutiérrez. Es lo que ha ocurrido con el Externado de Colombia. A algunos deberá parecerles estrambótico mi parangón entre una empresa comercial y la filosofía de una universidad. Pienso, sin embargo, que los buenos éxitos alcanzados en uno y otro campo, demuestran la bondad de mantener una brújula y una ancla por quienes han bebido en las fuentes de la experiencia vivida en su recorrido por el escalafón.

Anotaba el profesor Laski, en uno de sus brillantes ensayos de posguerra, de qué manera el liberalismo europeo se había visto asediado, en el siglo XX, por el totalitarismo de derecha y las embestidas del socialismo marxista, hasta que consiguieron hacerlo aparecer sin contenido social. De esta suerte, el liberalismo revestía las características de un credo anacrónico, obsoleto, superado por preocupaciones sobre el desarrollo económico que dejaban atrás la conquista de las libertades públicas que se daban por consolidadas.

Lo curioso del caso fue la resonancia que estas críticas tuvieron entre los países del Tercer Mundo. Mientras en el continente europeo el ascenso del comunismo, aun en la propia Unión Soviética, se debió a golpes de Estado más que a golpes de opinión, como los hubiera calificado el maestro Echandía, en el Tercer Mundo la opinión más generalizada era lo inevitable de su advenimiento profetizado por el marxismo. La llegada al poder del comunismo en el Viejo Continente obedeció, en primer término, al descontento con la Primera Guerra Mundial, y al apoyo ruso contra los regímenes existentes en las postrimerías de la Segunda. En cambio, en países como China y sus vecinos asiáticos, no menos que en Cuba, su predominio obedeció a una larga gestación, en que el poderío militar se vio secundado por una opinión pública favorable. Algo semejante a lo que ocurrió en el caso de Austria con el régimen nazi en 1938.

Sin dogmatismos A los ojos de las nuevas generaciones parecerá más y más inexplicable el ascendiente que cobró el comunismo en el último medio siglo en todos los rincones del mundo subdesarrollado. Ansiosos los pueblos de iniciar su despegue y transformar su economía en el curso de pocos lustros, la adopción de un rígido sistema anticapitalista, en donde el Estado regulara sin trabas la economía, parecía la panacea que proclamaban sus heraldos como un nuevo amanecer. La victoria de las armas rusas sobre el aparato hitleriano había tenido un efecto de demostración irresistible. Cómo era posible dudar de la eficacia de la nueva política, cuando un país, que hasta la víspera formaba parte de la Europa rural, había conseguido derrotar a los mismos ejércitos que habían puesto en jaque a Inglaterra, a Francia, Bélgica y Holanda juntos? Voces tan autorizadas como la del Deán de Cantorbery exaltaban a voz en cuello las excelencias de Stalin y sus secuaces. Tan grande llegó a ser la sumisión intelectual que ante el fusilamiento de las figuras precursoras de la Revolución Bolchevique, todas de insospechable formación marxista, los más renombrados intelectuales de la izquierda europea buscaban una justificación para crímenes, que más tarde los epígonos de Stalin calificaron como atroces. Por sobre todo, la juventud se sentía atraída por el embrujo de una nueva civilización, cuya última hazaña, anticipándose al resto del mundo, fue colocar el primer proyectil ultraterreno en la luna.

Yo mismo, confieso, haber admirado con reservas la hazaña soviética y más tarde los logros de la revolución cubana. Cómo pedirles a las nuevas generaciones, enamoradas de la nueva concepción, que renunciaran a la utopía para regresar a los viejos principios liberales? Clemenceau, 75 años antes, había descrito esta situación con un aforismo lapidario: el que no ha sido comunista a los 20 años, no tiene corazón, y el que sigue siéndolo después de los 40, no tiene cabeza . Claro está que se refería al socialismo marxista con su apelación a la violencia divulgada en un opúsculo de Sorel que lleva por título Reflexiones sobre la violencia . Un estudio que lo mismo sirvió para establecer el fascismo en Italia que el leninismo en Rusia. En esencia, consistía en desacreditar el credo liberal que, poco a poco, en Occidente, se había ido imponiendo con sus conquistas políticas, económicas y sociales.

