PELIGROSAS ESCUELITAS

PELIGROSAS ESCUELITAS

No se puede tomar con ligereza la venida a Colombia de un batallón norteamericano de ingenieros militares, dizque para construir escuelas, hospitales y carreteras en una zona muy deprimida del Valle del Cauca. Tampoco se puede ser tan ingenuo. Las acciones humanitarias de los Estados Unidos por lo general terminan mal (ver caso Somalia), y en un país tan violento como el nuestro, con unas guerrillas y unos carteles del narcotráfico que posan de nacionalistas, estos militares, enviados de buena voluntad, se pueden convertir en objetivos militares de quienes estarían interesados en provocar al gigante del Norte e inducirlo a un conflicto armado. Casi siempre, en lo que se recuerde de la historia de las múltiples intervenciones gringas en otros países, esas misiones despiertan enormes sospechas. El público en general las recibe con beneficio de inventario. En el caso que nos concierne es bien curioso que hayan escogido el Valle, centro de operaciones de uno de los carteles más poderoso

26 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Por cualquier lado que se mire, la visita de esta brigada militar norteamericana huele mal. La presentación y explicación hechas por el Gobierno y las Fuerzas Armadas, por intermedio de la Armada Nacional, no son nada convincentes. Un hombre serio y ponderado como el gobernador del Valle, Carlos Holguín Sardi, protestó al no haber sido informado de la llegada de tropas norteamericanas a su departamento. Y francamente es difícil explicarse qué hacen en territorio colombiano ingenieros militares construyendo puesticos de salud y escuelitas.

Es inevitable pensar en que estos hombres de gran corazón van a hacer algo de inteligencia a las organizaciones que desde el occidente colombiano inundan de droga los mercados norteamericanos. Refleja un poco esa permanente necesidad o vicio del Pentágono de estar metiendo las narices en los asuntos internos de otros países. Y ahora que, terminada la guerra fría, ha quedado un poco desprogramado y sin mucho que hacer, a lo mejor estará coqueteándole a la idea de iniciar unas mini-guerras cuyo objetivo sea perseguir lo que queda de barones de la droga. No hay que olvidar, además, que en Estados Unidos influyen mucho ciertos sectores duros de la opinión pública a los que les encantaría ver que sus tropas fueran a otros países a cazar narcotraficantes.

De todas maneras, es una operación llena de riesgos. No quiero ni pensar en la reacción de los norteamericanos de ser asesinado uno o varios de sus soldados. Estoy seguro de que en menos de 24 horas los integrantes del batallón estarían armados hasta los dientes y pasarían de 150 a 1.000. Y empezaría la movilización de la opinión pública para que se encontrara y castigara a los responsables. Vendría después la orden de la Casa Blanca de desplazar a aguas territoriales colombianas naves de guerra. Es un poco lo que sucedió en Somalia. La historia se repite y la conocemos de memoria. Y aunque a lo mejor está lejos de que pueda ocurrir algo así en Colombia, es bueno tener muy presente la posibilidad de que una obra de caridad y colaboración pueda convertirse en poco tiempo en una guerra de bajo nivel.

Ojalá las obras queden bien hechas. Y mientras más rápido, mejor. Simplemente para que se marchen pronto y evitar así que se vuelvan un dolor de cabeza para el gobierno y para los colombianos. Tener a tantos militares norteamericanos concentrados en una región del país puede ser una peligrosa tentación para tanto grupo armado buscapleitos que anda por ahí suelto.

Es tan inoportuno como sospechoso el que tropas norteamericanas terminen resolviendo nuestros problemas sociales. Algo más debe haber detrás. Ojalá no sea uno de esos golazos que les hacen los militares a los gobernantes. Cuesta trabajo, además, creer que Gaviria le hubiera dado el visto bueno a tan espinosa invitación. No se puede caer en la trampa tan fácilmente.

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