OE, HUMANISMO DEPRIMENTE

OE, HUMANISMO DEPRIMENTE

El Nobel del año pasado es un escritor deslumbrante y hay que esperar la prometida aparición de nuevas obras suyas, tal como lo anuncia la editorial Anagrama. Por lo pronto, el entusiasmo del recién iniciado en el mundo de Oé se limita a las dos novelas disponibles en castellano, La presa y Una cuestión personal (traducidas ambas por Yoonah Kim, con la colaboración de Joaquín Jordá y Roberto Fernández Sastre). Fueron publicadas originalmente en 1959 y 1964.

02 de abril 1995 , 12:00 a.m.

La presa es un texto breve que transcurre durante la segunda guerra mundial. En algún lugar del Japón rural cae un avión norteamericano; de la tripulación se salva un negro, al que los aldeanos capturan y encierran en una bodega, en espera de instrucciones de más altas autoridades regionales. El punto de vista es el de un niño; para él y para sus coetáneos el prisionero resulta más exótico y más maravilloso que para los adultos de la aldea. Pero con el paso de los días, la expresión boquiabierta va dejando paso a algo semejante casi a la familiaridad; el negro entra a formar parte de la vida cotidiana de los niños, empieza a ocupar un lugar en la aldea que no es exactamente el del enemigo, el del prisionero de guerra. Sin llegar jamás a la familiaridad, la presa empieza a ser parte de la rutina; por último, los niños lo sacan a pasear, le quitan los hierros que le sujetaban una pierna, entre la tolerancia o la indolencia de los adultos. El prisionero negro se convierte en un ingrediente de los juegos infantiles; pero el juego acaba mal, mal para el cautivo, mal para el pobre niño que se descubre al final expulsado de la comunidad infantil, precozmente integrado al círculo de los adultos, a un mundo que no quiere compartir.

La presa es una parábola sobre la ausencia del lenguaje; su fondo, por supuesto, es la guerra. Pues en últimas el prisionero lleva la guerra a la aldea, a los campesinos que la veían como algo detestable pero al fin de cuentas lejano. Al negro no lo salva su inocencia y los aldeanos, igualmente inocentes, terminan insertos en un círculo feroz y patético, en una guerra minúscula pero sin que falte su acompañante de siempre, la muerte. Todo esto, envuelto en el silencio; el prisionero y sus captores, el prisionero y sus amigos en algún momento los niños se convierten en amigos suyos están divididos por el lenguaje; y el idioma de la simpatía, de la conmiseración, de la curiosidad afable es vano ante la carencia de las palabras; la historia comienza en la mudez y concluye en la mudez. Los vínculos, acaso ilusorios, entre la comunidad y su prisionero se desvanecen cuando la acción no está asentada en la palabra, no está justificada por ella. La presa es un relato hermoso y desolador.

Más esperanzado quizás, en medio de un universo de negruras, es Una cuestión personal. Tiene razón Henry Miller, citado en la contraportada, al referirse a Dostoievski. Pues el universo que Oé crea es abisal, es un hemisferio de terrores y de penas, una ojeada implacable pero diáfana a algunos de los recovecos más espeluznantes de la humana condición. Bird tiene 27 años, es profesor de inglés en una escuela preparatoria para ingresar a la universidad, ha acompañado a su mujer a la clínica para que dé a luz su primer hijo. Bird así lo llaman todos, pájaro en inglés sufre de desasosiego; quiere escapar y el continente elegido es Africa. Al comienzo del libro lo vemos comprando unos mapas Michelin; ni la llegada del hijo logra sofocar ese reclamo que la negrura de Africa le hace al inconforme Bird. Sólo que el hijo es una atrocidad: tiene una hernia cerebral que se manifiesta en una doble cabeza de pequeño monstruo. El niño tiene además buenas posibilidades de sobrevivir, así sea en estado vegetativo. Una cuestión personal narra la respuesta de Bird a esta pesadilla.

Horror puro Bird busca el refugio y el consuelo de una vieja amiga de sus tiempos estudiantiles, Himiko. Esta le da con generosidad todo cuanto puede darle: su cuerpo, su compañía, su complicidad. Bird se emborracha con consecuencias lamentables; ya había tenido antes una temporada de alcoholismo agudo, y al reanudar el consumo de Johny Walker, alma y cuerpo se le vienen a pique, y protagoniza un guayabo impío que culmina con la destitución de su cargo docente. Pero a lo que está abocado Bird es, literalmente, una cuestión de vida o muerte, y cada vez más sus instintos, sus apetencias, sus rutinas, lo inclinan a dictar sentencia de muerte contra esa cosa recién nacida que lo aguarda en la incubadora de un hospital.

Himiko lo acompaña, trata de fortificarlo, trata de complacerlo; pero durante unos días, Bird recorre el infierno, y esa aventura es la sustancia de la novela; son horas de horror puro, un espanto que impregna ante todo la relación sexual con Himiko, pero que también va desmoronando paulatinamente a Bird. (El personaje de su esposa, la madre del bebé monstruo, está curiosamente ausente de la novela). Bird quiere que el niño muera y, en un momento dado, está resuelto a hacerlo morir: con Himiko andan en busca de un abortero capaz también de despenar al bebé. Si quiero aceptar mi responsabilidad, solo tengo dos caminos: o lo estrangulo con mis propias manos o lo acepto y lo crío. Lo sé desde el principio, pero no he tenido valor para aceptarlo... .

Bird se queda con el niño, y unos meses después operan al bebé, le extirpan el tumor que le ocupaba medio cráneo y se lo entregan con razonables posibilidades de vivir una vida de semiinválido: el niño no va a ser un niño normal .

La conducta de Bird es heroica, es valiente, es tan solo responsable? Himiko se ha ido para Africa en lugar suyo: tiene que conseguir una nueva ocupación, tiene que llenar en alguna forma ese vacío que no alcanzarán a colmar ni el bebé ni la pena por el bebé. Para los hombres, no hay regreso triunfal del infierno; Bird sale de él redimido, pero en alguna forma disminuido. Su lección, y la lección del libro, la resume Oé en una expresión más sarcástica que misericordiosa: ... las desgracias de la humanidad, tan terribles que quienes no las sufrían actuaban como si no existieran, comportamiento que se denominaba humanismo . Oé, en estos libros, no casa tampoco con esa deprimente definición del humanismo.

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