VISITA A CHINA

VISITA A CHINA

Son muchas las gentes que quieren enterarse acerca de China. A algunas personas las mueve un interés puramente turístico, la Gran Muralla, la Plaza Tiananmen, los soldados de Terracota de Xian... A los más, después de haber visitado a China por más de una vez, nos interesa su desarrollo económico y social. Una cosa es registrar el crecimiento en las estadísticas y otra, sentirlo, verlo, contemplarlo. Hoy en día es un espectáculo incomparable el salto hacia el futuro que está dando la República Popular China.

26 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Lo singular de este proceso es la desinformación que existe con respecto al fenómeno chino. Parecería que en forma deliberada el Occidente quiere limitar el alcance de cuanto está sucediendo. Se sabe que el P.I.B. está creciendo entre un 12 y un 14 por ciento anual y que Beijin es hoy en día una gran metrópoli. Más aún: A flor de labio surge la pregunta de cuándo la China alcanzará al Japón. Yo creo que esto ya está ocurriendo.

Existen dos Chinas, y no precisamente la China Continental y la consabida China de Taiwan, sino una China del Primer Mundo y una China del Tercer Mundo, ambas sobre el territorio de la China Continental.

La primera, con 120 millones de habitantes está localizada en la costa y es a todas luces otro de los países del Pacífico asiático, con la ventaja de contar con un mercado de 1.200 millones de consumidores en su patio trasero. Si se piensa en el crecimiento del 12 por ciento de la China total, forzoso es concluir que para llegar a ese promedio la China desarrollada debe aportar un crecimiento del 18 por ciento o el 20 por ciento, como no se ve en ninguna otra parte del mundo.

Algunos indicadores de esta situación saltan a la vista en forma de anécdotas. Diecisiete hoteles de cinco estrellas y de más de 30 pisos brotan de la tierra en solo Beijin. Mientras en Occidente se van formando tugurios alrededor de las ciudades, en China ocurre exactamente lo contrario, o sea, que en el corazón de las ciudades surgen, como hongos, edificios gigantescos, mientras los antiguos tugurios se ven sustituidos por edificios cómodos pero no lujosos, propios de una clase media baja. El turista que va recorriendo por tierra la región costanera se encuentra súbitamente con una ciudad que no figura en el mapa de las carreteras y cuando pregunta le explican que el mapa era el del año en curso y la ciudad surgió con posterioridad a su distribución. No figura en la carta porque tiene menos de un año, pero ya es una ciudad con todas las de la ley.

Qué ha sucedido? Sobran las explicaciones, pero yo quisiera acogerme a las más plausibles. La inversión extranjera es gigantesca. Quienes pensaban, a raíz de la caída del Muro de Berlín, que la inversión en Europa Oriental, empezando por la propia Unión Soviética, iba a absorber el flujo de capitales europeos, asiáticos y americanos, se equivocaron de medio a medio. A donde se ha encauzado la inversión extranjera es hacia China. Basta considerar, para el caso colombiano, de qué manera varias compañías petroleras han cambiado a Colombia por China, pese a la creencia, difundida por los trabajadores de Ecopetrol, de que aquí la participación del inversionista es la mayor del mundo. En un estado comunista, como es China la participación es comparable, si no mayor. Lo que aquí conocemos como contrato de asociación, que en el mundo se conoce como joint ventures, apelando a la lengua inglesa, rige no solamente para la minería sino para toda clase de negocios. El Estado es socio en las empresas más variadas desde los hoteles hasta los bancos, y en las proporciones propias de un mercado que es la quinta parte del mundo. Las ventas de un complejo electrónico norteamericano, en 1992, según confesión privada de su propio representante en Beijin, ascendieron a 3.000.000.000 de dólares. Para 1994, la meta son 5.000.000.000 de dólares. Una suma sensiblemente igual a todas las exportaciones colombianas en un año.

