ABELITO VILLA, ESCALONA Y CÍA.

ABELITO VILLA, ESCALONA Y CÍA.

Meira Delmar no habría sido menos poeta si no fuera admiradora de la música Vallenata calificada así por ser originaria de la región de Valledupar pero sí me habría extrañado que no confesara esa admiración. Precisamente Abelito Villa, el más conocido de los intérpretes y compositores de esa música, nos decía a Manuel Zapata Olivella y a mí, en una noche de fiesta en Valledupar, que quien compone un merengue es como el que hace una jaula . Abelito que no ha leído nunca el ensayo Poesía inconclusa de Andrés Holguín es un cantor que sabe callarse a tiempo , y como lo pidió antes Menéndez Pidal, como lo exige el ensayista citado y no entró a desarmar en piezas su frase afortunada, sino que la dejó en el aire, flotando en su ambiente de misterio y belleza. Los auditores y no precisamente porque hubiéramos leído a Andrés Holguín preferimos que la frase quedara sin aclaración, exactamente como estaba: componer un merengue es como el que hace una jaula . He recordado todo esto porque

26 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Quien haya tratado de cerca a los juglares del Magdalena que son muchos después de Enrique Martínez, Miguel Canales, Emiliano Zuleta podrá salirme fiador en la afirmación de que no hay una sola letra en los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí, no cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero poeta. Exactamente como los juglares de la mejor estirpe medieval.

Una de las características esenciales de estos músicos silvestres es su ingenua vanidad. Como consecuencia de ella, surge la rivalidad entre los diferentes compositores que muchas veces ponen término a una controversia sostenida durante largas horas de acordeón a acordeón dándose física y concretamente con los trastos en la cabeza. Tal vez esa vocación, esa unidad profesional, haya sido la causa de que los acordeoneros tengan un mundo aparte, una religión propia, de los cuales muy pocos mortales han tenido noticia. Es así como los compositores del Magdalena visitan con regularidad a Pacho Rada, el anciano patriarca que tiene su feudo espiritual en las regiones de Plato, como una ceremonia indispensable para quienes no desean seguir perteneciendo a esa santa hermandad de los acordeoneros.

Fue precisamente en Plato donde Abelito Villa me contó aquella famosa anécdota del Pontífice Pacho Rada quien fue detenido por un corregidor arbitrario que probablemente no contaba con el fervor popular que rodea al acordeonero mayor. Lo cierto fue que Pacho Rada se sentó a tocar acordeón y a improvisar canciones dentro de la cárcel, hasta cuando el pueblo se amotinó, dio libertad al preso y expulsó a palos al corregidor. Desde entonces, ningún juglar del Magdalena es encarcelado con el instrumento, que tiene para ellos mucho de ganzúa, mucho de llave maestra.

Para que nada haga falta en ese mundo distinto, allí está el gran lutero del vallenato que es el indio Crescencio Salcedo. De ascendencia goajira, este compositor que es además yerbatero , como se dice no ha querido aceptar matrícula en la cofradía y es un músico suelto, a quien sus colegas no reconocen méritos ni dan tregua de ninguna índole. Pero alguien me dijo alguien que se vio sometido después a las represalias de Abelito Villa que Crescencio Salcedo es el autor nada menos que de la Varita de Caña y El Cafetal. Lo que le da, sin duda, suficientes méritos para ser un protestante respetable.

Otro día hablaremos de Rafael Escalona y de las ventajas que ha obtenido frente a sus cofrades por la significativa circunstancia de ser bachiller del Liceo Celedón de Santa Marta. Escalona es hoy el intelectual del vallenato y sus colegas de alpargatas y sombrerón alón como el compáe Chinuco están satisfechos de que así sea. Por hoy deben agradecer los lectores que se le haya terminado el cuello a la jiraba.

Rafael Escalona Hace algunos días prometí hablar del compositor folclórico Rafael Escalona. Ayer recibí una llamada telefónica y no me fue difícil reconocer, al otro extremo de la línea, la misma voz discreta, mesurada, que en tantas noches de buena fiesta he admirado en la letra y la música de El Trajecito, El Cazador, El Bachiller, y en otras canciones nuestras que ya andan incorporadas al patrimonio popular. Pocas horas después Rafael Escalona me hablaba de su gente, de aquella novia inolvidable a quien una tarde le pidió, con palabras de música, que se pusieran el mismo trajecito ese que tiene flores pintadas... con que había hecho su advenimiento al amor. Porque le música de Escalona está elaborada en la misma materia de los recuerdos, en substancia de hombre estremecido por el diario acontecer de la naturaleza.

Como Sansón Carrasco, el autor de Honda Herida, podría considerarse como el bachiller de los compositores vallenatos. A Abelito Villa lo bautizó el admirable Clemente Manuel Zabala con el nombre de El Faraón , tal vez por motivos más hondos que su poderoso cuello faraónico. Escalona lo había dicho ya es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía. Es un hombre joven, discreto, de pocas palabras. Casi puede decirse que sólo abre la boca para decir la letra y la melodía de sus propias canciones, como si no tuviera el mundo, para él, un idioma más adecuado y explosivo que el de su música.

No quiero continuar sin hacer la advertencia tantas veces comentada con él mismo de que Escalona no ha tenido suerte en sus grabaciones. Abelito Villa canta y se acompaña el mismo con un acordeón inigualable. A todo lo largo del río Cesar, no hay compositor que no lleve, como equipaje insustituible, su acordeón trasnochador y nostálgico. El caso de Escalona es distinto, porque es quizá el único que no conoce la ejecución de instrumento alguno, el único que no se convierte en intérprete de su propia música. Simplemente, canta como lo va dictando el recuerdo y permite que a sus espaldas venga la ancha garganta del pueblo, recogiendo y eternizando sus palabras. El no se encierra en el laboratorio a resolver sus ideas con instrumentos. Concibe la fórmula, la dicta, y eso le basta para ser el compositor más popular en su propia tierra, y uno de los mejores fuera de ella.

De allí que ninguno de los discos que todo el día y toda la noche están girando en el país, moliendo la música de Escalona, sea exactamente igual, en cantidad de belleza, a lo que él mismo compuso sin otro propósito que el de arrancarse una espina demasiado punzante para sobrellevarla. Guillermo Buitrago grabó El Cazador y creo si Rafael Escalona no opina lo contrario que es una de las mejores interpretaciones de Buitrago, con todo y que no responde exactamente a la creación original.

En cambio Honda Herida, acaba de salir de los hornos de la grabadora Fuentes, es en mi concepto una de las composiciones más hermosas de Escalona y, al mismo tiempo, una de las más lamentablemente interpretadas. Escalona ordenó recoger el disco cuando ya era demasiado tarde. Sin embargo, Honda Herida, dentro de algunos días, gozará de una extraordinaria acogida, porque la salva su raíz de poesía. Una dura y estremecida raíz, capaz de sobrevivir a las interpretaciones mediocres.

Escalona sabe cómo le agradecemos los hombres de la Costa Atlántica su diaria tarea de belleza. Sabe cómo le agradecemos sus amigos su franca y casi fraterna amistad. Y debe saber, ahora, que esta ligera nota de saludo no pretende sino corresponder, hasta donde ello sea posible, a ese gran favor que nos está haciendo con su música. Una nota que no sería menos sincera ni menos entusiasta, si no contáramos con el grato privilegio de su amistad personal.

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