Se cayó la careta

Se cayó la careta

Uribe y Chávez se hacían pasito. En la concordia, ambos atendían el interés nacional de países unidos por la gesta de Independencia común, el comercio y la extensísima frontera que habla la misma lengua. Los presidentes se toleraban, pero los idearios eran y son diametralmente opuestos. Agua y aceite.

18 de enero 2008 , 12:00 a.m.

La cordialidad no resistió un garrafal error de Uribe. El presidente presionado desde dentro y desde fuera, apeló a Chávez en busca de poner fin al interminable drama de los secuestrados por la Farc. Éste, consumado actor de la Comedia del Arte, exprimió la oportunidad hasta más allá de los límites tolerables por la dignidad colombiana. Acto seguido, con la mirada en la política interna de Venezuela, donde soplan vientos que le son adversos, Chávez aprovechó la coyuntura para despojarse de la careta.

Caído el telón de un triste sainete, en el que se jugó con la angustia de familias desesperanzadas, Chávez salió del closet para afirmar que los muchachos de ‘Tirofijo’ son nobles agentes de una causa respetable. Mal pueden ser terroristas cuando son socios en la aventura marxista continental que lidera y sus protegidos en el negocio del narcotráfico. Todo un blasfemo revoltijo que invoca el nombre del Libertador. No se equivocó Uribe al denunciar, en la que pareció en su momento una tropical salida de casillas bajo el sol canicular de Calamar, el proyecto hegemónico del coronel, al que Colombia democrática rehúsa sumarse.

Don Sancho Jimeno se decía en 1697, mientras esperaba a pie firme el anunciado ataque de piratas franceses a Cartagena, que la historia se repite sin ser idéntica. Aconsejaba estudiarla para entender el presente. Hace cien años gobernaba en Caracas Cipriano Castro, un montañés del Táchira, Estado, como el Barinas de Hugo, limítrofe con Colombia. Fue uno de los numerosos amos de la finca que detentaron el poder en la hermana República hasta Juan Vicente Gómez y aún después. Presidente desde 1899, se hacía llamar ‘El Restaurador del Liberalismo’. En 1904 impuso una reforma constitucional para reelegirse. Su sobresaltado gobierno fue “un acto de vaudeville…, de frases altisonantes, de provocaciones desmesuradas” dice un historiador venezolano.

La interferencia de Castro en la política colombiana y su continuado apoyo a las fuerzas rebeldes contribuyó a desatar y sostener la Guerra de los Mil Días. Invocando afinidades hermanadas, el presidente de Venezuela se inmiscuyó en ese desolador capítulo de la vida colombiana. Provocada, Bogotá también pecó; la ingerencia era manifiesta en ambos sentidos.

Con su megalomanía, Cipriano Castro se imaginaba restaurador de la Gran Colombia y líder de América Hispana. En 1901, invadió a Colombia. Presa de delirios mesiánicos, soñaba con imponer La Doctrina Castro a sus relaciones con las grandes potencias de la época, que bloquearon sus puertos para que pagara deudas. Irónicamente la mediación del presidente de los Estados Unidos Teddy Roosevelt le salvó de las amenazantes flotas. Se inspiraba, no podía ser de otra manera, en el pensamiento bolivariano, que en Caracas ha servido de sustento para tiranos y demócratas, desde esquinas opuestas del espectro político.

Y todo ese batiborrillo provenía de una Venezuela todavía sin petróleo. Don Sancho tiembla al pensar en lo que puede sobrevenir ahora con la bolsa llena, pero no desespera: a Cipriano Castro lo derrocaron al finalizar el año de 1908 .

Caído el telón de un triste sainete, en el que se jugó con la angustia de familias desesperanzadas, Chávez salió del closet para afirmar que los muchachos de ‘Tirofijo’ son nobles agentes de una causa respetable”

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