EN BUSCA DE LA GLORIA

EN BUSCA DE LA GLORIA

Sobre la hazañosa aventura colombiana en Corea ha escrito la oficialidad participante en el conflicto. Recuentos históricos de positivo valor como el del general Alberto Ruiz Novoa, crónica ardiente y romántica como el reciente libro del general Gabriel Puyana García, estudios en revistas militares, o el capítulo en la Historia de las Fuerzas Militares que acaba de aparecer, editado por Planeta de Colombia. Faltaba el testimonio de un soldado raso. Por fin ha visto la luz en un librito extraordinario, editado con el auspicio de la Imprenta Departamental del Valle. Su autor, el soldado tulueño Danilo Ortiz Alvarado, combatió con el Primer Batallón Colombia. Uno más entre los mil sesenta que, a órdenes del teniente coronel Jaime Polanía Puyo, partieron de Buenaventura el 21 de junio de 1952 hacia una guerra lejana y extraña que terminó siendo propia.

31 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

El recuento es ingenuo, emotivo, vibrante en diversos pasajes. Constituye vivencia militar y humana de uno de esos muchachos que fueron, como lo señala el título del libro, En busca de la gloria. O de la aventura. O en escape de algo que quisieron dejar muy lejos, al otro lado del mar. No fueron por mandato del deber. Voluntarios de esa primera unidad, nada los obligó. Y de su esfuerzo denodado, de su coraje, de su intrepidez, brotó una de las páginas brillantes de nuestra historia militar.

Personalmente, el 17 de enero de 1952 se grabó al fuego en mi memoria. El yermo paisaje coreano, sepultado bajo la nieve, daba a las hirsutas montañas contornos fantasmales al claror incierto del alba. La línea del frente, guarnecida por el Batallón Colombia, serpeaba por las crestas en delgada línea de trincheras, alambradas, casamatas de troncos y sacos de arena. Se acercaba el día señalado para evacuar el frente de Kumsong, donde la unidad colombiana se había cubierto de gloria. Sobre el valle de hielo se cumplían los últimos patrullajes llenos de aprensión. Faltaba tan poco para salir de la línea de fuego...

Esa madrugada del 17 de enero regresaba a la posición adelantada de la Compañía B una patrulla, sin haber tenido contacto con el enemigo. El radio-operador era Danilo Ortiz Alvarado. Muchacho inteligente, alegre, buen camarada. Gozaba de general estimación. Eran notables su espíritu militar, su conciencia del deber, su convicción de que ser soldado del Colombia significaba luchar por la libertad y representar a su patria lejana ante el mundo.

La voz de Danilo llegaba al puesto de mando del Batallón a medida que su patrulla iba alcanzando los puntos de control de su itinerario. Avisaba estar cruzando el punto de llegada, cuando por la radio se desencadenó una borrasca. Gritos, voces, disparos, explosiones de granadas de mano. La voz de ahogó en el estruendo. Después, nada. Silencio. Un silencio de muerte.

La patrulla había sido emboscada al borde de reincorporarse a su compañía. El recuento de los sobrevivientes hablaba de bajas de lado y lado. La pequeña unidad colombiana luchó bravamente. Y sucumbió. Danilo Ortiz fue llevado a empellones, herido, por tres adversarios, un cañón de fusil sobre su nuca. Ese instante se convierte en punto focal del libro.

El joven idealista, enamorado, valiente, habría de cumplir duro peregrinaje por los campos de prisioneros de Manchuria. Allí se pone a prueba toda la reciedumbre de su alma. Y toda la voluntad de un hombre libre. Sometido al persistente adoctrinamiento ideológico, resiste la monserga diaria. La vida sin libertad de poco vale y el soldado colombiano lo pregona a su empecinado mentor, que habla español y busca persuadirlo.

Danilo Ortiz fue el único prisionero del Primer Batallón Colombia. Nunca se vio con ninguno de los que fueron tomados a contingentes posteriores. El canje que siguió al armisticio de Pan-mun Yon, no lo incluyó. Como intérprete del Ejército colombiano ante chinos y estadinenses, indagué por Danilo. Nadie parecía saber de él. Entregué su nombre a la Cruz Roja Internacional, junto con los pormenores de su captura que tan de cerca había conocido.

Diecinueve meses y cinco días después de su aprehensión, aparecería Danilo Ortiz. La Cruz Roja había indagado por él hasta hallarlo. Un largo viaje lo llevó a la Aldea de la Libertad (Freedom Village), campamento aliado para recepción de prisioneros de guerra. Volvía a ser libre. Nadie, entre quienes hemos escrito sobre Corea, vivió aventura semejante. Un soldado raso la padeció, y la relata en obra meritoria, hermosa y apasionada.

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