PROTECTORES DE LA CIUDAD

PROTECTORES DE LA CIUDAD

Escribí mi tesis de grado sobre la Policía. Pensé primero hacerlo sobre derecho internacional. Un reciente decreto que reglamentaba, al fin, la carrera diplomática me ofrecía las mejores opciones para iniciarla. Al comentar mi decisión con Miguel Lleras Pizarro, el más lúcido de mis consejeros, no le advertí que en realidad estaba soñando con tierras lejanas, con París, con Londres, con Roma, tal vez con Estambul. Lleras adivinó mi entretención. No, me dijo. Estás completamente equivocado. No salgas nuevamente del país. Colombia necesita a su gente joven. Yo veo venir una tremenda crisis de orden moral. El colombiano está distraído. No hay un propósito nacional. Los estudiantes que salen de la universidad deben quedarse aquí... analizar nuestros problemas que son innumerables pero, sobre todo, revisar a fondo nuestras instituciones.

26 de diciembre 1993 , 12:00 a.m.

Nuestras instituciones? Cuál, por ejemplo.

La más olvidada, la menos estudiada y, probablemente, la más noble de todas: la Policía.

Nunca me había detenido a pensar sobre la importancia de la Policía, tema sobre el que tenía una idea difusa y me avergenza recordarlo más bien despectiva. Pero, en cambio, tenía el más alto concepto sobre la rectitud de Miguel Lleras. Su encendido amor a la verdad y a la justicia, su probidad, y ese dolor de patria que caracterizó a los grandes patricios de nuestra historia cancelaron mis veleidades de diplomático en cierne.

Tomé las cosas muy en serio. Acepté el cargo de secretario general de la Escuela de Policía General Santander para involucrarme de verdad en la teoría y en la práctica de la institución, para hablar de Policía en la mañana y en la tarde, antes de iniciar las extensas y silenciosas jornadas de la noche en archivos y bibliotecas, donde rastreaba hasta en los más ocultos pliegues de la historia cuanto pudiera ilustrarme sobre la institución de Policía.

Esas indagaciones a través de los libros, de las épocas, de los países, de las diversas formas de gobierno, de la guerra y la paz, significaron para mí un viaje mucho más atractivo y suscitador que los que habría podido emprender como diplomático.

Recuerdo hoy mis incursiones por el código de Manú, en la India, por las leyes que Moisés imponía al pueblo hebreo, por la Roma de los gladiadores que un día me dejó entrever por primera vez, en la barahúnda de los mercados y de los baños públicos, la clámide de los Ediles o Curatores Urbi. Seguí tras ellos sigilosamente por los vericuetos de las calles de Roma y descubrí que se detenían finalmente en las altas puertas del templo de Ceres, donde se guardaban los Archivos del Estado y la Ley creadora del Tribunado. Roma dignificaba sus funciones con una investidura sacerdotal. El emperador Augusto alojaba a estos funcionarios de Policía en amplios edificios de mármol dotados con gimnasio, piscinas y extensos locales de recreo para las reservas que no estuvieran de servicio en las calles.

Ciudadanos confiados A medida que avanzaba en mi tesis esta imagen de la primera Policía, imponente, se fue desdibujando y haciéndose cada vez más opaca en la larga cadena de sucesores imperiales de Augusto hasta sufrir su primer eclipse total en las invasiones de los bárbaros. Y llega la Edad Media. Aquellos Curatores Urbi de la perdida Roma reaparecen. Su traje es diferente. La clámide flotante se ha cambiado por estrechas calzas de lana. Su rostro ha entristecido. Pero su función es la misma: tutelar la ciudad, cerrar sus puertas, recorrer las murallas, mientras los ciudadanos duermen, confiados.

Sigue pasando el curso de la historia y aparece sobre los polvorientos caminos de Castilla uno de los policías más abnegados y valientes de que hasta entonces se tuviera noticia: don Quijote, consecuencia de la Santa Hermandad, protector de caminantes, desfacedor de entuertos, alivio de los débiles, es decir, depositario de las más enaltecedoras funciones que puedan atribuirse al servicio de Policía.

Para cumplir honorablemente con el deber que me imponía el muy ambicioso título de mi Tesis de Grado La Policía, su origen y su destino , indagué cuanto estuvo a mi alcance en las policías de Francia, de Inglaterra, de España, de Estados Unidos.

Cuando aboqué el estudio de la Policía colombiana ya estaba cautivado por la importancia y la nobleza de la institución. Me obsesionaba de manera especial la reiterada injusticia con que había sido tratada por los gobiernos de todas las épocas que al sentirse en apuros, desvirtuaban su vocación civil y la armaban apresuradamente convertiéndola en guardia personal. El péndulo de la historia señala que a los gobiernos estables corresponde una Policía tutelar y que los gobiernos impopulares creen hacerse fuerte poniendo en manos de la Policía las armas que pertenecen al Ejército.

El Ejército. He aquí la referencia inevitable. Toda la historia de la Policía, desde su creación hasta hoy, está relacionada con este vecino incesante que tantas veces la ha abrumado, que la abraza, la seduce, la conduce o simplemente la acompaña de acuerdo con la cultura política de las naciones que en el mundo han sido.

Tendencia marcial Cuando el señor general Alvaro Valencia Tovar me solicitó estas palabras de introducción al volumen Historia de la Policía en Colombia, me sugirió que en ellas aludiera al deber ser de la Policía dentro del marco de nuestras instituciones. Ocurre que la tesis fundamental de mi ensayo sobre la Policía consiste precisamente en presentar este reclamo: Es necesario volver a la Policía, pensar en ella, en sus fueros, en sus necesidades, en su categoría de institución... Han transcurrido 44 años desde cuando entregué a mis examinadores ese estudio para optar al grado de abogado en la Universidad Nacional. La vida me llevó a otros quehaceres y no volví a tener contactos directos con el proceso orgánico de la Policía.

Hoy he leído de nuevo aquellos renglones y me felicito de haber sido aquel joven contradictor que acompañó a nuestra Policía en su muy largo recorrido desde los días de la Colonia hasta las vísperas del 9 de abril, para concluir en que la mayor desvirtuación de esta fuerza civil consiste en que se le aplique la disciplina militar. Esta verdad que reveló por primera vez en nuestra historia el comisario francés Juan Marcelino Gilibert, contratado por el gobierno de don Carlos Holguín 1898-1992, fue contradicha medio siglo después por la Misión Chilena a la cual vamos a reponderle con las palabras de aquel joven estudiante de 1946: Sinceramente creemos que es ya tiempo de rectificar esta tendencia hacia la marcialidad, bastante embriagadora, que impuso la Misión Chilena y que aún ostenta nuestra Policía. Las marchas simultáneas, la uniforme energía, los contornos de bloque, que asumen las fuerzas preventivas cuando se presentan en conjunto, aun en las circunstancias más ordinarias del servicio, hacen que el observador desprevenido se pregunte: dónde está el enemigo, dónde el objetivo que estos escuadrones se preparan a demoler? En realidad no lo hay, la Policía va a obrar en un territorio disperso, sin tenderse, sin arrodillarse metódicamente, sin girar en varios tiempos.

Estos despliegues que tienen indudable belleza plástica y exaltan la gallardía de los funcionarios policíacos, por otra parte van ganando poco a poco todo su temperamento profesional y dándole una conformación agresiva, contraria a la esencia de la Policía .

Y agreguemos que, a más de civil , la Policía debe ser jurídica, profesional y apolítica .

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.