NOTAS PARA UN INVENTARIO MUSICAL

NOTAS PARA UN INVENTARIO MUSICAL

Los así llamados productos culturales contribuyen a difundir la obra de los trabajadores del arte, estableciendo una identidad pública a través de la identificación de sus maneras propias de expresión. De esta forma, el ciudadano medio en Colombia podría mencionar, sin esfuerzo, a artistas visuales, escritores y poetas que actúan como imágenes prototipo de la identidad cultural del país. Botero, García Márquez, Vargas Vila, Julio Flórez estarían en primer plano de la lista, respaldados por numerosas ediciones gráficas, libros y poemarios de consumo doméstico. Sin embargo, el campo específico de la música erudita parece menos alentador pues el conocimiento de la obra, la vida y aun de la iconografía de los compositores colombianos se resiente a causa de insuficientes e inadecuados productos culturales (mencionemos dos excepciones en el campo audiovisual: los documentales para televisión sobre A. M. Valencia y J. Nova realizados por Luis Ospina y Roberto Triana, respectivamente).

29 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Un rápido inventario de la arqueología discográfica musical, mostraría un panorama precario, en el cual la falta de continuidad es su característica más frecuente.

La época de oro de la Orquesta Sinfónica de Colombia coincide en la década de los años 60 con la aparición de algunas grabaciones con material tomado de audiciones públicas, siempre dirigidas por Olav Roots: obras de González Zuleta (Sinfonía del café), Pineda Duque (Triple concierto para violín, violonchelo y piano), premiados por los cafeteros en 1964, se incluyen en un disco Daro; en el apogeo de los clubes de estudiantes cantores, Ecopetrol financia la edición del Juramento de Bolívar, de L. A. Escobar; en 1966, una canción de J. Nova (De las hojas secas del verano) aparece en un álbum heterogéneo de Diners con elementos de pintura, música, poesía y voces.

En la década siguiente, Colcultura intenta publicar una colección de compositores nacionales, de la cual sólo quedan B. E. Atehortúa y Escobar, quien parece ser el más afortunado en la difusión de su trabajo, muchas veces a expensas de su empeño personal (La princesa y la arveja, Bambuquerías, Cantatas campesinas).

Esfuerzos aislados, como el de Mobil en 1979, apenas reflejan intereses ocasionales. Después se mencionan discos de RTI con Teresa Gómez al piano, un Bolívar folclórico de A. del Vilar y otro de Atehortúa en forma de poema sinfónico, A. M. Valencia presentado por Cicolac y sendos discos de Raúl Mojica producidos a su propio riesgo con sus elaboradas Canciones onomatopéyicas guajiras.

Recientemente, la Gobernación de Antioquia, la Biblioteca Luis Angel Arango y la Fundación Arte de la Música incursionan en el mercado con producciones de incierta distribución. El resultado de este inventario resulta precario; en tres décadas, algo más de una docena de grabaciones, como resultado de la carencia no comprobada de demanda de piezas nacionales, altos costos y falta de equipo y de personal especializado que supere el nivel casi artesanal en el que se ha trabajado hasta ahora.

Clásicos del siglo XX A veinte años vista, Colcultura se vale de la tecnología para retomar su colección de compositores nacionales, en una serie presentada con el ambiguo rótulo de Clásicos colombianos del siglo XX , en el cual no es claro si se refiere a los compositores, a sus obras o a su carácter de música no popular (o impopular como diría alguien con mucha gracia).

Lo cierto es que el único clásico del disco parece ser Lucho Bermúdez en la paráfrasis sinfónica Kalamary de A. Tobar, muy bien situada al lado de recreaciones folclóricas como las de Mejía (Pequeña suite) y Figueroa (Preludio y Danza).

A falta de un argumento conciliador, la selección de obras parece obedecer a su duración: solamente así se explica la inclusión de uno solo de los Tres ballets criollos, de Uribe Holguín, y del primer movimiento de la Quinta sinfonía, de González Zuleta, con el título de Bosquejo sinfónico.

Una buena solución habría sido acudir al género de cámara, aparentemente descalificado en esta ocasión. En cuanto a la obra de J. Pinzón, algo más representativo habría sido, por ejemplo, el Concierto para cinco timbales y orquesta. Aunque resulta loable y oportuna la intención de Colcultura, deberían aplicarse criterios más rigurosos en una colección que corre el riesgo de conformarse con obras orquestales menores que no alcanzarán la elusiva categoría de clásicas, aun en el restringido olimpo de la música nacional.

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