DUEÑOS Y SEÑORES

DUEÑOS Y SEÑORES

El doctor Sabas Pretelt de seguro se siente realizado porque la actividad que más creció en 1993 fue, sin duda, el comercio. En Bogotá, al menos, no hay zona, calle, andén, que no estén invadidos de mercancías. Centros comerciales, boutiques , almacencitos modestos, garajes, casas de familia estaban, para Navidad, atestados de productos de todas partes del mundo. Por eso en esta ciudad, paraíso terrenal de los compradores, se encuentra de todo; hasta arroz italiano a 9.000 pesos el kilo. Compradores también hubo a rodos. Síntoma de que hay mucho circulante, de clara o de oscura procedencia. Pues no se puede ocultar que las amplias medidas de la apertura facilitaron al máximo el lavado de dólares. La cantidad de dinero rodante se usó para importar lo habido y por haber; y sobró mucho para hacer compras. En enero se sabrá si los cargamentos de mercancía importada se vendieron. Lo que sí está claro es que la industria nacional sufrió un golpe de muerte. Ojalá no haya pasado a mejor vi

27 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Hicieron sí su agosto en diciembre los publicistas. Se les multiplicó el trabajo y los presuntos consumidores fuimos abrumados con cataratas de folletos, separatas, hojitas sueltas que anunciaban mil novedades y ofrecían jugosos descuentos, como pague dos y lleve tres y cosas por el estilo. A tal punto fueron copiosas y agresivas las campañas publicitarias, que mucha gente terminó confundida y angustiada ante tanta oferta y sin leer tan brillante literatura la arrojó al cesto. Cosas que pasan en un país que acostumbrado por años a las restricciones y a la austeridad, se vio lanzado sin frenos al consumismo.

Y además de la publicidad tradicional en los medios, la ciudad está llena de pasacalles que anuncian ajiacos, pavos rellenos, pasteles de Navidad, ropa interior recién desempacada, juguetes gringos, etc. Son bandas de colores que cruzan de lado a lado las vías principales, ocultando muchas veces el semáforo de la esquina con el consiguiente peligro para choferes y peatones. Es una polución visual que no da tregua y que se complementa con los descomunales anuncios murales de algunos negocios que anuncian en las fachadas, con letreros rechinantes, sus ofertas.

A la vista está que no existen leyes que regulen en unos casos el uso del espacio público; y que se puede pecar contra la estética y el buen gusto con la más absoluta impunidad.

Estando las cosas como están, sería mucho pedir que, de algún modo reglamentaran el derecho a la publicidad y el uso del espacio público? Y no sobraría que se estableciera algún límite al derecho de anunciar, pues la polución visual es aterradora; se está abusando de la ciudad, y a la ciudadanía le han robado el paisaje al atiborrarlo de anuncios y pasacalles.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.