Ya, en el caso chileno, se había comprobado, bajo el gobierno del General Pinochet, de qué manera la apertura económica se hace mucho más viable en los regímenes dictatoriales que en aquellos en donde se practican todas las libertades democráticas. Idéntico fenómeno sucede en la República Popular China. Es el neoliberalismo en lo económico y el viejo espíritu imperial de las instituciones que siempre ha regido en China. No existen negociaciones salariales entre los voceros de los trabajadores y el Estado o los capitalistas extranjeros. La huelga, como la concebimos en este hemisferio, es una institución desconocida. En una economía recalentada como la actual, la lucha contra la inflación no tiene las barreras que limitan la acción de los gobiernos en otras latitudes. Si la consigna es exportar, como en efecto lo es para los industriales de la primera China, la de los 120 millones de habitantes, que trabajan en sucesivos turnos las 24 horas del día, la competitividad se alcanza reduciendo los salarios a cifras insignificantes, si se consideran en abstracto. En ciertas ramas de la actividad económica el salario mensual de la mano de obra equivale a medio día en los países desarrollados de Occidente. El caso de la joyería en Irlanda es citado como un ejemplo. La hora del artífice en China vale medio centavo de dólar a tiempo que a este lado del Atlántico, en Europa, vale 25 dólares. Quién puede competir en semejantes condiciones con la mano de obra china? Es lo que explica por qué firmas como Christian Dior y Saint Laurent ya tienen localizada gran parte de su producción en masa en las ciudades de la Costa China. Pero, aun en industrias como la aeronáutica, que no demandan una gran cantidad de mano de obra, los chinos van tomando ventaja. No pocos de los aviones Douglas DC-6 se fabrican en esta región del planeta.

Con todo, atenerse al valor nominal de los salarios, entre 25 dólares y 75 dólares, su equivalente monetario al mes puede ser un espejismo. Son tantos los beneficios que el ciudadano deriva gratuitamente del Estado que esta suma no puede compararse en términos monetarios con un monto igual en el mundo capitalista. La educación, la salud, la seguridad social y, sobre todo, el empleo, corren por cuenta del paternalismo propio del Estado-bienestar. Es lo que los propios dirigentes chinos llaman la economía de mercado socialista. Un sistema en el cual el mercado desempeña un papel condicionado por una intervención del Estado sui generis . El caso de la agricultura, que fue la semilla del sistema, es altamente ilustrativo al respecto. Tradicionalmente China había sido un país sin ninguna seguridad alimenticia. Las hambrunas eran de tal manera un rasgo tan característico de la China clásica que la leyenda era la de que las mujeres ahogaban a los recién nacidos en el cauce de los ríos ante la imposibilidad de garantizar su supervivencia frente a la escasez de alimentos. En vano se quiso remediar este déficit por medio de las comunas, propias de los primeros años del régimen comunista y durante la llamada Revolución cultural . En ninguna parte tuvo éxito el principio de sustituir la iniciativa privada en la agricultura por la mano del Estado. En los estados comunistas de Europa Oriental, pero en particular en la propia Unión Soviética, la crisis de alimentos acabó dando al traste con el régimen. China optó por fomentar los cultivos mediante el ingenioso sistema de dar la tierra en arriendo a los campesinos, brindarles crédito y asistencia técnica y aceptarles el pago en especies de parte apreciable de su producción. El resto lo conservaba el agricultor para venderlo libremente en el mercado, sometiéndose a las leyes de la oferta y la demanda. Al mismo tiempo, el gobierno almacenaba la parte que le correspondía en especie para regular los precios. Algo como la intervención de la Banca Central en la tasa de cambio. Tan pronto como suben los precios en lo que se considera excesivo, el Estado pone en circulación su participación en los productos de la agricultura para regular la oferta. El éxito de la operación produjo en su momento el caso extraordinario en la civilización contemporánea de que la gente de las ciudades se desplazara hacia los campos, descongestionando la presión urbana de los países del Tercer Mundo.

Hoy en día, China es un exportador de productos agrícolas que pesan sobre el mercado mundial, como es el caso del algodón. Será cierto que hasta Colombia están llegando ajos y cebollas de la misma procedencia? Es lo que me aseguran algunas personas vinculadas al sector agrario. Sea de ello lo que fuere, los incentivos son tales que hasta las propias agencias internacionales han fomentado el cultivo del café en un país que no lo consume y cuando hay una superproducción universal. Recientemente 15.000.000, de dólares se destinaron para tal propósito.

El giro de las nuevas políticas es tal que, mientras en los años sesentas y setentas se sindicaba a la planeación familiar como un invento del imperialismo para asfixiar el crecimiento de los países en desarrollo y en consecuencia se fomentaba el crecimiento demográfico, la regla hoy en día contra el desbordamiento demográfico es tan radical que al matrimonio que tenga más de un hijo se le reducen los subsidios, y salvo en el caso de que el recién nacido sea mujer, por una sola vez se puede pensar en buscar el varón.

Es la competencia que le ha surgido a Profamilia en materia de trofeos en la lucha contra la explosión demográfica.

Con todo, cada año nacen tantos chinos como habitantes tenía Colombia según el último censo.

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