LOS TRANCONES

LOS TRANCONES

Señor Director: Leí con mucho interés el artículo Una ciudad sin escoltas , donde D Artagnan se asombra por la facilidad para transitar por la ciudad en estas calendas posteriores al 24 de diciembre, por la no presencia de guardaespaldas y por supuesto de sus personajes . Por coincidencia este fue uno de los puntos que detecté como neurálgicos desde el mes de marzo cuando asumí la brega de dirigir el tránsito de Bogotá. Calculaba entonces que más de dos mil personajes de todo tenor generan a través de sus escoltas miles de contravenciones, no siempre por un afán de seguridad, como de notoriedad y algunas veces rayando en lo criminal.

29 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Sin embargo, yo le agregaría a su visión de lo que sería Bogotá sin escoltas, la de la ciudad con gente respetuosa, incluyendo desde luego a los propios funcionarios, si el sentido común pudiese campear e imponerse sobre la sumatoria de pequeñas malas acciones, que individual y diariamente ejecutan los bogotanos con la inocente presunción de que los pocos segundos que están quitándoles a sus conciudadanos en el tráfico, nada afectan al mismo, pero que, estamos seguros, consolidadas pueden totalizar cientos de horas en las que podrían acomodarse miles de vehículos adicionales.

Hemos pensado, por ejemplo, en las horas que pierden 56.000 taxis sobre todo en los períodos pico, negociando las carreras en plena vía arteria; o en el tiempo para uso de vías que los conductores de buses y busetas le merman al tráfico capitalino no sólo por su inveterado irrespeto a los paraderos, sino mientras dan los vueltos a tarifas pagadas con billetes de alta denominación; o las más de cien horas que se pierden en levantar choques simples que a veces no generan reparaciones mayores de 30.000 pesos, pero sí costos de congestión de millones de pesos; o los propios agentes elaborando partes que atascan un carril hasta en 10 minutos, cuando el simple hecho de desviar el vehículo fuera de la vía arteria facilitaría la elaboración del comparendo; o las diarias decenas de sepelios que en contra de la reglamentación avanzan por los carriles rápidos de las autopistas a paso de tortuga; o los cientos de policías acostados construidos por voluntad de pocos vecinos; o los millones de peatones que atraviesan la vía por los sitios donde se les antoja; o por la absurda cantidad de manifestaciones no autorizadas, que comprometen nada más ni nada menos, en todas las ocasiones, la carrera 7a; o las miles de pequeñas compras en los semáforos precisamente cuando éstos se ponen en verde; o las ejecutivas que culminan sus afeites en los semáforos en pleno período pico; o la circulación de vehículos ociosos; o el mal parqueo de los mismos en una ciudad donde da tanto problema el vehículo en reposo como en movimiento; o los malos contratistas e interventores indolentes; o las alcantarillas colmatadas por arena en las zonas de canteras en una ciudad con 177 aguaceros año; o la pobre presencia de intersecciones semaforizadas y el propio control de agentes de tránsito en una ciudad con 45.000 cruces, de los cuales sólo cerca de 600 tienen semáforos y cuando sólo puedo disponer de 250 agentes por turno, totalizando así menos del 2 por ciento del control en esos cruces; o finalmente el hecho de que los bogotanos no saben ser propietarios de vehículos, ya que en una ciudad donde ruedan 700.000, en menos de 3.500 kilómetros carril de vías, el 50 por ciento de aquellos tiene más de 15 años en uso y adolecen de un mantenimiento regular, generando así un sinnúmero de varadas que, a su vez, les imponen a los restantes usuarios restricciones de carriles, nuevos accidentes y el ya constante y endemoniado mal genio de los bogotanos.

Asimismo, cabe destacar que si alguien pudiera definir la ciudad, concluiría por ejemplo que en condiciones normales está diseñada para que los vehículos transiten a 20 Km. por hora y en un volumen de 800 unidades hora/carril. Esto implica que cada minuto en un carril deberían transitar un mínimo de 14 y cada cuatro segundos un vehículo. El problema está en que en cada hora coinciden miles de estas malas acciones en toda la ciudad y por consiguiente les estamos impidiendo también a miles de personas un tráfico fluido. Por eso nuestro propósito ha sido y lo seguirá siendo el hacer usar óptimamente la infraestructura vial; sancionar con mano fuerte y así aconductar; el de educar, el de hacer ver que una concepción de solidaridad y decencia en el manejo harían más vivible la ciudad; por ello nuestros recursos se invirtieron en proveer más y mejores agentes, más semáforos, más radios y motocicletas y buscar más cultura ciudadana.

No es un secreto que todas las ciudades del mundo que superan los cinco millones de habitantes padecen altos niveles de congestión. Tampoco lo es que mientras proveen sistemas masivos de transporte, como es nuestro caso, estas se hacen, por lo menos, llevaderas cuando el respeto a las normas, a las señales, pero fundamentalmente a los demás se impone y les permite seguir creciendo con una movilidad que excluya el individualismo y se fundamente en la solidaridad y en el amor a esa ciudad. Secretario de Tránsito y Transporte

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.