DON ROBERTO GARCÍA-PEÑA,CONOCIDO DE CERCA

DON ROBERTO GARCÍA-PEÑA,CONOCIDO DE CERCA

Resulta difícil acostumbrarse a la idea de que don Roberto García-Peña ya no está entre nosotros. Lo sorpresivo de su muerte, en la alta noche, contribuyó sin duda al dolorido asombro con que se recibió la noticia, en la mañana del lunes 29 de noviembre, difundida irónicamente solo por la radio, ya que la hora del deceso no hizo posible que la registrara ningún periódico matinal. Pero el inconsciente rechazo a la realidad de su ausencia radica principalmente en el conocimiento de su personalidad de recio luchador; de su fortaleza interior para asimilar sin arredrarse los golpes de la vida; de su jovial vitalidad que irradiaba alegría y esperanzado optimismo a cuantos lo rodeaban en su trabajo cotidiano, de tan complejas características durante los más de 42 años en que desempeñó la Dirección de EL TIEMPO. Habiendo tenido la afortunada como honrosa oportunidad de estar bajo sus órdenes inmediatas por varias décadas, hasta su retiro del periódico como Director Emérito, en agosto de 19

29 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Amigos y hasta adversarios políticos reconocieron siempre en el señor García-Peña a un hombre bueno. Y lo fue, hasta el límite de lo increíble. Pero no quiere decir esto que fuera débil. Su bondad estaba en relación directa con su sentido de la equidad. La justicia tuvo en él a su más denodado defensor, y la violencia a su más aguerrido adversario. Era un conciliador por naturaleza, que además enseñaba con su ejemplo. En alguna ocasión observó que yo daba a alguien una respuesta airada por teléfono; se acercó pausadamente y, poniéndome una mano en el hombro, me dijo: Serenidad, serenidad, mi amigo. Barajar y dar de nuevo, dicen los que saben de cartas . Y ese era su talante: sereno hasta en las circunstancias más difíciles. Transigente, sin comprometer nunca su independencia como periodista. Honestamente, en más de 30 años solo un par de veces, en una visión de conjunto entre el vendaval y la bonanza, lo vi realmente iracundo, con plena razón. Una de ellas fue ante la obcecada actitud de un censor de prensa, de apellido Angarita, tan ignaro como sectario, obsecuente servidor de la dictadura de turno en la larga noche del despotismo no ilustrado . El individuo se complacía en rechazar la mayor parte del material informativo que llegaba a sus manos, pero se ensañaba principalmente en los editoriales del Director y en los comentarios que dijéramos de opinión , si cabe el término dentro de un régimen de severa censura oficial. Y llegó un momento en que sin tomarse el trabajo de leer un propuesto editorial, lo rechazaba con olímpico desdén después de rayar cada hoja del texto con un grueso lápiz azul. El era la autoridad y no había lugar a réplica. Esa arbitrariedad, ejercida al amparo de la censura, determinó que el señor García-Peña se presentara personalmente ante el abusivo censor para espetarle con energía: -Vea, Angarita, o como se llame: Usted está extralimitando sus funciones, especialmente contra lo que yo escribo. La suya es una actitud miserable y cobarde, con nombre propio. Lo reto a salir del edificio, y a batirnos a bala, o como usted prefiera, de hombre a hombre.

Le salió al ofendido Director el alma santandereana, y el arrogante censor mostró el cobre. Cuando salió fue para pedir traslado en su trabajo, e intrigar para que la censura no se siguiera aplicando en las propias instalaciones de los periódicos sino en oficinas del gobierno. Algún tiempo después el ingrato oficio se ejerció, en efecto, en el Capitolio Nacional, a donde había obligación de remitir el material a unos anónimos funcionarios, con un mensajero que debía trasladarse otra arbitraria exigencia exclusivamente en el automóvil del Director.

El libro es bueno nos dijo cierta vez refiriéndose al que estaba leyendo sobre la vida de Bolívar. Pero tiene un defecto: no ve sino la parte negra de España.

Y en otra ocasión, ante nuestra observación al responder una carta de la muy deficiente calidad literaria de un soneto que un lector de provincia le dedicaba al señor García-Peña, él nos reconvino con su acostumbrado tono parternal: Sí, es cierto. El soneto es malito. Pero no hay más remedio que agradecer.

Así, burla burlando, daba la impresión de no tener sobre sus hombros la delicada responsabilidad de orientar un periódico de la jerarquía de EL TIEMPO, ni de tener que afrontar amenazas y atentados dinamiteros que pusieron en peligro su vida. Su temperamento habitual era festivo, optimista, dueño de una sencillez y una euforia espontánea y contagiosa, salpicada de ingenio, de gracia picaresca, de chispa . Solía festejar con amplia carcajada algún gracejo oportuno, cualquier ocurrencia ingeniosa, que repetía a sus asistentes de oficina, con cierto juguetón tono confidencial que le daba un grato sabor de cómplice solidaridad, cuando el apunte o la anécdota incluía nombre propio.

Saben ustedes nos dijo en otra oportunidad a su secretaria y a mí, por qué llaman al doctor (X) el Presidente violín ? Pues porque lo sostiene la izquierda y lo maneja la derecha. Y celebraba el gracejo con su risa franca que comunicaba alegría.

Jamás lo envanecieron los honores, que recibía con modestia y sencillez. Ni hizo nunca alarde de su autoridad, que solo hacía notar cuando las circunstancias lo exigían. Discreto pero franco a la vez, evitaba herir susceptibilidades, procurando restañar heridas y olvidar ingratitudes y ofensas. Sabía alejarse de aduladores y serviles, tanto como apreciar la entereza y la lealtad, lo mismo que disculpar los errores ajenos cuando éstos se cometían de buena fe. Si alguna pasión tuvo, ésta fue su amor a Colombia y a su terruño santandereano, su fe en la democracia, su devoción por los principios liberales, la denodada defensa de los derechos individuales y las libertades públicas que consagra la Carta Magna, y el libre e integral ejercicio de la profesión periodística, que él manejó con insuperables nobleza y maestría. Esta última condición fue, quizá, su mejor lección.

De una fidelidad irrevocable a su vocación y sus principios, el postrer día de su existencia EL TIEMPO publicaba el último de sus comentarios dominicales que firmaba con el seudónimo de Ayax. Más de 60 años mantuvo su antorcha en la primera línea del protagonismo nacional, a través de su pluma, mientras en los herederos de su estirpe prolongará su anhelo de continuar sirviendo a Colombia.

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