De este lado del Atlántico, acogimos las críticas y olvidamos las enseñanzas. Centros de educación superior que se habían fundado con el propósito de divulgar la doctrina liberal, como la Universidad Libre de Colombia o la propia Universidad Nacional que, bajo el régimen liberal se propuso oxigenar el ambiente intelectual, se vieron infeccionadas del morbo marxista con su inevitable dosis de terrorismo. De baluartes de la libertad de pensamiento se vieron convertidas en fortalezas del sectarismo de izquierda, a donde sólo acabaron por tener acceso los profesores y las juventudes fanatizadas por el nuevo credo. Alguna vez Ascun abrió un concurso para seleccionar entre los participantes la letra de un himno destinado a ser consagrado como el himno de la Universidad Nacional. El gran humorista que fuera Hernando Martínez, en un rasgo de humor negro, escribió un texto que describe a cabalidad la atmósfera de aquellas jornadas. Decía así: Universitarios, a quien nada arredra construyendo patria que será mejor, desde que pusimos la primera piedra, las primeras piedras al primer Rector.

Encendamos, jóvenes, una antorcha inmensa que en la Ciudad Blanca desparrame luz, con las ediciones que emitió la prensa o con gasolina, cuando caiga un bus .

Quemar automóviles, torturar agentes del orden, secuestrar a voceros de opiniones distintas o adversas al dogma reinante, era algo que estaba a la orden del día en el ámbito de la universidad indoctrinada. Sólo un bastión resistió, sin alarde alguno, la tremenda embestida: el Externado de Colombia, la criatura que había abierto los ojos a la luz en el crepúsculo del siglo XIX, bajo la inspiración del doctor Nicolás Pinzón Warlosten.

Con sus ventanas abiertas al pensamiento universal fue recogiendo conceptos de las más diversas tendencias, en un ambiente de tolerancia que honraba el espíritu liberal de su fundador y de sus seguidores frente a la intolerancia de las universidades confesionales del siglo XIX, que no concebían el mundo fuera de la doctrina católica impuesta por el Concordato y el sectarismo de las universidades en donde imperaba el terrorismo marxista-leninista. El Externado era la antorcha de libre pensamiento, en medio de la noche, de los oscurantismos. Creció, se multiplicó, se diversificó en toda clase de disciplinas y mientras el desorden reinaba en la Ciudad Universitaria y en el claustro de la calle 8a., un sereno ambiente universitario reinaba en el campus de las modernas instalaciones del Externado. Nada de huelgas estudiantiles, de agresiones a los transeúntes ni de protestas acompañadas de vandalismo, singularizó este recinto. Bajo la inspiración de Fernando Hinestrosa y Carlos Restrepo Piedrahíta, se constituyó en un verdadero foro de hombres libres en donde profesores de las más heterogéneas materias, procedentes de todos los continentes, se dan cita para ayudar a formar criterios. Una biblioteca en donde no existen textos prohibidos está al alcance del alumnado y un amplio sentimiento de igualdad universitaria se extiende por encima de los diferentes credos, de los diferentes status sociales y económicos en un ambiente de investigación que va desde la Jurisprudencia, raíz y origen del Claustro, hasta las novísimas conquistas de la informática encaminadas a preparar a las nuevas generaciones para el siglo XXI.

El propio fundador, el doctor Nicolás Pinzón Warlosten, en sus más quiméricos sueños, jamás habría soñado que a un siglo de su muerte, sus convicciones sobre la formación de la juventud cobrarían mayor actualidad que en los 75 años anteriores, cuando se presentó en el siglo XX el dilema entre lo accesible, gracias a la libertad, y el otro dogma para remediar todos los males, con el carácter de una verdad revelada.

