Un toro para Manrique

Un toro para Manrique

Qué gusto da ir a los toros cuando se ve que la plaza está entendiendo, en el silencio de la expectación o en el griterío del entusiasmo, o en el suspiro de la decepción. Y esta plaza de Santamaría entiende más cuando está a medio llenar, como estuvo este domingo: porque han anunciado la corrida desdeñosamente llamada “de los colombianos”, y en consecuencia solo ha venido la gente que quiere ver toros, y no la que va para que la vean en los toros.

22 de enero 2008 , 12:00 a.m.

Y qué gusto da ver las cosas bien hechas. Por parte de la empresa: el ruedo bien barrido y afirmado, el cielo con manchas de azul y sol, los caballos flamantes de los alguaciles, que ya no son bestias de tiro sino caballos de monta. Por parte del ganadero: los toros de Guachicono serios de cornamenta, preciosos de presencia (dos negros zaínos, tres burracos salpicaos, un castaño ojo de perdiz con el hocico rosado). Por parte de los toreros: la disposición decidida de los matadores, la eficacia de las cuadrillas. Qué bien. Hasta la policía es amable.

Y qué gusto da cuando rompe en el ruedo el primer toro y lo saluda una ovación de respeto, porque es un toro de verdad. Un toro hermoso, arrogante de fuerza y de alegría, con los altos pitones veletos como las velas blancas de un velero en el mar, hecho para embestir con fijeza y con ganas. Y encima, bravo como los toros bravos. Y delante un torero bueno “como los toreros güenos”, y hecho un cromo: vestido de espuma de mar florida de bordados de oro y con los cabos de azabache, fucsias la faja y el corbatín.

Y decidido: Pepe Manrique estuvo toreando toda la tarde, y eso no es cosa frecuente (ni en él ni en casi ningún otro). Toreó a su toro bueno y a su toro malo. Al manso rajado que le tocó de cuarto, al que supo retener, sujetar, obligar; y al noble y encastado que salió de primero, con el que desplegó su habitual limpidez de elegancia y una decisión que no le estábamos viendo desde sus comienzos de matador de toros, que empiezan ya a estar lejos. Templadísimo con la muleta, tanto por el franco pitón derecho como por el incómodo izquierdo. Y sapientísimo con el capote. Para explicar eso de que “toreó” voy a poner el ejemplo de su tercio de quites, que remató con una espléndida revolera en la que el toro iba toreado: si en un remate el toro va toreado es porque ya venía toreado, quiero decir, llevado por el torero, desde antes. Torear es eso: llevar toreado al toro.

Una gran estocada, y una muerte de toro bravo, que no quiere morir por bien que lo hayan matado.

Después de ese primer toro, la corrida fue dulcemente cuesta abajo, pues sus hermanos de camada, tan imponentes de salida como él, se fueron apagando y en algún caso rajándose de mansos. Pero se vieron todavía cosas bellas. El galope creciente de un toro que sigue el capote a una mano del peón de brega hasta que lo obliga a esconderse de un brinco detrás del burladero; el esforzado brazo de Sebastián Vargas en unas tandas de muleta, y sus pares de banderillas clavados “al violín” esperando en las tablas; la ayuda paciente de Paco Perlaza a sus dos toros, cortísimo el uno y caminador el otro. Y, por parte de los subalternos, el salto de delfín del banderillero Hernando Franco, el gordo mimado de la plaza, la brega breve y eficiente de Ricardo Santana, los dos magníficos pares de banderillas de Jaime Devia.

Los que no van a ver la corrida “de los colombianos” es porque son idiotas

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