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Los rasgos del déspota

Los rasgos del déspota

Las piezas del retrato robot de Hugo Chávez empiezan con un coronel golpista y continúan con los bríos mesiánicos de un líder del neopopulismo, montado desde el principio sobre el descrédito y la colosal corrupción de los partidos políticos de su país.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
24 de enero 2008 , 12:00 a. m.

Además de ser la consecuencia de fracasos estructurales de los modelos sociales y económicos del neoliberalismo, Chávez es un producto hecho con retazos de caudillismo reformista y autoritarismo militar. La terquedad racionalmente calculada de su “revolución bolivariana” pretendería convertir en éxitos, gracias a la fortuna de la producción petrolera, lo que han sido fracasos en otras experiencias socialistas.

Chávez confundía en un principio fascismo y socialismo. Recordemos al asesor de su primer gobierno. Poco después decidió batir en la misma licuadora el castro-guevarismo con el espíritu castrense de su formación profesional, preservando libertades formales que le den validez a una democracia vigilada, gradualmente estrangulada por la concentración de poderes en cabeza del Presidente.

Vista una parte del retrato político de Chávez, se puede decir que su altanería y autosuficiencia han sido alimentadas por el síndrome del nuevo rico, cuya expresión más acabada se encuentra entre los mafiosos latinoamericanos.

Hace de su discurso redentorista una prédica religiosa: apela a la fe de sus seguidores, los sermonea durante horas y los azuza para que defiendan la causa que el predicador cree única y justa.

De allí que todo desacuerdo con él y su gobierno sea traición y herejía.

Cuando lo vencieron en las urnas, dijo que el triunfo de sus opositores había sido un “triunfo de mierda.” No es curioso sino revelador que dos de los mejores clientes comerciales de Venezuela sean Estados Unidos y Colombia. A los presidentes de ambos países increpa con su verborrea cuartelaria.

Chávez es un hombre complejo capaz de parecer elemental y campechano. Sin embargo, como hombre temperamental, la velocidad de su verborrea parece no corresponder al ritmo lento de su pensamiento.

Explota entre su público un histrionismo que sigue dando resultados mediáticos. No le importa confundir la sinceridad con la grosería. Debe de pensar que el insulto al opositor es mediáticamente más rentable que la discusión argumentada y la construcción de un modelo alternativo de sociedad.

Es manirroto con quienes lo apoyan, pero pendenciero, mezquino e insultante con quienes lo abandonan o combaten.

La querella que lo enfrenta al presidente Uribe es mezquina. Y lo es, no porque Uribe lo haya defraudado en algún asunto relativo al intercambio humanitario, sino porque ambos han pretendido capitalizar políticamente la liberación de los secuestrados y un eventual acuerdo humanitario entre el Gobierno colombiano y la organización subversiva.

Al hacernos creer que es un interlocutor respetado por las Farc y, presumiblemente, su aliado, Chávez explota miserablemente el dolor de las víctimas. Pretende chantajear a Uribe al conceder estatus de beligerancia a la guerrilla, estatus que la comunidad internacional sigue rechazando. Pero no afrenta ni chantajea a Uribe; nos afrenta a los colombianos con su intromisión indebida cuando la guerrilla no ha renunciado aún a sus métodos terroristas y persiste en la obstinación de tomar el poder por las armas.

Pero aún así, no existe argumento razonable que justifique tanta inmundicia verbal ni sentimiento nacional que permita arrojar teas encendidas sobre unas relaciones averiadas por culpa del presidente Chávez

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