CERO Y VAN NUEVE

CERO Y VAN NUEVE

El 25 de diciembre de 1492, Colón era como un náufrago que veía los restos de la Santa María golpeados por las olas del Mar del Japón en el archipiélago asiático que había descubierto al otro lado del Atlántico. No le quedaba sino una de las tres carabelas del famoso viaje que sería el de su gloria: La Niña. La Pinta llevaba más de un mes fuera de su control, bajo el mando de Martín Alonso Pinzón, descubriendo por cuenta del marino de Palos, como si la empresa no fuera de Colón sino suya. Desconociendo su autoridad, no le enviaba ningún informe y había desaparecido por completo. Había llegado primero a La Española y bautizado las cosas por su nombre. Pensaba el Almirante, con creciente amargura, que de pronto se anticiparía a regresar para anunciar como suyos todos los descubrimientos... Tomó una decisión heroica. Regresar en la única carabela que le quedaba, dejando en la isla del naufragio a 39 de los compañeros construyendo un fuerte que sería el comienzo de la primera ciudad de

30 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

La Navidad rozaba la periferia de La Española, que vendría a ser, en el segundo viaje, el centro de la colonia. Buscando la puerta de salida para el viaje de regreso, vio un promontorio al que dio el nombre de Monte Cristo y creyó definitivamente estar en la punta del Japón. Y hacia ese Japón se fue para no devolverse sin haber pisado su tierra.

Martín Alonso llega también, como es sabido, a Monte Cristo, con el mismo propósito de Colón. El encuentro es casual y sorprendente. Como dos expedicionarios que van a informar de dos viajes de distinto origen. Cómo justificará Martín Alonso asumir como propio el descubrimiento en cuanto llegan al archipiélago y se separa por cuenta propia a buscar él la China y el Japón? Cómo le dirá a la reina que se olvidó de su Almirante y tomó la empresa como propia? En Monte Cristo se enfrentó con Colón como con un rival. El viaje lo hizo como al lado de un enemigo. Y al llegar a España, a la semana, murió.

Como buen genovés, escogió la mercancía. Seleccionó sólo varones, y entre los varones los mejor dispuestos, como sacados de un gimnasio de arawacos. Hubiera podido escoger hembras hermosas, de las nadadoras que describen sus cartas, pero pensó que los varones trabajadores tendrían mejor precio, y creyó hacer con los papagayos como un cartel de feria. Quiso la suerte que la brisa acariciante soplara por 30 días, como un abanico eléctrico, y La Niña navegó como si el mar fuera una piscina.

El cuerpo humano exige cuidados que desconciertan y, a pocos días de estar navegando, uno de los 10 indios perdió la vida. El chamán español no supo lo que pasaba. Los indios lo aceptaron, y cuando llamaron al Almirante, ya no había nada qué hacer. Algo dijeron los nueve que quedaban, que no entendieron los españoles. El hecho es que el indio estiró las piernas, torció los ojos, hizo una mueca en la boca y punto. El Almirante ordenó a uno de los tripulantes que lo cogieran por debajo de los sobacos y las corvas y, meciéndolo en el aire dos o tres veces, lo tiraran por encima de la borda y lo echaran al agua. Afuera lo esperaban los tiburones y, aunque la nave caminaba despacio, no había corrido mucha arena en el reloj cuando se perdió de vista el indio muerto. Los cristianos no le rezaron porque, como no tenía alma, no había cómo pedir por cosa que se salvara. El contador del buque debió apuntar en el cuaderno: cero y van nueve. Lo mismo Colón, con un poco de disgusto.

El registro de las impresiones que recibieron estos nueve indios en su descubrimiento de Europa sería interesantísimo, porque iban a conocer árboles, flores, pájaros, cuadrúpedos y cosas de los hombres y las mujeres de que no habían tenido noticia. Desgraciadamente no quedó constancia ninguna, y todo esto brilla por su ausencia fuera de la historia.

En el viaje fueron muchas las palabras que aprendieron los indios. Pero las aprendieron del lenguaje oral. Formarían un pequeño diccionario de reclutas en el cuartel. Vendrían a saber muchas palabras, como almirante, grumete, Ave María Purísima, caca, bizcocho, vino, cama, vela, orines, reina, nave y todas las porquerías del lenguaje corriente de la cultura hispánica. Si hubieran hablado lo que aprendieron en el viaje en la Corte de Barcelona, no se habrían sonrojado las damas, porque todas eran mal habladas, pero yo no puedo reproducir ese lenguaje porque no me publicarían en el periódico este artículo. Lo mismo han podido aprender los españoles si se hubieran puesto a oír lo que decían los indios. Pero como ellos no estaban por descubrir, perdieron esa oportunidad, única en la historia.

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