Inmune a la infiltración de doctrinas extrañas, mantiene el Externado de Colombia el ideal del ciudadano revestido de derechos y comprometido con sus deberes, pilar de la Patria por venir. Más que nunca, la calidad de la vida y el desarrollo de la personalidad informan el pensamiento de esta última década del siglo XX. Tiempo de los derechos humanos, de respeto a la libertad de pensamiento y al entorno ecológico, de garantías al derecho de información, de reconocimiento del derecho de propiedad función social, enmarcada dentro del marco jurídico, que conocemos como el Estado de Derecho. No sabía el ilustre catedrático, reaccionando contra los excesos de la Regeneración confiscadora y oscurantista, a la cual él se propuso combatir educando nuevas generaciones de colombianos, que su angustia ante la invasión del Estado totalitario acabaría siendo preocupación de todo el Universo y no solamente de este girón de la América Meridional que se llama Colombia.

La causa por la cual él luchó tan denodadamente con su escolta de catedráticos idealistas, la libertad para el ciudadano de realizarse plenamente, cobra más vigencia en 1995 que en los 100 años anteriores. Atrás quedaron las doctrinas que en su momento quisieron suplantar el concepto de dignidad humana por el de desarrollo económico, exclusivamente. La sociología, la ecología, la ciencia de las comunicaciones que, en su tiempo, estaban en pañales, dominan hoy el panorama universal. En un mundo en donde se agotan los recursos naturales, empezando por el más preciado de todos, el agua potable, y cuando el hombre, en los conflictos étnicos, tribales y religiosos, vuelve a ser lobo para el hombre, la lección de tolerancia que presidió la creación del Externado, sí que se nos aparece como un anticipo y un augurio de una era de libertades ciudadanas.

Herencia radical En la cumbre de mis años, carezco de autoridad para señalar los desvíos en los cuales participé en mis años mozos y en la madurez de la vida, pero si de algo sirve la experiencia y tan humano es rectificar como equivocarse, pienso que, en vísperas de una Convención del Partido Liberal, en cuyo seno nací, no se debe buscar otro programa que el legado del doctor Nicolás Pinzón Warlosten, que halla su versión más cabal en este Instituto. Preparémonos para empezar el nuevo siglo con las ventanas abiertas a todos los vientos que nos vienen de ultramar, confundidos todos en un anhelo de interpretar la vida colectiva como una gran síntesis de las libertades y deberes individuales, formemos ciudadanos conscientes de su compromiso con sus semejantes, respetando como un factor de enriquecimiento espiritual las diferencias de todo orden. Regresemos a la idea del progreso gradual, fruto de la concertación de los intereses contrapuestos, sustituyendo así el conflicto y el enfrentamiento violento que se nos presenta como una necesidad histórica por los prosélitos del terrorismo.

Lo nuevo será siempre la paz. Lo paleolítico será siempre la violencia, que hoy vivimos bajo el nombre de terrorismo. Muchos reparos se les han formulado a los gobiernos radicales que rigieron nuestros destinos entre 1863 y 1885. Con todo, un legado se le reconoce universalmente a la generación radical; su afán constante para beneficiar a las generaciones futuras con una formación cultural que correspondiera al idealismo de aquellas edades. Así lo comprendió el fundador del Externado de Colombia, cuyo nombre conmemoramos en esta fecha. Ante la ruina de las instituciones políticas que había contribuido a ilustrar con su talento, quiso salvar lo más preciado del concepto liberal de Patria, elevando la dignidad humana de la ciudadanía merced a la calidad de la educación. Es lo que hoy contemplamos en esta universidad laica, pluralista, internacionalizada bajo la rectoría de Fernando Hinestrosa, centro de interpretación de la realidad colombiana de nuestro tiempo, a través de las más variadas disciplinas.

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